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Crónica

Quitarse una espina

The Sountrack of Our Lives ofrecieron una actuación fabulosa, de estación espacial, de templos de civilizaciones majestuosas y exóticas.

The Sounstrack Of Our Lives en València.

The Sounstrack Of Our Lives en València. / F. S.

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Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

The Soundtrack Of Our Lives fue, durante unos años, la banda sonora de mi vida. El oscuro y potente rock psicodélico de los suecos contribuyó de forma fundamental a mi educación sentimental, así que una vez convenientemente reunidos después de una pausa de diez años no me quedaba otra que ir a verlos. Se habla mucho de la nostalgia como motor para la reunión de bandas y para que el público que antaño las admiraba asista a las nuevas giras, pero también existen otras razones. Unas, muy sencillas, como pueda ser el disfrutar de muy buena música en directo al ladito de tu casa. Otras, atienden a los traumas propios de gente con una manera de ser más alambicada. Como yo. Anoche acudí a ver a los de Gotemburgo para quitarme una espina que, desde hace 20 años, me provoca un dolor inefable en el costado.

Me la clavaron ellos en Santa Pola, en la sala Camelot. Por alguna extraña razón comenzaron tan tarde el concierto que me perdieron en la espera. No logré conectar con ellos, y eso que nos llevábamos esquivando lustros. O no podía acudir a sus conciertos o los suspendían o cancelaban unos días antes. Así que imaginen el alegrón cuando me enteré de que venían a València, a la sala Moon. Y el miedo, claro. A que no cumplieran, a volverles a fallar. Manera de ser alambicada, recuerden. Pues nada de eso. Hoy vuelvo a ser una persona completa y sana, sin espina que valga.

TSOOL, por abreviar, ofrecieron una actuación fabulosa, psicodélica, densa. De una intensidad musical asfixiante por momentos, como una misa con demasiado incienso, monumental en su solemnidad. El bolo transcurrió con una profundidad litúrgica expandida por los elevados y omnipresentes teclados de Martin Hederos, rebosantes de texturas y acordes egipcios. Añadidos al resto de los músicos, el resultado iba más allá de la suma de todas las partes de la banda.

Los cinco instrumentistas levantaron una arquitectura sonora de estación espacial, de templos de civilizaciones majestuosas y exóticas, compleja y primaria a la vez. Universal. Lo mismo sirviera para danzar alrededor de una hoguera en la tundra escandinava que para realizar sacrificios en olvidados ritos tartésicos. Oficiaba la ceremonia, enorme, Ebbot Lundberg, barbudo, envuelto en una túnica como un monje eléctrico. De aspecto beatífico pero con un punto alucinado, con una mirada calma pero infinita, como si escondiera en ella los saberes milenarios de otra dimensión.

Con un repertorio tremendo, los suecos prestaron especial atención a “Welcome to the Enfant Free Base” y “Behind the Music”. Canciones sobre sociedades al borde de la extinción, sobre los engaños del futuro, sobre el amor desesperado, la soledad secular, la tristeza y la pérdida de la fe. Sobre la alienación, la iluminación y la angustia existencial. Imbuidas de una destreza espectacular se sucedían las canciones, provocando el júbilo entre los asistentes. Místicas, poderosas. “Mind the Gap”, “Broken Imaginary Time”, “Bigtime”, “Nevermore”, “Second Life Replay”, “Sister Sorround”.

La banda desarrollaba su labor con entusiasmo y precisión, empleando sus instrumentos de colección, con esa bendita apariencia de otra época, provocando la congoja entre los asistentes, incapaces de cerrar la boca por momentos. Mientras, Lundberg gesticulaba sin cesar, dibujando en el aire sus canciones, que circulaban con una energía desbocada, en ocasiones por los caminos del rock duro, abrasivo, áspero y distorsionado. Una tempestad de riffs exuberantes y directos, de ritmos galopantes que contribuían a rebajar la espiritualidad catártica de algunas composiciones.

Agotados tras hora y media de actuación, los músicos terminaron con “The Passover”, de aquel doble elepé titulado “Communion”. Comunión, no se me ocurre una palabra mejor para resumir todo esto que les he contado. Comunión, sanación, redención. La banda sonora de nuestras vidas se merece un respeto eterno.

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