Arena Auditorium, la sala que puso a València en el mapa del rock
El homenaje del 13 de junio en el Roig Arena reivindica la memoria del espacio que durante los años 80 y 90 convirtió la ciudad en parada obligatoria para las grandes giras internacionales

Ramones en uno de sus conciertos en Arena Auditorium. / Iziar Kuriaki

El 11 de noviembre de 1999, la banda mexicana Maná se bajó del escenario de Arena Auditorium sin saber, quizá, que estaba cerrando algo más que una noche de concierto. Aquel fue el último directo celebrado en la sala de la calle Emilio Baró, el punto final de una etapa que aún hoy permanece instalada en la memoria sentimental de varias generaciones de valencianos. Casi tres décadas después de sus primeras noches y más de un cuarto de siglo después de su despedida, Arena volverá a sonar el próximo 13 de junio en la Sala Auditorio del Roig Arena. No será una reapertura, porque aquel edificio ya pertenece a otra vida. Será, más bien, una invocación.
Immaculate Fools encabezará un cartel en el que también estarán, juntos, Comité Cisne y Glamour, dos grupos esenciales para entender la escena valenciana de los ochenta. Los Inhumanos aportarán el lado festivo con su concierto especial 30 Hombres Solos. Neon Collective traerá una lectura contemporánea de aquel legado sonoro y la jornada se completará con las sesiones de los DJs José Coll y Luis Bonias. El programa tiene algo de fiesta, algo de álbum familiar y algo de reparación simbólica: València vuelve a mirar a una sala que durante años hizo que la ciudad dejara de sentirse periférica.

Chuck Berry en Arena Auditorium. / Iziar Kuriaki

Chris Isaak en Arena Auditorium. / Iziar Kuriaki
Arena fue muchas cosas
Arena fue muchas cosas a la vez. Fue una discoteca, una sala de conciertos, un punto de encuentro, un refugio generacional, una escuela sentimental y una puerta de entrada al mundo. En la memoria del fotógrafo Manolo Noguera, Arena fue “lo más grande” que le pasó a València en materia de música en directo. En la de José Manuel Casañ, cantante de Seguridad Social, una sala que permitió a la ciudad jugar en primera división. En la de Emilio Ruiz, programador de aquella sala, un espacio donde cabía desde el éxito seguro hasta el riesgo absoluto. En la de Pat Escoín, líder de Los Romeos, una escuela temprana donde una adolescente que empezaba a cantar pudo ver a Ramones y salir de un concierto de Elastica con una Telecaster metida en la cabeza. Cada mirada ilumina un ángulo distinto de la misma verdad: Arena fue importante porque hizo posible lo que parecía improbable. Puso a València en el mapa, pero también puso el mapa dentro de València.
Primero se llamó Pachá. Después, a partir de 1987, Arena Auditorium. En la parte superior del edificio funcionó Garage, su hermana pequeña, el espacio donde cabían las propuestas que no necesitaban -todavía- el gran aforo de la sala principal. El criterio, recordaba Emilio Ruiz en una entrevista a este periódico, era tan sencillo como decisivo: abajo o arriba según la capacidad de convocatoria. Podían coincidir Radio Futura en la sala grande y Pixies en la pequeña. Lo extraordinario, visto desde ahora, es que aquello pudiera parecer normal.
El origen tenía algo de intuición empresarial y mucho de amor por la música. Napoleón Beltrán, Napo, fue la figura central de aquella aventura. En torno a él se reunió un equipo de gente joven, conectada con el pulso de la época y dispuesta a mirar más allá de València. Emilio lo resumía de forma sencilla: cuando Pachá abrió a finales de 1983 llegaban sobre todo grupos nacionales -Alaska y Dinarama, Golpes Bajos, Gabinete Caligari, Siniestro Total, Radio Futura-, pero pronto empezaron a aparecer nombres internacionales como OMD, Depeche Mode, Nina Hagen, Ultravox, Ian Dury, New Order, Marc Almond, Sade o The Chameleons. Con el cambio de nombre llegó también otro concepto. Arena quería desprenderse de la imagen ibicenca de Pachá y construir una identidad propia. Desde entonces, València empezó a recibir a Nick Cave, Ramones, The Cramps o Iggy Pop sin tener que mirar siempre hacia Madrid o Barcelona.

Seguridad Social en Arena Auditorium. / Iziar Kuriaki

Pat Escoin, de Los Romeos, en Arena Auditorium. / Iziar Kuriaki
Una formación vital
Para José Manuel Casañ, Arena fue mucho más que una sala a la que acudir de adolescente. Fue “vital” para su formación musical y para entender cómo funcionaba la industria en los años ochenta. Casañ recuerda aquel recinto como una sala “a nivel internacional”, un lugar que permitía a València jugar en primera división. Allí, dice, grupos que entonces llenaban para tres o cuatro mil personas hoy serían nombres de pabellón. Para un joven punk, encontrarse a Joey Ramone tomando cervezas en la barra no era una anécdota menor, sino una confirmación: aquello que hasta entonces parecía pertenecer a los discos, a las revistas o a Londres también podía suceder en Benimaclet.
Esa misma idea aparece en la memoria de Pat Escoín, para quien Arena fue una puerta abierta a un mundo que desde Castelló quedaba mucho más lejos. Cuando la banda empezaba a formarse, ella todavía no había cumplido los 17 años. Su primer concierto en Arena fue el de Ramones. No fue una noche cualquiera. “Fue determinante porque éramos requete fans”, recuerda. Los músicos que acabarían dando forma a Romeos venían de un entorno muy marcado por aquel sonido directo, urgente y ramoniano, y ver a Joey, Johnny, Dee Dee y Marky en una sala de esas dimensiones tuvo algo de revelación. “Poder ver en una sala así a grupos importantes que nos han influenciado tantísimo fue un lujazo”, resume.
Para Escoín, Arena no solo era una sala importante: era casi una universidad sentimental. Desde Castelló no existía una programación comparable de grupos internacionales, así que el viaje a València formaba parte del rito. Cogían el coche y se plantaban allí para ver lo que no podían ver en casa. “No había internet; encontrar discos de Blondie era una investigación”, recuerda. En ese contexto, Arena funcionaba como un acceso físico a las influencias inglesas, americanas y alternativas que después acabarían filtrándose en su manera de cantar, tocar y entender el pop. “Yo era una niña que estaba empezando y todo eso me formó; era como acudir a la universidad”, afirma.
Después llegaría su propia experiencia sobre aquel escenario. Los Romeos tocaron en Arena dentro de La conjurada de las danzas, una iniciativa impulsada por Jorge Albi en la que compartieron cartel con Fartones y Ride. Acababa de salir el primer disco del grupo y para ella fue una actuación “súper importante y emocionante”. No era una sala cualquiera ni un público cualquiera. Allí estaba, dice, “toda la plana mayor de València”. Escoín recuerda los nervios, los camerinos grandes, la conciencia de estar pisando un lugar decisivo y, sobre todo, la satisfacción posterior: “Salió bien y salí contenta, a pesar de ser muy exigente”.
La relación continuó ya como espectadora. Escoín volvió a Arena para ver de nuevo a Ramones, pero también a The Cramps, Radiohead, Transvision Vamp o Elastica. Este último concierto le dejó una huella muy concreta. La impresión fue tan poderosa que salió de allí con una decisión tomada. “Me influyeron tanto que me compré una Telecaster después de verlos; quería esa guitarra y no otra”. La escena resume bien el efecto de Arena sobre una generación de músicos: no solo se iba a escuchar canciones, sino a descubrir formas de estar en un escenario, de vestir una actitud, de elegir una guitarra, de imaginar una identidad artística.

Status Quo en Arena Auditorium. / Iziar Kuriaki
El escupitajo de Iggy Pop
La sala tenía, además, una condición especial dentro de las giras. Muchos artistas internacionales llegaban a València antes de pasar por Madrid o Barcelona y utilizaban Arena como una especie de ensayo general. Casañ asegura que allí aprendió a distinguir a los grupos de verdad de los que solo venían a cumplir. Algunos despachaban el trámite. Otros salían a matar. Entre los conciertos que le marcaron como público cita a Jerry Lee Lewis -“lo más cerca de ver a Elvis”, explica-, a Ramones y, sobre todo, a Status Quo. Ver a una banda disfrutando de un rock and roll sin artificios le hizo entender que él también quería vivir de aquello. Años después, Seguridad Social grabaría allí buena parte de su directo Compromiso de amor. La relación ya no era solo de espectador: Arena también formaba parte de su propia biografía artística.
Quienes trabajaron alrededor de aquel escenario recuerdan con frecuencia dos palabras: sonido y luz. Manolo Noguera, fotógrafo que firmó muchas de sus imágenes como Iziar Kuriaki, empezó a acudir a Arena como profesional. Trabajaba para publicaciones como Qué y Dónde o La Turia, revelaba en blanco y negro por necesidad y por urgencia, y entregaba las fotos casi de madrugada, cuando la cultura pop todavía se contaba en papel, carretes forzados y cierres de imprenta. Para él, aquella sala era un lugar perfecto para fotografiar: buena iluminación, un sonido casi impecable y libertad para moverse cerca del escenario. La imagen que conserva no es solo la de los artistas, sino la de un modo de trabajo que hoy parece arqueológico. Miércoles o jueves de teatro, después concierto, revelado al llegar a casa y entrega a primera hora. El blanco y negro no era una pose estética, era la forma posible de llegar a tiempo.
Noguera fotografió a muchos de los artistas que pasaron por Arena y Garage. Recuerda con especial cariño a Nico y John Cale, miembros de la constelación Velvet Underground, y también a Jesus and Mary Chain. Su memoria de Iggy Pop incluye una escena que resume la intensidad de aquellos conciertos. En la cuarta canción, cuando los fotógrafos ya debían haber abandonado el foso, Noguera vio que Iggy cogía una guitarra y decidió quedarse para inmortalizar ese momento tan poco habitual. El cantante lo vio, bajó poco a poco y le soltó un escupitajo. “Me lo merecía”, admite el fotógrafo. Pero la foto existe y eso, en la lógica del oficio, lo compensa casi todo.
Arena era también una sala donde el exceso no siempre era una metáfora. Noguera recuerda un concierto de The Waterboys con tanta gente que no pudo llegar al escenario y tuvo que fotografiar desde la cabina superior. Escoín también conserva una imagen física de aquella intensidad en el segundo concierto de Ramones, en 1990. Recuerda “mucho cacao” y una especie de avalancha de público en la zona baja. “Estábamos muy aprisionados. Yo era pequeña y no estaba acostumbrada”, cuenta. La memoria de Arena tiene también esa textura corporal: el empujón, el sudor, la presión de la multitud, la sensación de estar dentro de algo que desbordaba la rutina.
Emilio Ruiz, por su parte, guardaba en la memoria actuaciones que funcionaban como pequeñas leyendas privadas: los Pixies en Garage, Kraftwerk en Arena con sus robots, Nico una semana antes de morir en Ibiza, los Replacements tocando entre el público después de vender menos de cincuenta entradas, o John Lydon convertido en un personaje imprevisible en una comida con paella y cigalas. En esa mezcla de profesionalidad, improvisación y delirio se fue construyendo una mitología.

Iggy Pop con la guitarra segundos antes de lanzarle un escupitajo al fotógrafo. / Iziar Kuriaki
Festival de festivales
La lista de nombres que pasaron por Pachá, Arena y Garage parece hoy más propia de un festival de festivales que de una sola sala: The Psychedelic Furs, Devo, Green on Red, New Model Army, The Waterboys, Robert Plant, The Sisters of Mercy, The Cult, The The, Héroes del Silencio, Loquillo, Iggy Pop, Rammstein, The Damned, Simple Minds, Radiohead, B. B. King, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, The Communards, Pantera, Simply Red, Marilyn Manson, PJ Harvey, David Byrne, John Cale, Love and Rockets, Manowar , Bluir o Suede con Manic Street Preachers como teloneros. La nómina resulta casi inverosímil desde la València actual, donde durante demasiado tiempo ha faltado una sala intermedia capaz de asumir ese papel entre el club pequeño y el gran recinto.
Ese fue precisamente uno de los efectos más duros del cierre. Casañ lo expresa con una palabra muy concreta: orfandad. La desaparición de Arena dejó a la ciudad sin un término medio natural para la música en directo. Entre el garito de trescientas personas y el pabellón había un vacío difícil de cubrir. Durante los años ochenta y noventa, Arena había permitido que València formara parte del circuito nacional e internacional sin complejos. Cuando cerró, aquel músculo se debilitó. No desapareció la música, por supuesto, pero sí se perdió un espacio que ordenaba el ecosistema, que permitía crecer a los grupos, arriesgar a los promotores y educar a un público.
La existencia de Garage completaba esa función. Si Arena era la sala grande, Garage actuaba como laboratorio. Allí cabían los artistas que todavía no llenaban abajo o aquellos cuya naturaleza pedía cercanía. Para Seguridad Social fue una primera escala antes de pasar a la sala principal. Para muchos espectadores, fue el lugar donde descubrir propuestas más alternativas, más indies o simplemente menos previsibles. En la memoria de quienes vivieron aquella época aparecen nombres como Pixies, Sonic Youth, Primal Scream, Nico, Pere Ubu, The Gun Club o The Jazz Butcher. Garage no era un apéndice menor: era la prueba de que una ciudad musical necesita tamaños distintos para momentos distintos.
Pero Arena tampoco se limitó a las paredes de Emilio Baró. Esa es una de las claves para entender su importancia. La marca, el equipo y la ambición de la sala salieron también a otros recintos de València cuando los conciertos lo exigían. Emilio Ruiz recordaba que, con el cambio de etapa, empezaron a organizar actuaciones fuera de la sala, como la de The Cure, que actuó en la Plaza de Toros de València el 23 de junio de 1989, en plena gira de Disintegration, una fecha que confirma la capacidad de Arena para operar en una escala mayor que la de su propio edificio.

Sharlene Spiteri, de Texas, en el Roig Arena. / Iziar Kuriaki
La visita de Nirvana
Aún más legendaria fue la visita de Nirvana a la Plaza de Toros el 2 de julio de 1992, con Teenage Fanclub como teloneros. El concierto llegó en pleno estallido mundial de Nevermind, pero València no respondió como cabría imaginar desde el presente. La ciudad seguía mirando en buena medida hacia otros sonidos y aquel cartel, hoy histórico, no tuvo la acogida masiva que ahora parece inevitable adjudicarle retrospectivamente. Precisamente por eso resume tan bien el papel de Arena: traer a València el futuro antes de que el futuro fuera evidente. En la misma línea queda el Valencia Festival de 1991, aquel proyecto que debía reunir a Pixies, Happy Mondays y The Farm en la Plaza de Toros y que se suspendió el mismo día por un accidente en el montaje de luces que destrozó el backline. Pudo ser un antecedente directo de la era de los grandes festivales. Se quedó en una de esas historias que alimentan la nostalgia y la rabia a partes iguales.
La historia de Arena es también la historia de una ciudad que quiso ser moderna antes de que la modernidad se confundiera con la arquitectura de postal. En aquellos años, València tenía una escena musical inquieta, discotecas donde sonaban importaciones antes de que llegaran al mercado nacional, una cultura de noche que todavía no había sido reducida a estereotipo y un público dispuesto a dejarse sorprender. Arena conectó todo eso con las giras internacionales. Lo que en otros lugares era excepcional, allí llegó a convertirse en rutina. Un fin de semana podían pasar por la ciudad artistas que hoy llenarían festivales o pabellones. Esa normalidad es, quizá, la medida exacta de lo que se perdió.
También se perdió un edificio. El viejo almacén de patatas de Benimaclet, reconvertido primero en templo musical y después abandonado durante años, ahora es un supermercado. Las salas, como las ciudades, no siempre mueren de golpe. Arena fue quedándose atrás mientras el barrio crecía a su alrededor y la convivencia entre música, noche y vecindario se volvía cada vez más complicada. El cierre de 1999 no fue solo el final de un negocio, sino la clausura de una forma de entender la cultura popular en València.

Arena Auditorium tras su cierre y antes de convertirse en un supermercado. / MIGUEL ANGEL MONTESINOS

Interior abandonado de Arena Auditorium tras su cierre. / Miguel Ángel Montesinos
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