Fuera de compás
Placeres culpables
Me gusta el metal, la rumba y la canción melódica española. Como si a un Montesco no pudiera gustarle una Capuleto o a un madridista un gol de Lamine Yamal.

Raphael, Rocío Durcal y Rocío Jurado. / L-EMV

Como hay confianza les explico que llevo unos días sintiéndome regular y no lo digo por la próstata, que también. Se trata de algo psicológico, una especie de malestar, de desazón, un cargo de conciencia. Y analizándome me parece que tiene que ver con lo bien que me lo pasé el otro día viendo la actuación de Megadeth en el Roig Arena. Chapó, ya les mandé unas líneas sobre el tema. Así que a ver qué opinan, porque esto que me está sucediendo creo que es común al resto de los mortales. Tampoco iba a ser yo único en nada. Tengo placeres culpables. En lo musical, digo.
Me gustan géneros, artistas o canciones que se me suponen prohibidos por cuestiones ideológicas, estéticas, filosóficas o de pertenencia a grupos que generan sus propios códigos y dinámicas. Yo, que comulgo desde mi adolescencia con lo mod, lo indie, la contracultura sesentera y el Northern Soul me miro al espejo y descubro un díscolo, un rebelde, un heterodoxo por ciertas aficiones que despiertan la desaprobación de muchos y mi propia vergüenza.
A ver, últimamente me siento bastante mejor porque, desde una perspectiva psicológica, expertos de la Universidad de Wisconsin sugieren que la vergüenza suele ser innecesaria, ya que mientras no le hagan daño a nadie, estos pequeños caprichos liberan endorfinas y son completamente inofensivos. Total, que como don Mendo a su amada Magdalena en la inmortal obra de Muñoz Seca, les digo que mi mutismo ha terminado porque vine a desembuchar y desembucho: me gusta el metal, la rumba y la canción melódica española. Arsa. Como si a un Montesco no pudiera gustarle una Capuleto o a un madridista un gol de Lamine Yamal.
Enloquezco entre convulsiones poniendo a todo volumen bandas metaleras en casa hasta que me imploran que lo apague. Me flipan los discos clásicos de Metallica, Megadeth, Judas y Maiden, la dureza de su sonido, la velocidad de sus guitarras, los desarrollos largos y cambiantes, las rítmicas contundentes y mutantes y el brillo técnico en sus interpretaciones. Alucino con sus temáticas mórbidas y luctuosas y con sus climas siniestros. Y cuando la cosa viene en plan voces guturales tipo growl o shriek, pasajes frenéticos y enfermizos al más puro estilo black metal noruego (con todo ese contexto apocalíptico e incendiario) y mucho cuero, tachuelas, maquillaje cadavérico y caligrafías que ponen imposible leer el nombre del grupo, ahí ya me suliveyo vivo. Pasar un rato con Mayhem, Impaled Nazarene, Slayer o Cannibal Corpse me dan la misma vida, un no parar de reír.
Algo muy parecido me ocurre con la rumba de palmas motóricas, suburbial, taleguera y truculenta, que habla de palos, talego, tiros, droga, puñaladas y otras cuestiones tan ligadas al cine quinqui. Musicalmente me parece un legado incomparable que nos ofrece nuestra historia, con esas percusiones ametrallantes, veloces, llenas de coros y etnicidad. Me excitan y me angustian al mismo tiempo esas letras delincuenciales con un punto machista, repletas de gitanismos y de aquel habla popular predemocrática, brillante en la expresión y en el ritmo, bailable, palpitante, primario y contagioso. Los Chichos son de lejos mis preferidos, cómo la gocé en su concierto de Viveros hace un par de veranos. Chunguitos, Calis, Rumba Tres, El Fary, y en otro estilo Los Amaya y Peret, me ponen en órbita con su sabor a barriada real, con sus penas y alegrías, como en la que yo me crie.
Por acabar esta confesión, desde hace meses estoy enganchado a cantantes melódicos como Julio Iglesias, Raphael, Camilo Sesto, Massiel, Perales, Paloma San Basilio, Rocío Jurado y sus enormes himnos. Creo que es por los arreglos, el melodrama y esa manera de usar veladamente el castellano como vehículo para las bajas pasiones y las emociones más tremebundas. Me pirran esos bajos melódicos, esas cuerdas afiladas y esos vientos tan potentes. Me fascina la elegancia y el aplomo para tratar temas como los cuernos, los desengaños, el sexo, los celos, el rencor, la culpa o el desapego. Y en medio de todo ese terciopelo y brilli-brilli de nochevieja rancia se suceden las confesiones, la amenazas, las disculpas y los ultimátums con mucha poesía de por medio y en un castellano espectacular.
Ya ven, placeres culpables que nos satisfacen y abochornan a partes iguales. A lo mejor a ustedes también les pasa, con estos u otros artistas, y se sienten mejor por aquello del mal de muchos. Yo, sonrojo ninguno. Mucho me temo que soy un cabrón con balcones a la calle, sin sentido del ridículo y con ganas de provocar despertando el desagrado y la vergüenza ajena en los demás. Pero es que, además, me lo paso pipa escuchando a toda esta gente.
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