Crítica
Lang Lang, ramplonería a gogó
El exitazo del concierto fue solo equiparable al fracasazo artístico. Lang Lang se ha convertido en una caricatura de sí mismo

Lang Lang en el Palau de la Música. / Live Music Valencia

Volvió Lang Lang a València, al Palau de la Música. Y como siempre, la Sala Iturbi se atiborró de un público diferente, ajeno al mundillo de la clásica. Aplausos a destiempo, festivalito de teléfonos móviles, toses, cuchicheos, caramelos… Entre la muchedumbre, que había pagado una pasta gansa por las entradas, resultaba significativa la ausencia de pianistas, algo que es bien revelador del (nulo) interés que despierta el mercadotécnico pianista chino (nació en Shenyang, Manchuria, en 1982) entre la profesión. El exitazo del concierto fue solo equiparable al fracasazo artístico.
El “pianista, educador y filántropo” -así reza el programa de mano- se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Víctima del éxito y de la evidente falta de preparación para digerirlo. Su modo de tocar, ramplón, caprichoso, paródico y ajeno a cualquier razón o escuela estilística, desborda lo aceptable y las normas más básicas del gusto y de la expresión. Exagerado hasta el almíbar, toca y machaca el teclado a trompicones, con manotazos a gogó que hieren la música -acorde inicial del grave comienzo de la Sonata Patética de Beethoven-, o se echa a correr como un descosido sin orden, concierto ni criterio, al son del capricho y del efecto fácil y vacuo.
Literalmente, masacró, con su mal gusto y tempi insuflados de vértigo e ignorancia, las joyas de la Suite Española de Albéniz y una Maja y el ruiseñor de Granados que, a tenor de lo escuchado, bien podría llamarse La bruja y el buitre. La corranda que es Cataluña fue tan disparatada en concepto y aire como la deliciosa Cuba, dicha a mil por hora y convertida en una especie de estúpido Cha-cha-chá. Granada quedó empalagada por la saturación de azúcar, tanto como los adagios beethovenianos. Es obvio que (para aprender y aprehender algo) ni se tomó la molestia de escuchar los milagros albenicianos de Alicia de Larrocha o Esteban Sánchez.
Crucificó a Beethoven sin contemplaciones. El Allegro molto de la Sonata opus 110 fue un desmadre, con acelerones y dinámicas extremadas que destrozaban los límites de la lógica musical y del buen gusto. La claramente planteada fuga fue un oasis en medio del disparate generalizado. Como era previsible, lo mejor -o lo menos malo- llegó en un Liszt desbordado en su empeño virtuosístico, con la Tarantella del Segundo año de Peregrinaje dicha con furor vertiginoso y la poco tocada Segunda consolación, que se sintió templada, bien cantada y fiel a la indicación “Un poco più mosso” que anota la partitura.
En las antípodas de Lang, el Mozart del Rondó en Re mayor que abrió el programa, aunque dicho a toda velocidad y un uso del pedal exagerado y fuera de estilo, fue menos disparatado de lo que era de esperar en un artista tan remoto al estilo clásico del salzburgués. Al final, éxito-exitazo, como si hubieran tocado a seis manos Sokolov, Volodos y Perianes juntos.
Rácano con avaricia, regaló una única propina: La Hilandera, de Mendelssohn-Bartholdy. Exactamente la misma que ofreció en el Palau de Les Arts el 25 de marzo de 2019, justo después de crucificar el Segundo concierto para piano de Beethoven. El “filántropo” pianista se marcha de València con la bolsa aún más llena: la taquilla + decenas de miles de euros que le ha abonado el Palau de la Música.

Lang Lang. / Live Music Valencia
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