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Ruta literaria

Las esculturas de "Arroz y tartana" toman forma antes de llegar a la Plaça del Mercat

Alfredo Llorens fundirá en bronce mediante la técnica de cera perdida las primeras figuras de la ruta literaria de València para dotarlas de expresividad

Alfredo Llorens última la figura en barro de su Doña Manuela de Fora para la ruta de esculturas de València.

Alfredo Llorens última la figura en barro de su Doña Manuela de Fora para la ruta de esculturas de València. / L-EMV

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

Las primeras esculturas de la ruta municipal dedicada a personajes literarios y cinematográficos de València ya han comenzado a tomar forma. El proyecto se iniciará con dos figuras inspiradas en Arroz y tartana, la novela de Vicente Blasco Ibáñez: Doña Manuela de Fora y el niño aragonés, que se instalarán en la Plaça del Mercat antes de final de año. Pero antes de convertirse en bronce y pasar a formar parte del paisaje urbano, ambas piezas han nacido de un proceso artesanal, físico y deliberadamente alejado de los métodos digitales.

El encargado de dar vida a estos personajes es el escultor Alfredo Llorens, que ha optado por modelar las figuras en barro, a escala real y sobre un armazón de acero. No se trata de una elección casual ni de una simple reivindicación nostálgica de la escultura tradicional. El artista defiende que el trabajo directo con la materia permite alcanzar una expresividad que, a su juicio, no se consigue desde una pantalla ni mediante sistemas de ampliación mecánica.

Cuerpo a cuerpo con la obra

“Concebimos la escultura como el producto de una interacción real, cuerpo a cuerpo entre el autor y la obra”, explica Llorens. En su planteamiento, la textura no es una capa de acabado que se añade al final, sino una parte esencial del propio nacimiento de la forma. La huella de los dedos, la presión sobre el barro, las correcciones, los errores y los arrepentimientos forman parte del resultado. Para el escultor, esa vibración manual es la que diferencia una obra artística de una mera reproducción tridimensional.

La figura de Doña Manuela ya ha completado su modelado en barro y será enviada a Arganda del Rey, en Madrid, para su fundición en bronce. Allí, la fundición Arte 6 se encargará de transformar la pieza mediante la técnica de la cera perdida, un procedimiento histórico que Llorens reivindica no por “gusto retro”, sino por su “pura y elegante eficiencia”. El proceso permitirá trasladar al bronce los matices del modelado original, conservando la impronta del trabajo manual.

Un personaje complejo

La creación de Doña Manuela ha obligado al escultor a enfrentarse a uno de los personajes más complejos de Blasco Ibáñez. Llorens reconoce que, en una primera lectura, la protagonista de Arroz y tartana no resulta especialmente simpática. La describe como una mujer marcada por la presunción, la fatuidad, el materialismo y el derroche, un personaje concebido casi para impedir que el lector establezca con ella un vínculo emocional.

Sin embargo, el trabajo escultórico exigía algo más que reproducir una imagen exterior. Para construir su rostro, sus manos, sus ropajes y su presencia, el artista necesitaba encontrar una verdad interna en el personaje. Y fue durante la lectura de la novela cuando empezó a detectar una dimensión más profunda. “Doña Manuela de Fora es nuestra Mme. Bovary, ostentosa y barroca como València misma”, afirma Llorens.

Doña Manuela de Fora.

Doña Manuela de Fora. / L-EMV

A medida que avanzaba en la obra, el escultor comenzó a ver en ella no sólo una figura frívola, sino también “una historia de supervivencia, de negación y de resistencia ante un mundo hostil”. Desde esa mirada, Doña Manuela deja de ser únicamente la encarnación de la vanidad para convertirse en una mujer atrapada en las reglas sociales de su tiempo, una figura que intenta conquistar poder sobre su vida con las escasas herramientas que la sociedad le permite.

Con Emma y Ana

Llorens la vincula así con otros grandes personajes femeninos de la literatura, como Emma Bovary o Ana Ozores. Mujeres que naufragan, según su lectura, “en un mar de hombres”. Esa interpretación ha condicionado el tratamiento escultórico de la pieza, que no busca quedarse en la caricatura costumbrista ni en una representación de parque temático. La intención es dotar a Doña Manuela de una presencia ambigua, contradictoria y humana, capaz de dialogar con la València decimonónica de Blasco Ibáñez y con la sensibilidad actual.

Junto a ella se colocará la figura del niño aragonés. Aunque ambos personajes no coinciden temporalmente en la novela y no forman un grupo escultórico en sentido estricto, el proyecto plantea situarlos a poca distancia para reforzar el significado de las dos piezas. La Plaza del Mercado se considera una ubicación esencial porque allí empieza y termina, simbólicamente, la vida de Don Eugenio: con su abandono inicial y, muchos años después, con su muerte.

Esa relación entre las dos esculturas permitirá subrayar el contraste entre los personajes: la frivolidad y el egoísmo de Doña Manuela frente a la inocencia del niño. En cuanto a las dimensiones, el niño aragonés medirá unos 1,40 metros, algo más que la altura habitual de un niño de seis años para darle mayor presencia urbana. Doña Manuela alcanzará alrededor de 1,80 metros, en consonancia con la descripción de la novela, que la presenta como una mujer de elevada estatura y formas opulentas.

Doña Manuel de Fora

Doña Manuel de Fora / L-EMV

Integración urbana

El acabado también ha sido pensado en función del lugar donde se instalarán. Las piezas serán fundidas en bronce con una aleación de cupro-silicio y recibirán una pátina de nitrato de cobre con un ligero toque de nitrato férrico. El tono levemente azulado busca respetar el entorno histórico de la Plaça del Mercat y, al mismo tiempo, generar contraste con la calidez de la pavimentación. Las esculturas quedarán sujetas mediante una estructura interior de acero inoxidable que actuará como anclaje invisible al suelo.

Para Llorens, la integración urbana es una parte esencial del proyecto. La escultura en la calle, sostiene, no debe percibirse como una imposición, sino como “un servicio cultural” que aporte significado al lugar que ocupa. Por eso, el trabajo no se limita a levantar dos figuras reconocibles, sino que aspira a construir una presencia artística capaz de enriquecer el espacio sin desvirtuarlo.

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