Vejez
Lidia Ravera, escritora y periodista: "Nuestra cultura no sabe reconocer el valor de tener una vida larga"
La escritora defiende que el "tercer tiempo" de la vida, el que va de los 60 a los 90 años, no es vacío ni poco interesante y aboga porque estos 'grandes adultos', especialmente las mujeres, "podamos seguir dictando nuestro destino"

Lidia Ravera, autora de 'Palabras mayores: Un manifiesto a favor de la vejez', en CaixaForum València. / Miguel Ángel Montesinos

Medio siglo después de su conocido 'Porci con le ali', Lidia Ravera (Turín, 1951) publica 'Palabras Mayores: Un manifiesto a favor de la vejez" (NED Ediciones), un ensayo hecho manifiesto que considera "su última forma de resistencia" y un "gesto político muy fuerte". Su reinvindicación, la importancia del "tercer tiempo" y el hecho de que una vez se cumplen los 65 años no se acaba todo. En una entrevista realizada antes de su intervención en el ciclo de conferencias sobre la vejez realizado en CaixaForum València esta semana junto a la exalcaldesa de Madrid, Manuel Carmena, Ravera apuesta por "debilitar los estereotipos que envenenan la visión de la tercera etapa de la vida" y que esta época vital "es un territorio que está todo por explorar".
Un ensayo de 120 páginas y sin pausas a favor de la vejez. ¿Una reflexión o un grito social contra los prejuicios?
Es mi última o quizás mi penúltima forma de resistencia y es un gesto político muy fuerte, que viene desde una consideración clarísima que está delante de los ojos de todos. Y es que las personas mayores de 65 años somos la mayoría de la población, al menos en mi país, en Italia. Éramos muchos en nuestra época y lo seguimos siendo. Así que hace falta tomarnos en cuenta porque existimos y somos muchísimos. Y es algo que hay que afrontar desde una perspectiva política, filosófica y también de la sanidad, dejando además de lado la vergüenza que tenemos por ya no ser jóvenes.
Ha hecho otras obras con protagonistas mayores, pero ¿qué ha hecho click para escribir ahora esta?
Siempre he tenido esta percepción del tiempo que pasa. A los 12 años tuve mi primera crisis y luego entre los 12 y los 70 años he avanzado, sobre todo en el lenguaje pero la sustancia se ha quedado literalmente la misma porque he descubierto que solo tenemos una vida y que antes o después se termina. He escrito seis o siete novelas con protagonistas mayores y tenían este sufrimiento del tiempo. Mi segunda novela, que la escribí con solo 26 años, se llamaba ‘Matar el tiempo’, y en ese momento ya hablaba de la idea del tiempo y a raíz de ese sufrimiento casi patológico nacieron varios personajes femeninos que han tenido el peso de este discurso tan impopular. Impopular porque a todo el mundo le gusta hablar y fingir ser joven.

'Palabras Mayores', el libro de Lidia Ravera. / Levante-EMV
Ese empuje de fingir joven, esa vergüenza, ¿es algo que nace en nuestro interior y que se expande a nivel social o viene de lo social para impactar en lo personal?
Es la cultura en la que vivimos, que es básicamente consumista. Hay un pensamiento único, un modelo de belleza, de amor, de relaciones entre generaciones y sexos. Y este tercer tiempo de la vida se considera como vacío y poco interesante. La realidad es que es un territorio que está todo por explorar y, además, somos la primera generación que todavía tenemos por delante 30 años para vivir y por eso hay que usarlo para desatar nuestra imaginación. Pero nuestra cultura no sabe reconocer el valor de la experiencia de una vida larga y paradójicamente, en culturas consideradas salvajes, las personas mayores se consideran como gurús. Esta falta de consideración es un error de cálculo. Hay que tener en cuenta que somos la generación que vivió el 68 y sobre todo nosotras, las mujeres, hemos luchado muchísimo. Hemos conseguido librarnos de nuestra función que era que antes pasabas directamente de proteger a tu padre a encargarte de tu marido. Somos las mujeres que hemos inventado la pareja abierta, que hemos avanzado en el derecho femenino, hemos luchado por el aborto y entonces queremos seguir dictando nuestro destino.
¿Qué es necesario para que se pueda dar esta ‘revolución’ de la tercera edad que proclama?
Tenemos que debilitar los clichés, los estereotipos que envenenan la visión de esta etapa de la vida, la tercera. Y hay que cambiar todos los adjetivos que se nos han impuesto por la cultura misma, porque nosotros no somos áridos, ignorantes, quejicas, miedosos y hipocondríacos, no lo somos. Algunos evidentemente lo son pero igual también lo eran con 30 años. Al fin al cabo la vejez es una parte de la vida y cada uno tiene la vejez que se merece. No todos somos héroes, pero creo en las masas desde una perspectiva leninista. Y cuando consigamos librarnos de todos esos adjetivos, ahí es cuando vamos a desatar la guerra y la vamos a ganar. Y tengo una mala noticia para todos vosotros y es que la única forma de evitar la vejez es morir jóvenes y nadie de normal elegirá de forma espontánea esa solución. Entonces yo trabajo para mí, pero también para todos y para cambiar la idea que tenemos de la tercera etapa de la vida.
Es un error crear un clima de oposición entre generaciones. Hay espacio para todos
El duelo de la pérdida de la belleza
Dice en el libro ‘Ahora soy vieja y más feliz que nunca. Llena de energía, limpia, libre y ligera’. ¿Qué ha sido lo más difícil para llegar hasta ese punto?
Elaborar el duelo de la pérdida de la belleza, que para una mujer es difícil. Nosotras hemos asimilado esta idea de querer ser objeto del deseo ajeno y nunca lo hemos conseguido. Y tampoco hemos dado importancia a ser objeto del deseo nuestro. Al fin, todas seguimos sintiéndonos condicionadas por la mirada de los demás, una mirada que te juzga y es difícil no verse guapa. Incluso cuando hablamos de los hombres que te silbaban por la calle de joven, obviamente te molestaba y te ponía nerviosa, pero cuando dejan de hacerlo lo percibes casi como una disminución de lo que eres. La actitud más revolucionaria siempre es decir la verdad y esa pérdida de la belleza ha sido y sigue siendo difícil. Para los hombres es mucho más fácil, pero con esto abriríamos un melón más grande.
Ha elaborado un decálogo con esas peticiones contra el menosprecio a cumplir años. ¿A dónde espera que llegue?
Es un decálogo de deseos y uno de los principales es que quiero que, cuando salga con personas más jóvenes que yo, no quiero que se me considere como alguien que se ha colado en una fiesta. Quiero tener la posibilidad de involucrarme, de perseguir esta socialización entre generaciones. Estoy cansada de estas barreras porque al final mi vida, larga, divierte a mis amigos más jóvenes y su corta vida también me divierte a mí. Y esto viene de esta voluntad de dividirnos como en tribus, como si fueran vasos no comunicantes. Es un error crear un clima de oposición entre las generaciones y quién debe actuar es la sociedad, porque hay espacio para todos. Tenemos más de 30 años por delante, años que pueden dar una riqueza para la sociedad, igual que la inteligencia de los jóvenes también la da.

Lidia Ravera, autora de 'Palabras mayores: Un manifiesto a favor de la vejez', en CaixaForum València. / Miguel Ángel Montesinos
¿Por qué no se toma de verdad en cuenta desde la política a esas personas del tercer tiempo, con políticas adecuadas, pese a ser un colectivo tan numeroso y también un nicho de votos?
He sido concejala de Cultura en la región de Lacio, que es donde está Roma, y me ocupaba de dos cosas: la cultura y las políticas para los jóvenes. Y en aquel momento hablé con el gobernador porque me hubiera gustado encargarme de las políticas para las personas mayores, aunque él se echó a reír. No existían. Y creo que se debe a la pereza y a la miopía de los políticos que solo se interesan por estar agarrados a sus asientos y no tienen ninguna curiosidad ni miran alrededor. Y tienes mucha razón cuando hablas de los votos porque en Italia representamos el 24,8 % de la población, somos 15 millones de personas y somos la última generación que ha estudiado sobre los libros. Pero a pesar de esto no hacen nada. Y creo que todo viene de la vergüenza y del menosprecio, con lo cual es sobre todo una batalla cultural. No creo que la solución sea fácil, pero es el momento de armarnos. Y para eso hay que involucrar a las personas que han estudiado menos y es importante transmitir la sensación de que puedes seguir siendo protagonista. Quién se siente así se salva y puede envejecer mejor, mientras que si tú ya empiezas con la idea de que no eres nada y no tienes ninguna posibilidad, ahí ya se termina todo. Muchas veces se piensa que cuando entras en ese tercer tiempo es como si entraras en un agujero negro. Pero no es así. Y las palabras son la herramienta que quiero usar para mostrarlo, son mis armas.
El privilegio masculino
Se centra en la visión femenina. Ante esta situación, ¿qué puede hacer el hombre?
Ser consciente de su privilegio y de su ventaja a la hora de envejecer, porque la mirada que posamos sobre ellos es una mirada sin juicio y menos severa. Una mujer nunca pediría a un hombre que tenga 23 años durante toda su vida, cosa que sí que pasa con las mujeres, que es como que siempre tenemos que ser muy jóvenes. Los hombres envejecen, pero se convierten en más guapos, más fascinantes. Nosotras, sin embargo, tenemos esta batalla para ser consideradas personas y no vacas que tienen como rol multiplicar a la especie o simplemente ser objetos del deseo. Posiblemente, tenga un poco de envidia en su forma de envejecer porque los hombres envejecen mejor, pero por lo general tienen que tener conciencia del privilegio de género que tienen y muchos lo están haciendo.
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