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Muere Miguel Brass, el gran maestro de ceremonias del cabaret valenciano

El artista canario, figura esencial de Belle Époque y símbolo de una València nocturna, libre y teatral, ha fallecido este sábado tras una vida dedicada al music-hall, la revista y el espectáculo

Miguel Brass

Miguel Brass / L-EMV

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

València ha despedido este sábado a Miguel Brass, uno de los grandes nombres propios del cabaret valenciano y quizá el artista que mejor encarnó en las últimas décadas ese espíritu de noche, lentejuela, humor y libertad que siempre ha encontrado en la ciudad un escenario natural. Nacido en Canarias como Pedro Miguel Herrera, Brass hizo de València su casa artística y sentimental hasta convertirse en una de las figuras imprescindibles para entender el fin de la edad dorada del music-hall local, cuando salas como Belle Époque, La Bohême o Lady’s mantenían aún viva una forma de espectáculo popular, sofisticada, pícara y profundamente teatral.

Antes de ser showman, cantante, bailarín, presentador, director artístico y maestro de ceremonias, Miguel Brass fue un joven que llegó a pensar en la vida religiosa, según desvelaba el periodista Baltasar Bueno en un artículo publicado por este periódico en 2012. Aquella vocación inicial, sin embargo, acabó derivando en otra liturgia: la del escenario. Cambió el hábito por el maquillaje, el altar por las tablas y el silencio conventual por el sonido nocturno de una ciudad que, especialmente desde la Transición, buscaba nuevos espacios de desahogo y modernidad.

Discípulo de Carla Follis

Brass salió muy joven de Gran Canaria y, tras pasar por distintos ambientes de la farándula peninsular, encontró en Barcelona una primera escuela decisiva. Allí entró en contacto con el universo del cabaret y con figuras fundamentales de la noche como Dolly van Doll, vedette y empresaria ligada a Barcelona de Noche y después a la aventura valenciana de Belle Époque. Carla Follis, su nombre real, fue también una figura pionera como mujer trans en la España de la época y tuvo una intensa actividad en València. Aquel encuentro fue determinante. Brass, que había empezado a construir una identidad artística de voz grave, planta escénica y presencia magnética, terminó recalando en València para formar parte de un proyecto que marcaría una época.

Miguel Brass entrando en litera al escenario de Belle Epoque.

Miguel Brass entrando en litera al escenario de Belle Epoque. / L-EMV

Belle Époque, en la calle Cuba, se convirtió desde finales de los años setenta en el templo del music-hall valenciano. Abierta en 1977, fue además una sala especialmente importante para la comunidad LGTBI en los primeros años de la democracia. No era estrictamente un local de ambiente, y precisamente por eso resultó singular: reunía a un público muy variado y permitió que aquel mundo de plumas, fantasía, humor y libertad no quedara encerrado en un circuito propio, sino que se abriera a la ciudad.

En aquel local pequeño, cuidado y recordado todavía como una bombonera del espectáculo, Miguel Brass ejerció de figura central. Presentaba, cantaba, dirigía, diseñaba números, cuidaba la puesta en escena y se convertía cada noche en hilo conductor de un universo de coreografías, dobles sentidos y glamour. Era un cabaret de proximidad, pero también de ambición: una revista urbana y moderna, heredera de las variedades y del cuplé, que conectaba con una València históricamente dada al espectáculo nocturno. En ese ambiente jugaron también un papel esencial transformistas como la Margot, que desde la parodia, la exageración y el oficio escénico ayudaron a ensanchar los márgenes de lo visible.

Miguel Brass con la Margot.

Miguel Brass con la Margot. / L-EMV

Porque Brass no apareció en tierra extraña. València tenía memoria de cabaret mucho antes de los años ochenta. La ciudad conoció cafés, salones, variedades, cupletistas y revistas desde principios del siglo XX, y mantuvo durante décadas una relación intensa con el escenario festivo, picante y popular. En los ochenta, Brass fue uno de los rostros más reconocibles de esa escena. Su imagen -cabeza afeitada, maquillaje elaborado, elegancia de maestro de ceremonias, voz poderosa y gestualidad precisa- condensaba una idea del cabaret como arte total. Brass formó parte de una generación que todavía entendía el espectáculo como oficio artesanal: vestuario, maquillaje, coreografía, ritmo, complicidad con la sala y una relación directa con el público.

Miguel Brass

Miguel Brass / L-EMV

De la elegancia al exceso

La carrera de Miguel Brass no se limitó a Belle Époque. También dejó huella en otros locales de la ciudad, participó en proyectos como Le Paradís, trabajó durante años en Lady’s y alternó la escena valenciana con giras, cruceros y televisión. En los barcos ejerció como director de espectáculos y anfitrión nocturno, llevando su oficio a un público distinto pero con la misma lógica: convertir cada velada en una ceremonia de entretenimiento. En televisión, especialmente en la local Canal 13, presentó espacios nocturnos en los que reivindicó a artistas locales y mantuvo viva una manera de entender el show que nunca separaba del todo la canción, el humor y la conversación.

Uno de los episodios más importantes de su trayectoria teatral fue su trabajo junto a Lola Herrera, a quien siempre consideró una referencia decisiva en su vida profesional. Aquella experiencia le permitió salir del circuito estrictamente nocturno y medirse con el teatro de texto, las giras y otro tipo de público. Pero, incluso cuando atravesó otros géneros, Brass siguió siendo reconocible por lo mismo: una mezcla de elegancia, exceso medido, emoción y descaro.

En los últimos años, su figura había adquirido también una dimensión de memoria viva. Brass ya no era solo un artista retirado, sino un testigo de una València que a menudo ha quedado fuera del relato cultural oficial: la de las salas de fiesta, las vedettes, los transformistas, los humoristas, los cantantes de madrugada, los camerinos y los empresarios de la noche. Su presencia en homenajes y encuentros sobre el cabaret de los años ochenta y noventa servía para recordar que aquella cultura existió, tuvo nombres propios y dejó escuela.

La compañía de Belle Epoque con Lola Herrera.

La compañía de Belle Epoque con Lola Herrera. / M. B.

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