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Opinión | Algo personal

València

Fosas y papas

No hay un pueblo que no tenga un nombre bajo aquella tierra revuelta. La crueldad franquista llegaba hasta los últimos rincones de un país que respiraba venganza en el aliento de los vencedores de la guerra.

Exhumacion en el cementerio de Llíria

Exhumacion en el cementerio de Llíria / L-EMV

Llevan en el fondo del pozo casi noventa años. O más. Eran los tiempos del exterminio. Lo había gritado el militar golpista Emilio Mola: exterminar a quienes no pensaran como ellos. Ellos eran los militares que se levantaban contra la República. Los ayudaban la gente rica, la Iglesia, los políticos de derechas, los nazis de Hitler, los fascistas de Mussolini. Se van a enterar esos rojos, voceaba por la radio Queipo de Llano en Sevilla. Y sus mujeres también sabrían lo que era un hombre de verdad cuando conocieran a los facciosos vencedores de la guerra. Acabar con la legitimidad republicana, con sus valores de libertad, igualdad y fraternidad. Que media España, como recordaría mucho después el poeta Gil de Biedma, ocupara España entera. Después de 1939 vendría esa ocupación. Y las cunetas y la tierra de los cementerios se llenarían de muertos.

Una inacabable fosa común

No hay un pueblo, por pequeño que sea, que no tenga un nombre bajo aquella tierra revuelta. La crueldad franquista llegaba hasta los últimos rincones de un país que respiraba venganza en el aliento de los vencedores de la guerra. Y odio, también ese odio que siguen agitando los herederos de aquella crueldad. No mataron bastantes, dicen algunos de aquellos herederos. Así se hubieran evitado la democracia, esa democracia que tanto les molesta sólo con nombrarla: por eso prefieren la dictadura.

En las fachadas de las iglesias escribieron los nombres de los suyos caídos en la guerra. Sólo los nombres de los suyos. Una cruz los amparaba. Y las canciones patrióticas en las escuelas. Y las banderas. Y los estancos, porterías, taxis y casas robadas: todo regalado por los servicios prestados. Pienso en las grandes fortunas empresariales del franquismo y qué casualidad: esas grandes fortunas siguen siendo ahora las mismas de entonces. Ya ven ustedes: una democracia agradecida. En aquellos años, todo el amparo para los vencedores. La negación y el olvido para los nombres de la derrota. En Llíria, el pueblo donde viví tantos años inolvidables, el cementerio -como cuenta en una magnífica crónica en este diario Laura Florentino- es una inacabable fosa común. Ni se sabe cuánta gente hay en el fondo del pozo.

Ya son tres las veces que se excava en la tierra de ese cementerio. Es muy difícil esa excavación. Una superficie que se extiende como una mancha de aceite en el asfalto cuando un auto se escacharra. Hay cuerpos que murieron en el Hospital Militar, en los asilos, en las cárceles, en las tapias de ese mismo recinto o en otras parecidas. Es posiblemente -dicen los expertos- la fosa común más grande de la provincia de València. La primera es la de Paterna: el paredón de España llaman al paraje del Terrer, donde tanta gente cayó asesinada por las balas fascistas cuando lo que se celebraba en 1939 no era la paz sino la victoria. En Llíria igual hay doscientas víctimas, aunque seguramente algunas de ellas ya fueron exhumadas hace tiempo y trasladadas a los nichos familiares. Muchos cuerpos muy jóvenes. A lo mejor eran los de esos críos que fueron reclutados a última hora de la guerra para que el golpismo no se saliera con la suya. La quinta del biberón. Conocí a algunos de aquellos críos que sobrevivieron. Algunos supervivientes serían asesinados después (fusilados, nos empeñamos en decir), mientras se vestía de fiesta aquella paz tan extraña.

La prioridad nacional

La prioridad nacional que defienden y aplican PP y Vox no se refiere sólo a la inmigración que ellos consideran indeseable. También a la memoria del exterminio que predicaban Mola y sus cómplices. Que en este país sólo queden ellos porque los demás sobramos. Que en este país sólo quede la memoria de los suyos porque, después de su victoria, quienes perdieron la guerra sólo se merecen el silencio, el desprecio y el olvido. El tiempo franquista no se acabó con la muerte del dictador. Por eso cementerios como el de Llíria siguen siendo una gran fosa común donde continúan enterrados los perdedores de la historia. O como el de Gandia, con familias exigiendo más financiación pública para las exhumaciones, una exigencia que bien y emotivamente reflejaba Saray Fajardo en estas páginas hace unos días.

Llevan casi noventa años en el fondo del pozo. Y quienes los dejaron caer ahí, con una indiferencia inhumana, siguen cantando, en las voces de sus descendientes, los himnos de su patria, de esa patria que era y sigue siendo en realidad una fosa de dimensiones incalculables. Esa es la paz que siguen celebrando el PP y Vox: la de las cunetas y los cementerios. Esa es su Ley de Concordia. Les va el mal rollo de la violencia extrema que les dejaron en herencia sus antepasados. Por eso se niegan -cuando y donde gobiernan- a sacar a la luz los cuerpos de las víctimas de la dictadura. Que se siga muriendo también su memoria. Eso sí, cuando llega el Papa, son los primeros que se arrodillan y le hacen los honores en las misas solemnes que recientemente han convertido este país, constitucionalmente aconfesional, en una ridícula y costosa franquicia del Vaticano. Por cierto, en esa humillación de la rodilla en tierra no estaban solos el PP y Vox. Había mucha más gente que no se define a sí misma de derechas Y todas las cámaras de TVE a su servicio: para que no se perdiera un sólo detalle de tan innoble humillación.

Hace veinte años

La semana que viene hablaré aquí de la visita de otro Papa a València hace justo ahora veinte años. Hasta el próximo domingo, pues. Y a ver qué sale, mientras tanto, de esa fosa inmensa que es el cementerio de Llíria. A ver qué sale.

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