Museo de Bellas Artes
Los dos viajes a España de Rubens que transformaron el Barroco
El Museo de Bellas Artes de València inaugura ‘Rubens. El florecimiento de un genio’, una muestra que recorre su formación, sus viajes a la corte española y su influencia decisiva en la pintura del Barroco. Un viaje desde Alicante le obligó a desarrollar su talento como restaurador y su estancia en Madrid le llevó a pintar uno de los retratos más icónicos de la Historia del Arte que inspiró a todos sus sucesores

Montaje de la exposición 'Rubens. El florecimiento de un genio' en el Museo de Bellas Artes de València. / Francisco Calabuig
Resulta increíble que más de cuatrocientos años después podamos conocer en detalle sucesos que se produjeron en lo que parece otro mundo. Gracias a las cartas, escritas a puño y letra, y a todos los que las conservaron, en pleno siglo XXI somos capaces de entender una realidad que parece una ficción. El próximo jueves se inaugura en el Museo de Bellas Artes de València la muestra 'Rubens. El florecimiento de un genio', que no deja dudas de su contenido: ¿Quién fue Pedro Pablo Rubens antes de ser solamente Rubens? ¿Cómo aprendió, de quién, dónde y qué hizo antes de consagrarse a la pintura? Más allá de su producción artística, la figura clave del Barroco ha trascendido a la historia por la ingente cantidad de información que dejó tras de sí y que confirma su diplomacia, su poliglotía y el respeto que se granjeó en las principales cortes de la Europa del siglo XVII. De Colonia a Amberes pasando por Italia y España, Rubens destacó, y su llegada a la corte española de Felipe III a través de Alicante es uno de los episodios que mejor dan cuenta de su talento.
Que hoy conozcamos al artista más allá de su obra y a través de su proceso formativo es gracias a investigadoras como Ana Diéguez-Rodríguez, comisaria de la exposición y directora del Instituto Moll. Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela con su tesis sobre la 'Pintura flamenca del siglo XVI en el norte de España', es una de las grandes conocedoras de la vida y trabajo de Rubens. Con la exposición casi instalada, Diéguez-Rodríguez salta de obra en obra y no escatima en anécdotas que podrían ser menores, pero que resultan fundamentales para conocer la verdadera trascendencia del pintor flamenco.

El director del Museo de Bellas Artes, Pablo González Tornel, con la comisaria de la exposición y directora del Instituto Moll, Ana Diéguez-Rodríguez. / Francisco Calabuig
Una de ellas es poco conocida pero vincula una nueva vertiente de su talento: la del restaurador, conectada estrechamente con su paso por España. Fue durante su etapa en la corte italiana, trabajando para el Duque de Mantua, en 1603, quien decidió enviar un regalo a Felipe III y su corte en Madrid. Entre los presentes que se prepararon para el monarca, había una gran colección de arte, con obras de artistas italianos referenciales en aquel momento.
El duque encargó a Rubens la supervisión de este preciado lote en un complejo trayecto desde Mantua, cerca de Verona, hasta Pisa, desde donde zarparon hasta Alicante. Una vez en tierras españolas, emprenderían por tierra el último tramo hasta Madrid, que duró mucho más de lo previsto. No había terminado entonces la dificultad, porque al llegar a la capital, descubieron que la corte se había trasladado a Valladolid con Felipe III. En total fueron cerca de veinte días de viaje por la península, con condiciones climáticas de viento y lluvia más que adversas que arruinaron las obras de arte que llevaba la delegación italiana al monarca.
"Todo esto está contado por el propio Rubens en las cartas; hubo una tormenta que les alcanzó durante el camino y cuando llegaron a Valladolid, se habían echado a perder todos los regalos del Duque de Mantua", explica Diéguez-Rodríguez. La historiadora explica que el artista se tomó unos días para evaluar la situación y cómo resolverla, haciendo caso omiso a las recomendaciones del secretario del duque de pedir ayuda a los pintores españoles: se negó en rotundo y decidió entonces restaurarlos él mismo.
De la colección que se llevaba, solo fue irreparable uno de ellos. En tiempo récord, Rubens decidió pintar uno que sustituyera esta pieza perdida y creó 'Heráclito y Demócrito'. El resto eran doce piezas que representaba los doce meses del año, hoy conservadas entre el Museo del Prado y Patrimonio Nacional restauradas en una primera instancia por el propio Rubens.
"En una de las cartas, Rubens dice que es capaz de atemperar su estilo y parecerse al del artista original, en este caso Pietro Fachetti. Además de los doce meses, había otras piezas que representaban la creación del mundo o la 'Formación de Eva (Creación de Eva)' que se podrá ver de forma excepcional en València, porque en el Prado no está expuesta", señala la comisaria. Esa es precisamente una de las grandes revelaciones y un talento poco explorado del aclamado pintor: ser capaz de renunciar a su propio estilo para respetar al artista original y preservar el regalo del Duque, "pese a la histeria del secretario". "En esas cartas se demuestra el temple de Rubens, que buscaba soluciones, era práctico y finalmente le salió bien".
Otro "rey" en Madrid
Este pasaje da pie a otra anécdota que representa uno de los primeros hitos históricos del artista. Mientras Felipe III estaba en Valladolid con el grueso del poder, Madrid quedó en manos del Duque de Lerma, considerado en la época como una personalidad con un peso tanto o más relevante como el rey. Quedó impresionado por las obras regaladas al monarca y le encargó un retrato de él mismo: ahí nace 'Retrato ecuestre del Duque de Lerma', expuesta en el Museo del Prado, donde se representa el gobernante a caballo como un emperador, marcando un nuevo prototipo al situarlo de frente y no de perfil como había sido habitual hasta la fecha.
Esta obra da pie a otra de las grandes piezas que alberga el Museo de Bellas Artes de València: el 'Retrato ecuestre del Duque de Moncada' de Anton van Dyck, donada a la pinacoteca valenciana en 1941. Esta obra se realizó casi 30 años después de la de Rubens, "una fecha muy temprana para ese cambio de estilo en los retratos que le valió su entrada en la corte española, donde hasta entonces era un absoluto desconocido", explica Diéguez-Rodríguez.

Montaje de la exposición 'Rubens. El florecimiento de un genio'. / Francisco Calabuig
Para la historiadora, el retrato del Duque de Lerma fue también un punto de inflexión en la carrera de Rubens no solo por la trascendencia que tuvo la obra, sino porque él mismo reconoció su valía y talento. Se quedó unos meses en España, pero volvería 25 años después, ya como un pintor consolidado y reconocido.
En esa segunda misión, tal como explica el director del Museo de Bellas Artes de València, Pablo González Tornel, lo hizo bajo el reinado de Felipe IV y existe más información todavía del viaje. Trabajó de manera oficial para la monarquía española y para Isabel Clara Eugenia de Austria, gobernadora de los Países Bajos hasta 1633. Esa vinculación con la aristocracia española le permitió integrarse en el país de una forma diferente a la primera vez: si a principios de siglo llegó con dudas y recelos respecto a las escuelas de pintura españolas, en esta segunda etapa trabajó codo con codo con Velázquez en su taller.
De esa conexión se dice que creó 'La Inmaculada Concepción', que se encuentra en el Museo del Prado. Fue pintada para el marqués de Leganés, uno de sus mayores admiradores en la corte madrileña. Este político y militar, muy relacionado con los Países Bajos, incentivó el gusto de Felipe IV por la obra del pintor flamenco, en parte gracias a la inmediata donación de esta pintura.
Como recuerda González Tornel, hay que poner en contexto este desarrollo: "Durante los primeros 30 años del siglo XVII, el estilo en España está dominado por un naturalismo radical con el ejemplo más claro de Ribera, Ribalta y las primeras etapas de Zurbarán o Velázquez. Ese naturalismo duro y descarnado de la pintura española se verá sacudido por los pintores italianos y por Rubens, que se formó con ellos".
Así, esos dos viajes del artista marcaron una nueva vocación de la pintura española por el venecianismo y una conexión con la manera de entender el Barroco según Rubens y, después, Van Dyck, que es más cortesana y teatral que el realismo que planteaba la pintura española. De hecho, en el Museo de Bellas Artes se puede ver el legado que dejó en obras como la Magdalena de Claudio Coello, la Inmaculada de Antonio Palomino o las obras del valenciano Miguel Marc, tres pintores de esa segunda generación del barroco que recogen la influencia de Rubens.
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