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Crónica

Rod Stewart convierte el Roig Arena en el pub más grande de València

El veterano artista británico repasa su extenso repertorio en el Roig Arena, demostrando su talento intacto para el espectáculo y la conexión con el público

Rod Stewart convierte el Roig Arena en el pub más grande de València

Voro Contreras

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

Rod Stewart ha salido esta noche al Roig Arena con ese donaire de maestro del oficio al que no le hace falta explicar porqué está ahí. A sus 81 años el hombre no va a ir del uno al otro confín para descubrirle a nadie el futuro del pop, sino para lucir un repertorio en el que caben garitos de Nueva Orleans, salones de Las Vegas, estadios de fútbol, habitaciones de hotel y ese tipo de sentimentalismo que, en manos inexpertas, puede acabar en karaoke, pero que en las suyas es la Verdad. Como cantaba otro mod ilustre: That’s entertainment.

La gira se llama "Una última vez", aunque Rod lleva suficientes décadas sobre los escenarios como para saber que un adiós también puede ser una forma de prolongar una conversación agradable, entretenida, a ratos espléndida, sostenida por un “set list” de esos que no necesitan más defensa que un buen ataque.

El público, bien, gracias, en general más joven que Rod, lo suficiente para recordar aquella noche en la discoteca cuando quien ahora es su exmarido o su exmujer le pareció la persona más sexy del mundo. "Da Ya Think que aún I’m Sexy?" "Claro, cariño, y esta noche más". Desde su inicio con la ochentera “Infatuation”, el concierto ha funcionado porque no ha sido una ceremonia de despedida sino algo más sencillo y eficaz: la actuación del tío más talentoso del barrio en un pub con aforo de 12.000 personas, pantallas de última generación, músicos impecables, una producción brillante, canciones ideales para levantar la pinta en vaso de plástico, abrazar al de al lado y exagerar los recuerdos.

Al final ahí está la clave de Rod Stewart. Antes de los trajes imposibles, de las baladas flamígeras, de la radiofórmula y el sistema, fue ese Rod “the Mod” fascinado por la música negra cuyo repertorio de temas ajenos no es relleno, sino genealogía. Las souleras “Having a Party”, “It Takes Two”, “I’d Rather Go Blind”, “People Get Ready” o ese reivindicativo “Love Train” de los O’ Jays con el que han finalizado el show, no han aparecido como excursiones turísticas, como tampoco lo han sido sus visitas al “It’s a Heartache” de Bonnie Tyler o “The Firts Cut is the Deepeest” de Cat Stevens. Las versiones con las que Rod trufa su repertorio son una manera de explicar de dónde ha salido y con quién ha convivido esa voz que ya no es una navaja recién afilada, pero sí el viejo cuchillo que llega fácil a las visceras a poco que sepas manejarlo.

Hay momentos en los que el espectáculo ha avanzado con la certeza automática de que cada cambio de chaqueta, cada guiño a las coristas y cada paseíllo están programados por una maquinaria que sabe perfectamente dónde debe caer la ovación. También ha habido pasajes en los que el brillo de casino elegante ha amenazado con comerse la emoción, con convertir la melancolía en lentejuela. Pero incluso cuando el show se ha acercado peligrosamente al crucero de lujo, ha aparecido ese oficio de Rod que muy pocos ya tienen.

Rod Stewart este martes en el Roig Arena de València.

Rod Stewart este martes en el Roig Arena de València. / Rober Solsona

La banda ha sido parte fundamental de esa operación. Stewart se rodea de una infalible escudería instrumental y coral con importante presencia femenina. Hay algo deliberadamente antiguo en esa puesta en escena, pero también una conciencia muy clara del entretenimiento como artesanía. La banda es atractiva y resultona, sí, pero sostiene, rellena, canta (esas versiones de "Jolene" o "Susie Q") y oxigena una función que necesita esa mezcla de precisión y picardía para no convertirse en museo.

Con la maravillosa “Maggie May”, “Forever Young”, “Tonight I’m Yours” o “Young Turks”, el Roig Arena ha comprobado que el personaje aún es creíble, aunque uno no haya podido evitar echar de menos algún temazo de esa etapa suya como cantante de los Faces que si no es lo mejor de su carrera se le debe parecer bastante. “Have I Told You Lately” ha recordado al Stewart que convertía el romanticismo en los preliminares del polvete de los sábados sobre suelo de moqueta de “Hot Legs” y “Baby Jane”. Una “Rhythm of My Heart” que Rod ha dedicado al pueblo ucraniano y “Sailing” han aportado esa solemnidad de himno que siempre le ha quedado mejor cuando no la subraya demasiado.

El concierto de Rod Stewart en València no ha sido una epifanía porque nadie de los de ahí estamos ya para esas cosas. Ha sido, eso sí, un espectáculo infalible, sentimental, un poquitín hortera, quizá demasiado limpio y mucho más digno de lo que todo eso leído así junto puede sugerir. Rod Stewart pertenece a esa especie en peligro de extinción de cantantes que puede hacer de maestro de ceremonias, crooner, rocker, viejo canalla, amigo del novio, capitán de barco fluvial, parroquiano de pub y estrella internacional en la misma noche. Lo único que te pide a cambio (además de los más de 100 pavos que te cuesta la entrada) es que no dudes de que aún es todas esas cosas.

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