Crónica
Jean-Michel Jarre enseña en la Marina Nord el futuro que no fue
El músico francés inaugura el ciclo FAR en la Marina Nord con un concierto envolvente, nostálgico y luminoso, entre la promesa de un porvenir amable y el ruido incómodo del presente

Jean-Michel Jarre en la Marina Nord de València. / JM LOPEZ

La música de Jean-Michel Jarre todavía suena al futuro que imaginábamos antes de que el futuro llegara y fuera esto. Un lugar agradable, limpio, tranquilo, confortable, con algún subidón bien colocado y luces rosas y azules saliendo rectas e infalibles de un sintetizador. Un porvenir de máquinas educadas, brisa marina y tecnología al servicio de la humanidad, no este presente a ratos lleno de ruido, basura moral, gente desagradable que grita, se empuja, se pega y se tira mierda como si la vida fuera un concierto interminable de GG Allin. Por eso, durante algunos momentos de la actuación que el francés ofreció este miércoles en la Marina Nord de València, el primero del ciclo FAR, fue fácil tener la sensación de que Jarre no estaba tocando música antigua ni música moderna, sino la banda sonora de un futuro que se ha quedado a medias. O música para subir el Tourmalet sin moverse del sofá, que eso también está bien.
El francés apareció ante un público mayoritariamente adulto, entregado desde el primer minuto a esa mezcla de nostalgia, respeto y ganas de bailar mirando alrededor con cierta vergüencita que producen los artistas a los que ya no se les pide que inventen nada, sino que sigan apareciendo. La alta presencia de asistentes internacionales confirmó una tendencia cada vez más visible en los grandes conciertos de València. Ya se vio hace poco con Rod Stewart y volvió a verse ahora con Jarre: la ciudad es cada vez más un destino musical para visitantes, residentes temporales y turistas de concierto, un público que los promotores tienen cada vez más en el punto de mira.
La cita reunía a una generación que descubrió a Jarre hace varias vidas, quizá en televisión, con aquel teclado cuyas teclas se iluminaban cada vez que las tocaba. Ahora graban las canciones que les gustan con móviles con funda, muchos de ellos en horizontal, como si la verticalidad de las redes sociales fuese una incomodidad contemporánea. Jarre preguntó varias veces si todo el mundo estaba bien. Claro que estaba bien. Durante un rato, el recinto funcionó como una cápsula amniótica de luces, graves, melodías electrónicas y la sensación de estar a salvo, frente al mar, de un presente demasiado áspero.
El repertorio fue un recorrido por distintas épocas de su carrera: Les Chants Magnétiques, Oxygène, Équinoxe, Zoolookologie, Révolution Industrielle, Exit, Stardust o Rendez-Vous. No fue una sesión arqueológica ni un museo de sintetizadores, aunque Jarre siga siendo uno de los nombres que ayudaron a convertir la electrónica en espectáculo de masas. Su directo actual comprime, acelera y muscula los clásicos. A veces los acerca más al festival que al planetario, más al golpe de graves que al misterio lento de sus viejos paisajes sonoros. Otras, en cambio, basta un giro melódico o una secuencia reconocible para que aparezca intacta aquella promesa de modernidad amable que todavía vive dentro de Oxygène.
Antes de Oxygène Part 2, Jarre dejó una de las frases de la noche: “Para mí la música electrónica es como cocinar y yo quiero invitaros a mi cocina”. La metáfora tenía algo de explicación didáctica y algo de truco de veterano que sabe que el público ya está en su mano. Después, los sintetizadores empezaron a sonar como si se estuvieran derramando sobre la Marina Nord. La música de Jarre conserva esa cualidad un poco densa, envolvente, casi uterina, como si uno pudiera quedarse dentro de ella y olvidarse durante unas horas de todo lo demás. No era exactamente nostalgia, o no solo. Era el recuerdo de una promesa: la de un futuro en el que la tecnología serviría para proyectar líneas de luz sobre el cielo, acompañarnos en la noche o prepararnos un café, no para vigilarnos, sustituirnos, quitarnos el curro, agotarnos o convertirlo todo en una aséptica discusión a gritos.

Público en el concierto de Jean-Michel Jarre. / JM LOPEZ
El concierto se celebró finalmente en la Marina Nord después de que la organización lo trasladara desde la Ciutat de les Arts i les Ciències, afectada por la sentencia del ruido denunciado por los vecinos del entorno de CACSA. El cambio le quitó monumentalidad, pero le dio proximidad. Y, al menos este miércoles, el sonido ganó. Se oyó bien, muy bien por momentos, en un recinto más recogido y manejable. La única interferencia llegó entre canción y canción, cuando se colaba la música del Marina Beach. No molestaba mientras Jarre hacía lo suyo, porque en plena descarga los sintetizadores, los graves y los láseres imponían su propia arquitectura, pero el aviso quedó ahí. Los promotores de FAR han instalado pantallas en la parte alta de las gradas para separar el recinto del paisaje sonoro de la Marina. Con solo un local funcionando cerca, parecieron suficientes. Ya se verá qué ocurre el fin de semana, cuando el resto de locales estén a pleno rendimiento.
La segunda mitad fue empujando el concierto hacia una zona más física. Cuando aparecieron voces robóticas, bases más marcadas y un pulso más cercano a la pista de baile, hubo incluso quien corrió de las gradas al front stage blandiendo un abanico con una convicción que parecía salida de un remember. Jarre, a sus 77 años, no se limita a administrar su legado. Lo actualiza, lo endurece, lo ilumina y a veces también lo simplifica. Hay momentos en los que sus clásicos aparecen apenas como destellos dentro de estructuras nuevas, pero eso le basta al público para reconocer el territorio y dejarse llevar.
También hubo discurso. Jarre habló de la tecnología, de la inteligencia artificial y de la necesidad de no tener miedo. Defendió que la electrónica puede ser poética y orgánica. En las pantallas aparecieron figuras robóticas, de esas que se mueven como si estuviera fallando el router. “Solía decir que en el futuro los robots no llorarán, pero quién sabe”, vino a plantear. La frase tenía algo de broma y algo de diagnóstico. Jarre pertenece a una generación que pensó las máquinas como posibilidad estética antes de que se convirtieran en amenaza laboral, algoritmo invasivo o conversación interminable sobre la IA. Quizá por eso su defensa de la tecnología sonaba menos ingenua que melancólica. No hablaba de rendirse ante ella, sino de recuperar la imaginación que un día prometió.
El tramo final, con piezas como Équinoxe 4, Oxygène 4, Epica, Stardust y los bises de Les Chants Magnétiques 2 y Quatrième Rendez-Vous, confirmó que Jarre sigue entendiendo el concierto como una experiencia visual tanto como sonora. No hay ya el asombro original de sus grandes montajes históricos, pero sí una eficacia muy medida: haces de luz, pantallas, geometrías, colores fríos y una música que parece avanzar incluso cuando mira hacia atrás.
Jarre vino a enseñar el futuro que no fue. O el que fue durante un rato y después se estropeó. Cuando todo terminó, quedó la sensación de que habría sido fácil quedarse allí unas horas más, viendo caer aquellas notas electrónicas lentamente sobre la Marina, como si no hubiese nada más urgente que hacer que retrasar un poco el regreso al presente.

Jean-Michel Jarre en concierto en la Marina Nord de València. / JM LOPEZ
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