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Traducción

Martí Domínguez Pérez, el último valenciano del Renacimiento

El abogado Martí Domínguez Pérez dedicó más de veinte años a trasladar al valenciano ‘Le vite’ de Giorgio Vasari, la obra fundacional de la historia del arte. Su hijo, el escritor Martí Domínguez, culmina ahora una edición monumental que es también la historia íntima de una obsesión familiar nacida en una librería de Arezzo

Martí Domínguez en el despacho donde traduj durante años al valenciano "Le vite" de Giorgio Vasari.

Martí Domínguez en el despacho donde traduj durante años al valenciano "Le vite" de Giorgio Vasari. / M. D.

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

Es agosto de 1979 y una familia valenciana viaja por Italia en roulotte en lo que no es exactamente un viaje turístico, sino una peregrinación civil por iglesias, frescos, plazas, capillas y museos. En Arezzo, después de ver los frescos de Piero della Francesca en la Basílica de San Francisco, el abogado Martí Domínguez Pérez entra en una pequeña librería y se encuentra con los nueve volúmenes de la edición Sansoni de "Le vite", dentro de su caja, con el apellido de su autor en letras bien grandes, convertido casi en emblema: Vasari.

El precio era considerable: 200.000 liras, unas 20.000 pesetas de la época. No había tarjetas de crédito al alcance, ni manera fácil de resolver la compra con un gesto rápido para aquella familia de viajeros que habían llegando hasta allí en una autocaravana. Hubo deliberaciones familiares, dudas, cálculos de viaje... Al final, el abogado valenciano salió de la librería cargado con los nueve volúmenes y visíblemente contento, según recuerda su hijo. Quizá en ese momento ya sospechaba que aquel gasto más o menos impulsivo iba a darle un tipo muy particular de placer para el resto de su vida. «Si no lo hubiera comprado, seguramente nunca lo hubiera traducido», resume hoy Martí Domínguez Romero, escritor, profesor de Periodismo en la Universitat de València e hijo del traductor.

La publicación de "Les vides dels més excel·lents pintors, escultors i arquitectes", editada ahora por Proa en tres volúmenes, es un acontecimiento literario y cultural. Por primera vez la gran obra de Giorgio Vasari llega íntegra al ámbito lingüístico del catalán, a partir de la segunda edición ampliada de 1568, la llamada Giuntina. Pero, vista de cerca, es también la culminación de una historia íntima, familiar y casi secreta; la historia de un hombre que tradujo por amor al arte, por amor a dos lenguas -la suya materna y la de Vasari- y por una forma muy antigua de felicidad intelectual ligada a la lentitud y a la paciencia.

Martí Domínguez Pérez no era traductor profesional. Traducía por placer, por ejercicio de lengua, por esa manera exigente de entrar en la intimidad de un autor que solo permite la traducción. Además de con Vasari había trabajado con otros autores italianos como Giovanni Verga, Giorgio Bassani, Maria Bellonci o Andrea Camilleri. En casa, esas traducciones circulaban como un patrimonio doméstico. «Lo hacía por placer personal y consumo propio; todos en casa lo leíamos gracias a su traducción», recuerda su hijo.

La relación de la familia con Vasari venía de lejos. El abuelo -el famoso periodista Martí Domínguez- ya tenía una edición de Las vidas de la de la editorial Iberia. Una versión que, según recuerda su nieto, estaba llena de páginas incompletas y errores grotescos como convertir a Piero della Francesca en «Pedro de la Francisca». Aquello no impidió el fervor por ese libro, por el arte y por Italia y quizá incluso lo alimentó hasta transmitírselo a su hijo y a través de éste a sus nietos, a veces incluso a la fuerza. «Teníamos que acompañar a mis padres por museos e iglesias cuando seguramente mi hermano y yo hubiéramos preferido ir a la playa», dice Domínguez Romero entre el humor y la gratitud.

Vasari, según Jacopo  Zucchi.

Vasari, según Jacopo Zucchi. / L-EMV

El reto de Giovio

El de Vasari es uno de los grandes libros de la cultura europea. Nacido en Arezzo en 1511 y muerto en Florencia en 1574, fue pintor, arquitecto, cortesano de los Médici y autor de una obra literaria que cambió para siempre la manera de mirar el arte. "Le vite de’ più eccellenti pittori, scultori e architettori" apareció por primera vez en 1550 y fue ampliada en 1568. En sus páginas reunió las biografías de los artistas italianos desde Cimabue y Giotto hasta Miguel Ángel y su propio tiempo. No se limitó a ordenar datos sino que creó un relato y convirtió la historia del arte en literatura.

El origen del libro se sitúa en una conversación de 1543, en el palacio del cardenal Farnese. Allí, el humanista Paolo Giovio planteó la necesidad de escribir la vida de los artistas italianos para que no se perdiera su memoria. Vasari objetó que una empresa así necesitaba a alguien que conociera la pintura desde dentro, que distinguiera el temple del óleo, el estuco de la escultura, los procedimientos del oficio. Pues hazlo tú, le vino a decir Giovio. Vasari no había publicado nada y, sin embargo, en pocos años entregó una obra monumental. Giovio lo hubiera escrito en latín, que era lo habitual en aquella época. Vasari, que no dominaba esa lengua, lo hizo en toscano. Ahí radica una de sus revoluciones. «Dante fue el primero en escribir en toscano como lengua poética, pero nadie se atrevió a hacerlo para la prosa hasta que lo hizo Vasari», defiende Martí Domínguez Romero.

El aretino escribía con ritmo, con voluntad de estilo, con una curiosidad casi periodística por la vida privada de los artistas, por sus miserias, sus deudas, sus amores, sus manías y sus rivalidades. Sus Vidas son fuente primordial para entender el Renacimiento, pero también un libro lleno de nervio narrativo. A Vasari le interesa la técnica del artista, pero también su carácter; la obra, pero también el temperamento que transmite. Por eso sigue leyéndose con placer, señala el editor. No es una entrada de enciclopedia. Es una mirada en primera persona, parcial a veces, injusta otras, pero viva.

Martí el traductor

Tal como recuerda su hijo, a Martí Domínguez Pérez le fascinaba esa mezcla de saber técnico, música verbal y cotilleo humanista. Sin embargo, no empezó a traducir la obra con disciplina hasta su jubilación, hacia el año 2000. Tenía por delante más de tres mil páginas de un italiano del siglo XVI, una prosa larga, sinuosa, llena de subordinadas, con una cadencia que el editor define como «proustiana». La edición de partida era aquella Sansoni comprada en Arezzo, basada en el trabajo de Gaetano Milanesi, el gran especialista del siglo XIX, con un aparato crítico abrumador. A eso se sumaron otras referencias, como la edición francesa de André Chastel. La edición en nuestra lengua incorpora las notas de Milanesi y centenares de anotaciones nuevas: unas 490 del traductor y otras 480 añadidas por su hijo en el proceso final de edición.

El método de trabajo del traductor también pertenece a otro tiempo. Al principio Martí Domínguez traducía a mano. Después pasó al ordenador portátil. Tal como recuerda su hijo, trabajaba por las mañanas en la biblioteca, rodeado de diccionarios en papel, la colección de clásicos de Gredos y música clásica de fondo. Internet llegó más tarde como una herramienta auxiliar, sobre todo para ver las obras que Vasari describía y comprobar detalles. Esa confrontación visual permitía incluso corregir al autor, que a veces escribía de memoria o cometía errores. «Vasari decía que un niño estaba en las rodillas cuando, al mirar la obra, se veía que estaba arrodillado», recuerda el editor. La traducción, por tanto, no era solo traslado lingüístico, sino también lectura, verificación, conversación con el original y, si hacía falta, discreta enmienda.

Nada de traducción automática, por supuesto. A Martí Domínguez Pérez ni se le habría pasado por la cabeza usar algo como la Inteligencia Artificial para facilitar el trabajo. Su hijo lo explica con una frase que sirve para entender toda la empresa: a una traducción automática «le faltaría la poética y el nervio». Lo difícil en Vasari no es únicamente comprender el italiano antiguo, sino conservar su respiración. Modernizarlo demasiado, apunta el editor, habría sido empobrecerlo; arcaizarlo hasta la rigidez, expulsar al lector. El traductor buscó una lengua capaz de mantener la musicalidad y, al mismo tiempo, resultar agradable para el lector contemporáneo.

Portada de "Le vite".

Portada de "Le vite". / L-EMV

Lengua honesta

El resultado, según Domínguez Romero, son unas Vides en las que el valenciano funciona como una lengua con honestidad intelectual y con registros propios que el traductor inserta de manera natural, no como gesto folclórico, sino como respiración propia. Vasari escribía en un toscano heterodoxo, vivo, no sometido aún a una prosa académica fijada. Y Domínguez Pérez encontró en su lengua materna una manera de responder a esa libertad. Su versión en valenciano conserva formas, giros y matices que enriquecen la textura del conjunto. Para la cultura valenciana, además, confirma una tradición de grandes traducciones humanísticas que enlaza este proyecto con la traducción que hizo de la Divina Comedia de Joan Francesc Mira o los Ensayos de Montaigne traducidos por Vicent Alonso. Como viene a decir el editor, traducir a los clásicos también es construir una cultura.

Martí Domínguez Pérez murió en 2024. La traducción estaba terminada, pero faltaba el repaso general, la actualización de notas, la introducción, la ordenación definitiva de aquel trabajo ingente. Su hijo asumió esa tarea como editor y como heredero de una conversación que había durado toda la vida. La editorial se entusiasmó con el proyecto y ha publicado una edición ambiciosa de tres volúmenes, 3.152 páginas y tapa dura con estuche. Una obra pensada para durar. La respuesta inicial ha sorprendido incluso a sus responsables. Según Domínguez Romero, en menos de quince días se ha agotado la primera edición de mil ejemplares, pese a tratarse de una obra de 85 euros.

Pero el corazón del proyecto sigue estando en la mesa de trabajo del traductor. En esa rutina matinal, en los diccionarios abiertos, en la música clásica sonando, en el ordenador portátil, en la paciencia de quien traducía primero las vidas que más le apetecían -Botticelli, Leonardo- y luego fue completando el mapa. Hay algo profundamente contrario al espíritu de la época en ese gesto: dedicar veinte años a una obra que nadie le ha encargado, sin urgencia editorial, sin contrato, sin campaña, sin garantía de publicación. Traducir como quien acompaña a un autor durante media vida, como quien aplaza el ruido del mundo.

Entre todas aquellas biografías, había una que divertía especialmente a Martí Domínguez Pérez: la de Filippo Lippi, el fraile y pintor que se enamora de una monja, Lucrezia Buti, la convence para posar como Virgen, acaba fugándose con ella y perseguido por sus familiares. De esa relación nacería Filippino Lippi, también pintor. Esa «vida» concentra buena parte del atractivo del aretino: arte, deseo, escándalo, religión, vida cotidiana y posteridad. En la edición publicada ahora en valenciano se mantiene una larguísima nota de Milanesi sobre el episodio. Podría asustar por su extensión, reconoce Domínguez Romero, pero es demasiado divertida y demasiado reveladora de las tensiones de la Florencia medieval como para sacrificarla.

Portada de uno de los tres volúmenes de "Les vides" traducidos por Martí Domínguez.

Portada de uno de los tres volúmenes de "Les vides" traducidos por Martí Domínguez. / L-EMV

Vasari no es neutral

El propio Vasari tampoco sale indemne de su propia mirada. En su autobiografía, que él mismo incluyó al final de la segunda edición, se muestra más plano y reservado que cuando escribe sobre los demás. Tenía motivos. Su vida sentimental fue compleja, con hijos ilegítimos y un matrimonio condicionado por la conveniencia social. Domínguez Romero ha tratado esas cuestiones en la introducción y subraya el contraste: el gran narrador de las intimidades ajenas apenas se atreve con las propias. En cambio, sí se explica como artista, con una honestidad poco frecuente. Sabe que no pertenece a la tríada de los divinos -Leonardo, Rafael, Miguel Ángel- y reconoce sus límites. Tal vez por eso la posteridad le ha reservado a Vasari esa ironía perfecta de ser más recordado por sus páginas que por sus pinturas y edificios.

Vasari no es neutral, ni pretende serlo y quizá ahí también radica la modernidad de Las vidas. Admira, juzga, exagera, maltrata a veces a quienes no encajan en su canon toscano. Domínguez Romero cita el caso de Pinturicchio, a quien Vasari trata con dureza por su trabajo en las estancias borgianas. La edición de los Domínguez incorpora una nota para advertir de lo que ellos consideran una injusticia al pintor de los papas valencianos. Ese diálogo crítico con el texto es fundamental. No se trata de leer a Vasari como si fuera una verdad absoluta, sino como una fuente de primer orden atravesada por preferencias, prejuicios y una mirada de época. Precisamente por eso resulta tan fértil. Enseña cómo se construyó una historia del arte y, al mismo tiempo, permite discutirla.

La obra tiene además una dimensión literaria que va más allá del catálogo de artistas. En Las vidas nace, en buena medida, la biografía moderna. La crónica se convierte en relato, la información se ordena con tensión narrativa, la técnica se mezcla con el carácter. Vasari inventa una manera de contar el arte que todavía pesa sobre nosotros. Cuando pensamos el Renacimiento como una ascensión desde Cimabue y Giotto hasta Miguel Ángel, seguimos mirando con sus categorías. Cuando hablamos de renacimiento, de maniera, de progreso artístico, de escuelas y genealogías, aún resuena su voz. Esa es la razón por la que su obra importa más allá de los especialistas, porque cuenta pero también inventa el Renacimiento..

Para Martí Domínguez Romero, publicar ahora esta traducción también tiene un sentido moral. En tiempos de vidas célebres pero poco ejemplarizantes, recuperar una obra así es recordar «los valores humanísticos que nos engrandecen como especie». La frase podría sonar solemne si no estuviera sostenida por una experiencia tan concreta: un padre traduciendo durante veinte años en su biblioteca; un hijo revisando, anotando y llevando ese legado hasta la imprenta; una familia que, desde aquellos viajes en roulotte, había aprendido a mirar el mundo como una prolongación de su propia casa. El humanismo, en este caso, no es una abstracción sino una práctica diaria. Una forma de pasar la vida.

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