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Fuera de compás

Mala gente

No hace falta ser un vagabundo ni vivir en la calle para darte cuenta de que eres pobre, más todavía cuando llega una ola de calor. El bono térmico sólo llega a 3 de cada 10 valencianos que lo necesitan. Más de 810.000 personas reconocen no tener el dinero para mantener una temperatura adecuada en su vivienda

Donald Trump, durante una rueda de prensa la pasada semana.

Donald Trump, durante una rueda de prensa la pasada semana. / EFE/Georgi Licovski

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Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Que soy mala gente, dice el menguado este. Pero yo, ustedes y toda la peña que lleve España en el pasaporte. Sí, sí, todos, hasta los de Vox, pobrecicos. Con lo que le quieren. Y va él y se lo paga así, llamándoles mala gente, terribles compañeros de viaje y no sé cuántas chorradas más, con un verbo como de perturbado y una puesta en escena inquietante, como imitando el lloriqueo de un Gollum corto de risperidona. El nota, que ha tenido más problemas con la justicia que El Lute. Sí, el de la canción de Boney M. Ese difamador, cómplice del genocidio gazatí, envuelto en casos que incluyen falsedad documental y delitos sexuales.

Un mentecato que conspiró contra su propio país alentando el asalto al Capitolio porque no le molaba el resultado electoral. Un pavo que secuestró a dos personas, a las que todavía retiene de manera secreta e ilegal, llevándose por delante a ni se sabe cuántas en la maniobra. Un sujeto que cuando se aburre bombardea un país, asesinando a civiles, mujeres y niños, dejando el mundo mucho peor de lo que estaba. Un individuo con un currículum tan lleno de barrabasadas que no caben en este diario nos ha llamado mala gente. Tócate las narices con la poca vergüenza. Y encima, quitando tarjetas rojas en el mundial de fútbol.

Y claro, me he acordado de aquella otra burrada de canción titulada “Me llaman mala persona” del trío humorístico musical Académica Palanca. Y he visto retratado en esa parodia de rumba taleguera, violenta y suburbial al degenerado trumposo, con esa detallada retahíla de sadismo que haría palidecer al mismísimo Hanibal Lecter. Qué julio lleva este hombre, señor de mi vida, lo que le está afectando el calor, que no es bueno para nadie.

Menos todavía para esa masa de indigentes que malviven en nuestra ciudad en el poblado chabolista del circuito urbano de Fórmula 1, asfixiándose en condiciones infrahumanas. Una herida sangrante en el corazón de una Valencia que sigue pagando la deuda contraída a nuestra costa por aquella generación de políticos corruptos del Partido Popular que tenía la manía de ponernos en el mapa a base de trincar de fastos y grandes eventos tan absurdos como inútiles. Mala gente.

No hace falta ser un vagabundo ni vivir en la calle para darte cuenta de que eres pobre, más todavía cuando llega una ola de calor. El bono térmico sólo llega a 3 de cada 10 valencianos que lo necesitan. Más de 810.000 personas reconocen no tener el dinero para mantener una temperatura adecuada en su vivienda. Para no morirse de calor. Gente que no puede permitirse encender un ventilador en casa, y mucho menos ponerse un equipo de aire acondicionado. Porque no tienen trabajo o, teniéndolo, viven en condiciones de exclusión y pobreza energética.

Personas que toman ansiolíticos y otros medicamentos similares para poder conciliar el sueño en estas noches tropicales, ecuatoriales, infernales o como las quieran llamar los del tiempo en la tele. Psicofármacos contra el calor, para poder desconectarse de una existencia arrasada por las altas temperaturas, para caer inconsciente en un charco de sudor y volver a la vida a la mañana siguiente, dormidos, sí, pero no descansados. Con el equilibrio emocional destruido. Las energéticas y la falta de valor a la hora de regularlas han alumbrado (perdón por el chiste) un nuevo tipo de drogadicto. Mala gente.

En fin, otro julio en Valencia. Mes de feria, fuegos artificiales, batalla de flores, certamen internacional de bandas, cine a la fresca (es un decir) en las playas o en el río, toros, moros y cristianos, conciertos, festivales, atracciones y jazz en el Palau. Todo en medio de un calor criminal adobado por el hedor de los que ya no se duchaban en invierno y por la peste que despiden unas calles insuficientemente limpias, meadas y cagadas muy festivamente por esas turbamultas de visitantes holgados de dinero y de mala educación.

Efluvios basuriles y fluidos corporales que se mezclan con el agua de los charcos que producen los que no recogen el agua de su aire acondicionado y con las cacas de perro. Chusma gritona caminando sin camiseta por doquier, flipados del manillar, gorrillas en pie de guerra, canallas que aparcan de manera dolosa y otras muchas y muy variadas muestras de incivismo, cada vez más creativas y sorprendentes. Al final tendrá razón el fulano anaranjado, cuánta mala gente.

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