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Exposición

El reencuentro de Palomino con València

Antonio Palomino protagoniza su primera exposición monográfica en el Museo de Bellas Artes de València

Exposición de Antonio Palomino en el Museo de Bellas Artes

Daniel Tortajada

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Amparo Barbeta

Amparo Barbeta

València

A veces, para reencontrarse con un artista, hay que levantar la mirada. Antonio Palomino dejó buena parte de su genio en techos, bóvedas y cúpulas: lugares concebidos para que la arquitectura desapareciera y, en su lugar, se abriera un cielo de ángeles, alegorías, resplandores y cuerpos suspendidos. Trescientos años después de su muerte, el Museo de Bellas Artes invita a mirar de nuevo hacia esas alturas con «Antonio Palomino y la noche barroca», la primera exposición monográfica dedicada al pintor.

Porque Palomino ocupa una posición singular en la historia del arte español. Su importancia no se limita a su producción como pintor del último Barroco, sino que se extiende a su labor como tratadista, historiador y biógrafo de artistas. Gracias a esta doble condición de creador y escritor, Palomino contribuyó tanto a decorar algunos de los grandes espacios religiosos de su tiempo como a construir el relato histórico mediante el cual conocemos hoy a numerosos pintores españoles de los siglos XVI y XVII.

Valencia VLC Exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes

Exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes / Daniel Tortajada / LEV

La muestra reúne 65 piezas procedentes de veinte museos e instituciones nacionales y podrá visitarse hasta el 20 de septiembre. Pinturas, dibujos, estampas, libros y testimonios de su pensamiento componen un retrato complejo de quien no fue solo uno de los grandes fresquistas del Barroco tardío, sino también el hombre que ayudó a ordenar y contar la historia de la pintura española.

Valencia VLC Exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes

Inmaculadas en la exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes / Daniel Tortajada / LEV

Comisariada por el historiador José Riello, la exposición parte de una injusticia silenciosa. La obra de Palomino ha estado siempre a la vista y, al mismo tiempo, lejos de los museos. Está sobre las cabezas de los fieles, fundida con los templos y sometida a la distancia, a la penumbra y al deterioro del tiempo. Esa condición monumental dificultó su reconocimiento, aunque su calidad, como recuerda Riello, lo sitúa a la altura de los mejores creadores de su época. Quizás por ello, según el comisario, “el hecho de que la mayor parte de la obra pictórica de Palomino se concentre en techos y bóvedas, y no en museos, ha complicado su fortuna crítica, pero su calidad lo hace estar a la altura de los mejores de su tiempo”. “Como escritor y teórico, el legado de Palomino es aún más sólido, y a él debemos buena parte de lo que aún seguimos pensando sobre el arte español de los siglos XVI y XVII”, explicó, mientras para el director del museo, Pablo González Tornel la exposición “es fundamental para entender la renovación artística que supusieron los frescos del cordobés en las iglesias de València”. “Palomino y Rubens conviven hoy en el Bellas Artes y marcan la apuesta del Museo por la investigación de calidad sobre el Barroco”.

Cuatro secciones

El recorrido unifica su obra y lo reivindica. Sus cuatro secciones exploran la relación del artista con la Monarquía de España, su idea de la pintura como arte teológico, su reflexión sobre la Inmaculada Concepción, su dedicación a las fiestas públicas y a la arquitecturas efímera, y su tratado «El museo pictórico y escala óptica». El visitante descubre así a un creador que pintaba imágenes, pero también construía ideas.

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Exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes / Daniel Tortajada / LEV

Palomino nació en 1655 y vivió entre dos mundos. Conoció el final de los Austrias, la llegada de los Borbones y las primeras luces del siglo XVIII. Había estudiado filosofía, teología y derecho, una formación poco habitual entre los pintores de su tiempo, y entendía el arte como una disciplina intelectual. Para él, el pintor debía dominar la geometría, la perspectiva, la anatomía, la óptica, la historia y la religión. Antes de mover el pincel, debía haber pensado el universo entero de la imagen.

Nombrado pintor del rey en 1688, trabajó en Madrid, Salamanca, Granada, Córdoba, El Paular y, de manera decisiva, en València. Entre 1697 y 1705 transformó algunos de los espacios religiosos más importantes de la ciudad. Intervino en la iglesia de los Santos Juanes, la Basílica de la Virgen de los Desamparados y la catedral, y concibió el programa iconográfico de San Nicolás, ejecutado por su discípulo Dionís Vidal.

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Exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes / Daniel Tortajada / LEV

Aquellos trabajos no fueron una simple sucesión de encargos. Introdujeron en València una nueva manera de sentir el espacio: más luminosa, dinámica y expansiva. La pintura dejaba de ser una superficie para convertirse en atmósfera; las paredes parecían respirar y las bóvedas se abrían hacia una realidad sobrenatural. “La exposición es fundamental para entender la renovación artística que supusieron los frescos del cordobés en las iglesias de València”, ha señalado el director del museo, Pablo González Tornel.

La emoción de la muestra nace precisamente de esa relación entre Palomino y la ciudad. València no es solo el lugar que acoge la exposición: es uno de los grandes escenarios de su biografía. Sus pinturas forman parte del paisaje sentimental y espiritual de generaciones de valencianos, incluso de quienes quizá nunca supieron el nombre del hombre que las imaginó.

Pintar con palabras

Pero Palomino también pintó con palabras. Entre 1715 y 1724 publicó en tres tomos «El museo pictórico y escala óptica», la gran obra de la teoría artística española de la Edad Moderna. En ella defendió la dignidad intelectual de la pintura frente a quienes aún la reducían a un oficio mecánico. También reunió más de doscientas vidas de artistas vinculados a la Monarquía de España, desde el siglo XVI hasta su propio tiempo.

Gracias a esas biografías conocemos episodios esenciales de El Greco, Ribera, Zurbarán, Alonso Cano, Murillo o Velázquez. Palomino recogió documentos, testimonios, recuerdos y tradiciones orales; preservó historias que, sin él, quizá se habrían perdido. Su legado como escritor es tan profundo que buena parte de la imagen que hoy conservamos del Siglo de Oro continúa pasando, de una forma u otra, por sus páginas.

Valencia VLC Exposición "Antonio Palomino y la noche barroca" en el Museo de Bellas Artes

El comisario, la secretaria autonómica y el director del museo / Daniel Tortajada / LEV

Esa doble condición —pintor de cielos e historiador de hombres— explica la verdadera trascendencia del artista. Palomino no solo decoró iglesias y palacios: dio a la pintura española un relato, una genealogía y una conciencia de sí misma. Fue creador y testigo, artesano de la luz y constructor de memoria.

En el tercer centenario de su muerte, el MuBAV lo devuelve al centro de la escena. La exposición no plantea una conmemoración distante, sino un reencuentro. Invita a detenerse ante los dibujos, a leer sus ideas y, al salir del museo, a recorrer la ciudad con otros ojos. Porque, tras visitar la exposición, Palomino ya no son únicamente techos pintados: es arte en mayúsculas. La exposición podrá visitarse hasta el 20 de septiembre.

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