Crónica
Belle and Sebastian vencen a la nostalgia, al calor y a la estupidez
La banda escocesa ofreció en el FAR un concierto extraordinario que tuvo que sobreponerse al bochorno meteorológico y al prevaricador chunda-chunda de los beach clubs colindantes

Belle and Sebastian son un agujero negro de calificativos, pero también un sol irradiador de emociones. / Lona Julian / Mateo Lona
Únicos, inconfundibles, irremplazables. Belle and Sebastian son un agujero negro de calificativos, pero también un sol irradiador de emociones. Su aparición a mitad de la década de los 90 supuso una conmoción para una parte de mi generación, gente que ahora transita la cincuentena y que, por aquellos tiempos y todavía ahora, militaba en los márgenes musicales, culturales, intelectuales, identitarios o como diablos se explicara aquello que dio en llamarse lo indie o lo alternativo. Sus hermosas canciones de pop barroco, regadas con una instrumentación exquisita y poseedoras de unas melodías abrumadoras e inapelables hablaban de nosotros. De chicos como su líder, Stuart Murdoch. Feos, sentimentales, flojos, enfermizos y traumatizados. Confundidos ante el fin de la adolescencia y arrollados por la inmersión en una vida real y llena de responsabilidades que sigue atropellándonos cruelmente día tras día.
Los hay que usaron la religión, las drogas o el suicidio como tabla de salvación. Los hay que utilizaron esas tres opciones y otras muchas más, de manera feroz y continuada para mitigar los estragos de la existencia. Algunos, conscientes de que la vida es una mierda pero también de que mucho peor es dejar de vivirla, añadimos a esta ecuación sanadora tan llena de factores tóxicos su música. Tan colosal, vívida, emocionante, terrible, evocadora y bella como la mismísima Capilla Sixtina. Stuart Murdoch la pintó para nosotros y la tituló “If You’re Feeling Sinister”. Y nos salvó la vida.
Ese disco fundamental en la educación sentimental de tanta gente cumple 30 años en 2026 y el escocés lo anda interpretando por todo el mundo para celebrarlo. Anoche, él y 8 músicos más lo tocaron de un tirón dentro del ciclo de conciertos FAR València que se celebra en la Marina Norte a lo largo de este mes de julio. En esas tres décadas muchas cosas han cambiado, pero todas han tenido la banda sonora de los discos que los de Glasgow han ido publicando en ese lapso. En medio de un calor tropical, humedérrimo y sofocante hasta la náusea se escuchaban historias sobre bodas, hipotecas, partos, crianzas, divorcios, fallecimientos, éxitos vitales y fracasos profesionales. La vida, en definitiva. Esa que, de manera más o menos oblicua, sórdida, irónica y agridulce sucede en las canciones de esta gente.
Con unas melodías y unos estribillos a prueba de bomba, a los que hay que añadir una soltura y una profesionalidad arrebatadoras, el concierto se movió en el terreno de lo extraordinario. La armónica trepidante en “Me and the Major”, la majestuosidad de “Like Dylan in the Movies”, la fuerza melodramática de “Get Me Away From Here, I'm Dying”, el misterio eterno de “If You're Feeling Sinister”, la agilidad de “Mayfly” o la quietud de “The Boy Done Wrong Again” dejaron al personal con un palmo.
Apoyados por unas proyecciones estupendas, los integrantes de la banda desgranaron el legendario disco rojo ante una audiencia que no cesó de corear sus canciones excepto para guardar un respetuoso silencio cuando la ocasión lo requería, como por ejemplo en “The Fox in the Snow”, con la peña chistando cuando en realidad lo que quería era gasear los beach clubs colindantes. Esos calamitosos y fraudulentos nidos de horteras cuyo estruendoso chunda-chunda afeaba de manera sucia, desafiante y prevaricadora la ceremonia de arte, nostalgia, felicidad y fraternidad a la que asistíamos. En fin, lamentable, pero recuerden que somos los llorones y no los asesinos, por mucho que el tratamiento del volumen que el reglamento municipal, que se aplica de manera arbitraria, nos machaque incluso antes de la medianoche.
Tras un pequeño descanso tras el cierre conceptual de “Judy And The Dream Of Horse”, los chelos, las guitarras, las percusiones, los violines, los teclados, las trompetas y los trombones volvieron a sonar en un segundo set de canciones con carácter más bailongo. De nuevo estuvieron magníficos, con Stuart tirando de sentido del humor para sobrellevar el bochorno meteorológico y el de actuar en esta ciudad de la que avergonzarse, dirigida por un equipo de gobierno malicioso e incompetente. Echamos de menos esos 5 o 10 cochinos decibelios que no molestaban a nadie (no como los que escupen las verbenas y las carpas falleras) en canciones compuestas para levantar los corazones al cielo como “I’m a Cuckoo” o “Funny Little Frog”, pero también extrañamos favoritas como “Another Sunny Day”.
Una pena, pero más añoramos una legislación cabal, razonable y aplicada con adecuación, sin chanchullos ni tratos de favor. Que juegue a favor del arte y de la música en directo, de sus intérpretes y de su público, y que nos ayude a ser una ciudad musical de verdad, y no este pozo nauseabundo de asquerosa vulgaridad. En eso pensaba yo, en sacar a la miserable carcunda inmovilista de las instituciones, cuando Murdoch y los suyos atacaron “The Boy With the Arab Strap” y vi sobre el escenario las familiares caras de seres queridos como Ruth, Clàudia, Santi y tantos otros, bailando felices y orgullosos en una noche inolvidable que terminó con “I Didn’t See It Coming”. Ay, la vida: ese fascinante animal salvaje que nos odia pero que, de vez en cuando y en veladas como la de ayer, permite que le pasemos la mano por su imponente lomo. ¿Quién la vio venir hace 30 años?
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