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Arte

La frontera entre lo clásico y lo contemporáneo se desdibuja en el Bellas Artes

El Bellas Artes ha construido durante casi medio siglo una discreta colección de arte contemporáneo que cuestiona la rígida división entre los museos de arte clásico y los de vanguardia

La exposición 'Tiempos Modernos' que actualmente está en marcha en el Bellas Artes.

La exposición 'Tiempos Modernos' que actualmente está en marcha en el Bellas Artes. / JM LOPEZ

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Amparo Soria

Amparo Soria

València

El artista alemán Anselm Kieffer es el único pintor vivo con obra dentro del Museo del Louvre de París. Ese dato demuestra dos cosas: la primera, que toda la colección del museo más importante del mundo es anterior a nuestra edad. La segunda es que, si Kieffer tiene una obra allí -'Athanor'-, de seguro no se corresponde con el arte clásico y primigenio que habita las paredes y muros de la pinacoteca francesa. Es decir: en el infinito catálogo que tiene de obras de todos los tiempos, artistas, corrientes y culturas, solo una de ellas ha sido creada en el siglo XX y forma parte del arte contemporáneo, una etapa que cuenta con sus propios museos y espacios donde lo uno no convive -a priori- con lo otro. Su presencia resulta tan excepcional precisamente porque el Louvre representa la idea tradicional de museo histórico. Esa misma frontera es la que el Bellas Artes lleva décadas cuestionando.

En los últimos meses, el museo valenciano ha desempolvado su colección de arte moderno de sus almacenes y dispuso algunas de esas obras en una exposición que ha sido la más visitada del museo en lo que va de año. ¿Por qué un museo clásico tiene un fondo sustancial de vanguardias? No es en absoluto común, menos todavía en España. Es una excepción: normalmente, cada institución tiene una identidad y una vocación y no se sale de ella, pero en el Bellas Artes esas líneas se desdibujaron hace años, aunque sin perder el horizonte.

Que un museo clásico compre arte contemporáneo sigue siendo una excepción. Sin embargo, el Museo de Bellas Artes de València lleva casi cincuenta años haciéndolo. Mientras exhibe a Sorolla, Ribera o Velázquez, también ha ido formando discretamente una colección de Yturralde, Carmen Calvo, Juana Francés o Equipo Crónica. ¿Por qué?

El 30 de junio, el museo convocó a los medios de comunicación para dar a conocer las siete obras donadas que había recibido por parte de sus artistas, descendientes y un coleccionista privado. Guillermo Pérez Villalta, Manuela y Tonico Ballester, Horacio Silva y Carmen Calvo, estos dos últimos presentes en la comparecencia. Como en el Louvre, estos dos artistas han sido testigos en tiempo y espacio de cómo sus obras se han integrado en el museo más importante de arte clásico de España, solo por detrás del Museo del Prado.

Un audro de Guillermo Pérez Villalta donado en junio al Bellas Artes, expuesto con una de las obras clásicas del museo durante la presentación de las piezas..

Un audro de Guillermo Pérez Villalta donado en junio al Bellas Artes, expuesto con una de las obras clásicas del museo durante la presentación de las piezas.. / L-EMV

Esta institución fue objeto de revuelo en 2021, cuando la organización 'Amigos del Prado en Estados Unidos' logró que 'Buste de Femme 43', una pintura de Pablo Picasso, fuera trasladada a los fondos del museo. Más allá del artista y los aspectos personales y cuestionables de su figura, las críticas se centraron fundamentalmente en que se trata de una obra correspondiente a un periodo de tiempo que aborda el Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía, abogando porque El Prado se centrara exclusivamente en los maestros clásicos.

Esta anécdota da aún más valor o, como poco, hace más inaudito que el Bellas Artes vaya creando de forma paralela a sus tareas habituales ese fondo contemporáneo de piezas del siglo XX. Esa excepcionalidad valenciana se compensa con que tan solo dos días después de recibir las donaciones, se inauguraba la exposición 'Rubens. El florecimiento de un genio', que cumple con lo que se espera ver del museo valenciano. ¿Por qué, entonces, esa insistencia por seguir adquiriendo vanguardias?

La obsesión por no dejar huecos en la Historia del Arte

Principalmente, por la herencia que dejó el director Felipe Garín tras su paso por la dirección del museo entre 1976 y 1979. Dirigía el único museo de la ciudad y, como tal, vio necesario garantizar que la sociedad valenciana disponía de un patrimonio artístico que iba avanzando con los tiempos y que no quedara estancado en el siglo XIX. Con un IVAM que todavía era solo una idea, Garín comenzó a adquirir obras de Francisco Sebastián, Juana Francés o Aurora Valero, priorizando a los artistas españoles posteriores a la Guerra Civil.

Ese legado lo asumieron el resto de personas directivas del museo, que mantuvieron la dinámica de comprar obras a través del Ministerio de Cultura de artistas que habían destacado o estaban marcando un estilo en el siglo XX, con la misma intención de evitar "lagunas" en la cronología de la Historia del Arte que se almacena en el Bellas Artes.

Preguntado por esta cuestión, el director actual, Pablo González Tornel, explica que la museografía española "se autoimpone límites absurdos". "Puedes heredarlos, pero también se pueden cuestionar", señala, y comenta algunos ejemplos de otros museos como El Prado o la fundación BBVA, que adquirieron en 2021 y 2024 respectivamente obras de María Blanchard, referente del cubismo.

Picasso marca el límite de lo antiguo y lo moderno

El punto de inflexión fue la creación del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía a costa de desmantelar el antiguo Museo de Arte Moderno que nació en el siglo XIX, que se había creado para alojar los fondos que no cabían en El Prado. Cuando en democracia se impulsa el Reina Sofía, esos fondos se repartieron entre ambos museos y se decidió fijar una fecha de corte: 1881, el año que nació Picasso. Todas las obras producidas antes de esa fecha, se las quedaría El Prado, mientras que todo lo producido posteriormente, lo albergaría el Reina Sofía.

Esa premisa se expandió al resto de museos españoles, con una decisión "muy rígida" que a veces "carece de sentido". Para González Tornel, "los museos deberían expandir sus colecciones más allá de lo que se nos ha dicho, teniendo en cuenta que el arte del siglo XX no es cronológico como el de los siglos anteriores, ya que entre finales del siglo XIX y el siglo XX lo que priman son los conceptos y las rupturas".

En este punto, el director también subraya que sí hay que determinar ciertas líneas para no perder identidad en el museo. Para poder hacer esas incursiones existen las exposiciones temporales, como hizo El Prado con Fernando Zóbel, que podría haberse hecho en el Reina Sofía. Estuvo comisariada por Felipe Pereda, especialista en el Renacimiento y director de la Cátedra Fernando Zóbel de la Universidad de Harvard. En este caso, estaba justificado porque se planteó a Zóbel como el último eslabón para entender la pintura española. En 2023, presentaron una muestra que enlazaba a El Greco con Picasso.

Picasso y el Greco comparten exposición en el Museo del Prado de Madrid

Agencia ATLAS / Foto: José Luis Roca

"Estas muestras te permiten experimentar para ver si funcionarían estas piezas en la colección estable", señala, como ha sucedido con 'Tiempos Modernos', que se plantean darle una sala permanente en la futura ampliación del museo que tiene entre manos el Ministerio de Cultura. De esa forma funciona también el Museo de Bellas Artes de Bilbao, donde convive el arte románico con las obras de Zuloaga o Chillida, aunque en edificios diferentes.

Cierto es que el propio González Tornel reconoce que hay algo peligroso en las exposiciones temporales. "Si no están bien justificadas, mezclar arte clásico y contemporáneo puede ser contraproducente", asegura. Se refiere, en concreto, a la tendencia que se expandió entre los años 90 y los 2000 donde piezas de diferentes épocas convivían en una misma sala, agrupadas por conceptos como bodegones u otras temáticas. "En 2024 organizamos la exposición 'Santidad barroca' y pedimos al IVAM tres piezas de Equipo Crónica, Saura y Darío Villalba, apoyado por la idea de que la iconografía del siglo XVII perduraba en el siglo XX. Pero siempre es muy complicado y requiere de una gran selección", explica.

González Tornel también explica que el año pasado, el Museo del Louvre cedió una de sus salas palaciegas, las originales, a una exposición de la Paris Fashion Week donde se mostraron prendas y vestidos de maestros del diseño y la moda, que tuvo gran éxito. En el caso de El Prado, este año introdujo entre sus salas esculturas de Juan Muñoz, desperdigadas pero integradas entre los grandes salones de la pinacoteca.

La excepción valenciana

En este contexto, la política del Bellas Artes es más que excepcional. Más allá de Madrid, en Sevilla la consigna es tanto o más férrea que en la capital y además predomina el arte clásico en todas sus instituciones. En el caso de Barcelona, es más permeable porque tiene el Museu Nacional de Catalunya, que acoge obras hasta la Guerra Civil, y el Macba, que toma el relevo con piezas desde el siglo XX.

Mientras que hoy ya nadie cuestiona que el Louvre conserve un Kieffer en un lugar privilegiado o que El Prado cuente con un Picasso o un Blanchard en su archivo, el Bellas Artes lleva medio siglo anticipando una pregunta que cada vez es más habitual. Si la historia del arte es continua y la producción no se detiene, ¿por qué los museos siguen dividiéndola?

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