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Cien años de Tip, el santo varón valenciano que reinventó el humor

Nacido un 22 de julio de 1926, la lógica torcida, el ingenio y la libertad de Luis Sánchez Polack siguen formando parte de la cultura popular.

Tip y Coll.

Tip y Coll. / L-EMV

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

“Yo no puedo decir que haya nacido antes que otras personas, pues esto sería un embuste y una inmodestia intolerable. Yo he nacido como todo el mundo, en Valencia en el año 1926 (d. de J. C. y a. de J. L. Coll)”. Así comienza Luis Alberto Sánchez Polack su "Cantar del Mío Tip", un poemario precedido de una autobiografía a la que conviene no hacerle demasiado caso. Tampoco aclara allí qué día su “fermosa madre” le dio a luz. Fue un 22 de julio. Por eso hoy se cumplen cien años del nacimiento de Tip, uno de los humoristas más geniales de la historia -así, en general-, un hombre que, según confesó alguna vez, siempre quiso ser recordado con una frase para la eternidad: “Chisbin chisbanchas parrachanchín chin chan”.

Más que contar chistes, Tip desmontaba la realidad, convertía una conversación ordinaria en una trampa y obligaba al espectador a aceptar que una gallina podía ser la cuñada de cualquiera y que una gamba podía llamarse Mauricita porque se parecía a Chevalier. Su humor se apoyaba en la lógica torcida y en una improvisación que hacía imposible saber por dónde iba a salir. José Luis Coll lo llamó “el mejor humorista del absurdo que hemos tenido en España y en el mundo”. Se le comparó a menudo con Groucho Marx, pero su estirpe descendía del humor de La Codorniz, de la ternura disparatada de Mihura y, sobre todo, de ese Tono que había hecho del absurdo una forma de mirar la realidad.

Los años difíciles

Nacido en València en una familia religiosa y conservadora, Luis fue el menor de seis hermanos. En 1935 la familia se trasladó a Madrid. Mal estudiante, desde niño mostró una imaginación difícil de disciplinar. En 1944 debutó en el Teatro María Guerrero y un año después llegó a la radio. En 1948 formó con Joaquín Portillo el dúo Tip y Top, que introdujo el surrealismo en las ondas de la posguerra. “En el primer programa sorteamos 250.000 caballos. La gente no lo entendía”, recordaría años después en RNE. También participó en decenas de películas, casi siempre como secundario, entre ellas Mi tío Jacinto y Las chicas de la Cruz Roja. Años después llegó incluso a grabar discos con Coll, con piezas disparatadas como "Obdulia", "Flandis Mandis" o "Dame la manita, Pepe Lui".

La vida le reservó una herida de la que nunca terminó de recuperarse. Su único hijo, Luis, murió con siete años tras una apendicitis. El golpe rompió su primer matrimonio y coincidió con el final de Tip y Top. Sánchez Polack se refugió en las noches de farándula y en su reciente amistad con Coll, un conquense bajito que intentaba ganarse la vida escribiendo chistes para los demás. Pasaban bastante hambre. “Empezamos nuestra vida de bares para ser invitados por todo el mundo”, bromeaban a medias muchos años después.

La popularidad

En 1967 llevaron aquella complicidad a los escenarios y debutaron en el hotel Aránzazu de Bilbao. Tip era el histrión; Coll, el intelectual. Uno alto, errático y con chistera; el otro bajo, metódico y con bombín. Uno de derechas; el otro de izquierdas. “Coll tiene un humor serio, amargo, más triste, y el mío es más loco y desquiciado; quizá por eso se compensan nuestros humores”, explicó Tip. El espaldarazo llegó con Galas del sábado y con sketches como el de la tienda en el desierto en la que Coll vendía cerillas: “¿Son de confianza?”. “Hombre, yo les hablo de tú”. No eran cuentachistes: construían escenas con guiones trabajados y desviaciones improvisadas que iban conformando momentos tan hilarantes como aquellas instrucciones para llenar un vaso de agua. “Observen la tontería”, decía Coll. “Regardez la gilipolluá”, traducía Tip.

Vestidos con el chaqué, la chistera y el bombín que habían adoptado en su primera película como protagonistas, La garbanza negra que en paz descanse, Tip y Coll fueron durante décadas la pareja más popular del humor español. En 1979 les censuraron un sketch por unos chistes sobre Blas Piñar y Enrique Múgica. El primer sketch que protagonizaron a su regreso lo terminaron con una frase ya mítica: “La próxima semana hablaremos del Gobierno”.

La vida en València

Aunque en su caso la frontera con la “persona” casi siempre se desdibujaba, Tip no era solo el personaje de la chistera. En València, donde regresaba siempre que podía, encontraba una vida más íntima, sobre todo desde la década de los 80 al lado de su querida Amparín, a quien conoció tras la muerte de Quica, la mujer con la que convivió durante más de 30 años. Su amigo Carlos González-Lliberós, propietario de la discoteca Salitre del Perellonet a la que Tip era tan aficionado, conserva el recuerdo de aquel hombre lejos de los focos. “Lo tengo siempre en el corazón. Era una persona estupenda, un tío maravilloso”, dice Carlos.

“Cuando llegaba de Madrid, me llamaba para que lo recogiera en el antiguo hotel Recatí o en su apartamento de la calle San Vicente y comenzaban la ruta de las parroquias”, recuerda el empresario. Allí, en las barras de Civera, Alkázar o el Palacio de la Bellota, se reunía con su querida Coral de Niños Estrechos de Hombros de Mosen Femades, bebían cerveza o vino con gaseosa y se jugaban a los chinos quién pagaba. El recorrido podía terminar en Las Compuertas o ya de noche en Salitre, donde Tip ejercía a menudo de mantenedor oficial o extraoficial de las fiestas.

Tip en Salitre con su propietario, Carlos Gonzalez-Lliberos y la popular vedette, Mary D`arcos.

Tip en Salitre con su propietario, Carlos Gonzalez-Lliberos y la popular vedette, Mary D`arcos. / M. A. P.

Carlos recuerda aquellas jornadas de verano en un Rover pintado con camuflaje militar, recorriendo las playas valencianas para hacer publicidad de Salitre. Tip tomaba el micrófono y lanzaba ocurrencias a los bañistas. Una vez acabaron dentro del agua y tuvieron que ser sacados de allí con una grua. En ocasiones paraban ante los guardias civiles apostados en los arcenes para ofrecerles una cerveza fresca.

También lo vio trabajar en la radio con Luis del Olmo y el “Debate del estado de la nación” donde Tip glosaba la vida de algunos santos varones como Monsieur Sanfason de la Pomme de Terre y don Quincuagésimo Pollaloca y Justimbres o advertía del timo de las butaperchas enmohecidas por la pátina de los siglos. Carlos recuerda que Luis a veces llevaba una pequeña “chuleta” con los asuntos que quería tocar, pero lo esencial nacía en el momento. “No sabías por dónde te iba a salir”, recuerda. Lo suyo era puro “desparpajo”, su humor no era solo una técnica, sino “una forma de estar en el mundo”.

El adiós

Tip y Coll se separaron a comienzos de los años noventa sin grandes polémicas. El éxito había enfriado su amistad, pero la marca común siguió siendo inseparable. Tip continuó trabajando hasta que un derrame cerebral se lo impidió. Murió en Madrid el 8 de febrero de 1999. Unos años antes había dejado escrito en su Cantar del Mío Tip: “El día que yo me muera quiero estar vivo para ver si a mi entierro van mis amigos”.

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