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Crónica

Los mejores pregones de Rubén Blades llenan la Marina

El histórico cantante panameño recorre en el festival FAR medio siglo de salsa, conciencia política y memoria popular escudado por una banda de veinte músicos con los que ganar cualquier mundial

Rubén Blades en el ciclo FAR que se celebra en la Marina Nord.

Rubén Blades en el ciclo FAR que se celebra en la Marina Nord. / Julián Iona

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

Allá por julio de 2018, Rubén Blades pasó por València para despedirse, según anunció entonces, como cantante de salsa. Ocho años después, el músico panameño regresó este martes para ofrecer un magnífico concierto de salsa. Casi dos horas y media de salsa, trabadita, sin cortar y servida como entonces con el acompañamiento extraordinario de la Roberto Delgado Big Band. A veces está bien que los ídolos no cumplan su palabra.

Vestido completamente de negro, gafas y sombrero incluido, Blades apareció en el festival FAR, en la Marina Nord de València, dispuesto a recorrer una obra que forma parte de la historia de la música popular latinoamericana. Empezó con Plástico, y aquello que la canción advertía —“se ven las caras, pero nunca el corazón”— adquirió delante del escenario un significado distinto. Se veían las caras y también los corazones felices de un público más variado que el de casi cualquier otro concierto de los que podamos ver hoy en día. Mucho latino orgulloso, claro, pero también mucho valencianot con la camisa abierta hasta el ombligo y ganas de bailar. Guayaberas y camisetas de los Smiths. Mucho veterano y veterana de cuando en cada calle había una academia de salsa y también mucho jovencito de los que han aprendido que las cosas que pasan -en la música también- no ocurren porque sí.

Al poco de empezar Rubén se acordó de Willie Colón, antiguo amigo y viejo enemigo, una figura inseparable de los discos con los que ambos transformaron la salsa durante los años setenta. Porque el concierto, además de una fiesta, fue una clase de historia impartida por uno de sus protagonistas. A Plástico le siguió Ligia Elena, que Blades aprovechó para pedir que se regresara a la escuela, aunque fuera para desaprender el machismo, el racismo y tantos otros ismos perniciosos. “Si la muerte no discrimina, que la vida tampoco lo haga”, resumió. Después llegó Decisiones. Resulta difícil imaginar tres canciones mejores para abrir un concierto.

La secuencia inicial puso enseguida sobre la mesa aquello que distingue a Blades de tantos otros nombres de la música popular. Sus canciones sirven para bailar, pero también ofrecen motivos para mirar alrededor, reconocerse en los demás y adquirir identidad y conciencia. Blades revolucionó la salsa al convertirla en una herramienta narrativa y política, al poblarla de trabajadores, muchachos de barrio, dictaduras, familias, derrotados y supervivientes. Buen maestro, entre muchos otros, para Bad Bunny.

Público entregado en el concierto de Rubén Blades en València.

Público entregado en el concierto de Rubén Blades en València. / Julián Iona

Antes de cada canción, el panameño situaba al público en el momento y el lugar en que había sido escrita. Centroamérica ardía en 1983, recordó antes de contar la historia de El padre Antonio y el monaguillo Andrés de cuando a uno le podían cortarte la cabeza de manera institucional. La música de Blades nunca ha ocultado el mundo del que procede, por doloroso que fuera contemplarlo.

También hubo una conexión valenciana. La rosa de los vientos fue compuesta por el panameño Rómulo Castro, residente en València y presente entre el público. “Tremendo gusto tiene, porque este lugar es bellísimo”, enfatizó Blades mirando a su alrededor. Después, antes de País portátil, reclamó la participación de los ciudadanos en los procesos políticos. “Se vende país portátil con la autoestima por el suelo”, cantó.

El concierto avanzaba como una autobiografía colectiva. Blades habló de sus padres y sus abuelos, que siempre trataron de que su vida fuera mejor que la de ellos; de aquel muchacho que iba a ser abogado y de todos los jóvenes que quisieron hacer algo distinto con su futuro. Entonces sonó Las calles y lo hizo de maravilla, como prácticamente todo el repertorio, gracias al conjunto que dirige Roberto Delgado, un combo en el que nadie necesitaba exhibirse más de lo justo y necesario para que la máquina funcionara a la perfección. Había espacio para los solos, por supuesto, pero no era una banda de lucimientos individuales, sino un equipo compacto, atento y generoso, de esos con los que se ganan los mundiales.

Blades recordó también la conversación que mantuvo con Gabriel García Márquez en 1986, cuando le propuso hacer juntos un disco. “Hazlo tú”, le respondió Gabo. El álbum, según el reconocimiento del músico, fue un desastre: lo atacaron los salseros y también los intelectuales. “Se salvó este tema”, añadió antes de interpretar Ojos de perro azul. Le siguieron canciones como La barricada, escrita en 1975 y todavía dolorosamente actual, y Amor y control, una de esas composiciones ante las que uno no sabe si bailar o llorar. “La idea es hablar del dolor de todos. Hay que aprender a ser solidarios si queremos salir de este agujero”, explicó Blades. Pocas canciones han contado con tanta sencillez y tanta precisión qué sucede cuando una familia se reúne alrededor de la enfermedad -ya sea un cáncer, ya sea una adicción- y descubre que el amor es también una forma de resistencia.

Concierto de Rubén Blades en València.

Concierto de Rubén Blades en València. / Julián Iona

El repaso histórico continuó con Todos vuelven, incluida en Buscando América, y con Fotografías, Paula C, Arayue, María Lionza y Contrabando. Blades hablaba, contextualizaba, recordaba y cantaba. No eran interrupciones entre canciones, sino parte esencial del concierto, pequeños pregones con los que iba enlazando su vida con la historia política y sentimental de América Latina. Al hablar de Venezuela, distinguió entre el pueblo y el Gobierno y pidió ayuda para el primero. Es difícil separar al cantante del ciudadano, al músico del abogado, al cronista del político que también llegó a ser. Todo forma parte del mismo personaje y de una obra construida sobre la convicción de que bailar no obliga a cerrar los ojos.

Si la tríada con la que comenzó el concierto fue magnífica, las tres canciones del final resultaron deslumbrantes. Pura historia de la música celebrada por un público que bailaba, unos con más gracia y otros con menos, mientras inmortalizaba la ocasión con sus teléfonos o incluso lo retransmitían en directo para algún ser querido que, a esas horas, debía de estar almorzando a cientos o miles de kilómetros de la Marina de València.

Primero llegó Juan Pachanga. Después, El cantante, acompañada de imágenes de Héctor Lavoe, para quien Blades escribió la canción. El trombón fue brutal, pero volvió a ponerse al servicio del conjunto. Blades cantó aquello de ofrecer sus “mejores pregones” y la frase pareció definir todo lo que había sucedido durante la noche: las canciones, los recuerdos, las advertencias, el humor y las lecciones de un músico que lleva medio siglo contando el mundo desde una esquina del viejo barrio.

El cantante quedó empalmada con Pedro Navaja, cierre inevitable y apoteósico. "Tremendo Pedro Navaja te calzaste", le dijo una chica a otra entre público mientras Blades cantaba ese tumbao que tienen los guapos al caminar. Quizá no haya mayor demostración de la vigencia de una canción que escuchar cómo sus personajes siguen formando parte de las conversaciones cotidianas casi cincuenta años después.

Rubén Blades se había despedido de la salsa en València en 2018. Este martes volvió para demostrar que la salsa, por fortuna, todavía no se ha despedido de él.

Las maracas panameñas de Rubén.

Las maracas panameñas de Rubén. / Julián Iona

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