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Daniel Verdú, autor de "La bola": "Mar supo ver que los poderosos están más solos de lo que parece"

El periodista reconstruye la historia de la enigmática fundadora de Jot Down y un momento marcado por la crisis de la prensa, la precariedad y la fascinación inicial por internet.

Daniel Verdu, autor de "La bola".

Daniel Verdu, autor de "La bola". / Diego Lafuente

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

En La bola (Alfaguara), el periodista Daniel Verdú reconstruye la historia de Mar de Marchis, la identidad con la que la valenciana María Jesús Marhuenda se abrió paso en el periodismo español con la fundación de la revista Jot Down sin apenas dejarse ver. Más que una biografía o una historia de esta publicación, el libro retrata una época de crisis y transformación: el desplome de la prensa tradicional, el entusiasmo por las redes sociales, la precarización del oficio y la aparición de proyectos digitales que prometían cambiarlo todo. Verdú se aproxima así a una mujer capaz de fascinar desde el aislamiento mediante una mezcla de audacia, humor, información y ficción.

Se han publicado críticas y respuestas muy duras a su libro.

En parte me lo esperaba. El libro habla de un ecosistema periodístico pequeño, donde todo el mundo se conoce, y de un personaje muy particular. También podía esperar una reacción negativa del socio de Mar (Ángel L. Fernández Recuero). Pero todo se ha amplificado en X. Tiene cierta gracia, porque el libro habla de un mundo que parecía revolucionario y que hoy es un estercolero de ultraderecha y polémicas absurdas. Más allá de eso, la intensidad tiene que ver con la relación que Mar establecía: generaba fidelidades extremas y una especie de devoción. Para acercarte a ella debías realizar un acto de fe. Eso crea adhesiones fuertes y también reacciones muy intensas.

Parte de la conversación pública ha reducido la historia a las fotografías sexuales y al componente más morboso. ¿Le molesta?

No, porque no puedo controlarlo. Una vez publicado, el libro tiene vida propia. Esa dimensión forma parte de la historia, pero sería injusto, no por mí sino por ella, reducir su influencia a lo erótico-festivo. Fue mucho más allá. Su sentido del humor, su ironía y su capacidad para leer a los demás fueron tan importantes o más que la atracción física que pudiera despertar.

El libro describe un periodismo que parecía encontrarse al borde del apocalipsis. ¿Qué queda de aquel momento?

Había una sensación de aceleración total, provocada por una caída salvaje de la publicidad, de los lectores y de la credibilidad. Después todo fue más lento, pero la hemorragia continúa. El papel pierde lectores y el modelo de negocio por el que se apostó no funcionó. Muchas cabeceras que iban a sustituir a las antiguas desaparecieron cuando cambió el algoritmo de Facebook. Lo positivo es que se ha asumido que la relación con los lectores debe construirse a través de la calidad y no del clickbait. La suscripción se abre paso poco a poco, aunque la inteligencia artificial vuelve a plantear una preocupación enorme.

Entonces, ¿qué le interesaba realmente de Mar?

No quería escribir una biografía, porque su vida da para lo que da, ni tampoco un libro sobre Jot Down. Me interesaba cómo funcionaba como síntoma de una época extraña, de un momento bisagra. Lo viejo no terminaba de morir y lo nuevo no terminaba de nacer. En esa grieta ocurrieron muchas cosas. Mar anticipó algunas por su reclusión y después conscientemente, cuando comprendió que el misterio ejercía una enorme fascinación.

Peio Ruiz Cabestany, ciclista y colaborador de Jot Down, la consideraba una artista más que una impostora. ¿Comparte esa visión?

He intentado no juzgarla. No quería que el libro fuera un juicio moral ni un desenmascaramiento. No comparto del todo la opinión de Peio, pero tampoco me sitúo en el extremo contrario. El proyecto era real y la revista fue importante, pero existieron un engaño y una suplantación de identidad que rozaban cuestiones éticas muy serias. Me interesa la idea de “la verdad de las mentiras”: a veces una ficción permite expresar ciertas verdades. Mar construyó una novela andante. Más que contarla a ella, quería contar a quienes la rodearon y entender por qué se dejaron fascinar.

¿Cuánto humo había en ese personaje?

Mucho. Era borrosa y muy fabuladora. Con los grandes fabuladores ocurre que lo que creías mentira resulta ser verdad, y lo que dabas por verdadero termina siendo mentira. Su animal fetiche era el calamar, por esa capacidad de lanzar un chorro de tinta y desaparecer. Mucha gente se sintió engañada, pero esa niebla era precisamente parte de su poder.

¿Su leyenda fue, sobre todo, un fenómeno madrileño? Tengo la impresión de que aquí a València, por ejemplo, llegó poco.

El misterio tenía fuerza allí donde ella ejercía influencia. Y se cuidó de influir donde se concentraba el poder: las grandes redacciones, las radios y la cultura, que desgraciadamente para quienes no somos de la capital están en Madrid. Su personaje nace en internet también para huir de una persona y de un lugar que consideraba poco relevantes. Dejar atrás Levante era uno de sus objetivos. Fuera de ese ecosistema, el misterio apenas llegaba; no era un fenómeno masivo.

¿Cómo consiguió una mujer recluida en un apartamento Santa Pola entrar en un mundo tan cerrado como el de los medios de la Villa y Corte?

Hubo tres factores. Primero, su mérito: la insistencia, el descaro y la falta de complejos para llamar a cualquiera. Segundo, la ficción: decía ser una abogada que vivía en Londres, con dinero, y enviaba fotografías de otra mujer. Y tercero, el momento. Cinco años antes no habría funcionado, porque los medios todavía se sentían fuertes; cinco años después tampoco, porque ya se había perdido la ingenuidad de 2011. Las grandes cabeceras necesitaban asociarse a proyectos jóvenes capaces de interpretar a la generación millennial. Además, imaginamos el poder como un espacio hermético, pero a menudo está formado por personas más solas de lo que parece y eso Mar lo supo ver.

Aunque hablaba con ella, usted nunca llegó a conocerla personalmente. ¿Conocerla habría destruido el misterio?

Mientras la caja está cerrada, la imaginación es un material narrativo extraordinario; cuando se abre, suele llegar la decepción. Ella lo sabía y por eso evitaba “hacerse carne”. No creo que conocerla me hubiera hecho desistir del libro. Uno de los impulsos para escribirlo fue descubrir que se había instalado en Roma, a cuatro calles de mi casa, y que antes también habíamos sido vecinos en Santa Pola. Me pareció una coincidencia narrativa: el lugar donde creció y aquel donde pasó sus últimos días.

¿Qué impresión le dejó en sus conversaciones?

No fuimos amigos. Éramos vecinos y hablábamos de asuntos prácticos. Pero preguntaba por mi entorno y por el periódico y con cada dato tejía una telaraña informativa que luego utilizaba para demostrar a otra persona que sabía lo que iba a ocurrir. Así acumulaba influencia. Me pareció rápida, frágil, preocupada por su aspecto y muy severa con el juicio intelectual de los demás. También era muy divertida.

Escribe usted mismo en el libro que “la vanidad en este oficio -el de periodista- es un veneno sin antídoto”. ¿Cómo lleva usted la intoxicación?

Por suerte tengo dos hijas y una mujer que me la curan cuando aflora. Intento mantenerla a raya. Es un oficio peligroso: ves tu firma publicada todos los días y puedes llegar a creerte importante. Pero ya se sabe que el periódico con tu nombre acaba sirviendo al día siguiente para envolver pescado.

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