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Crónica

Pet Shop Boys, el taller donde todavía se fabrica el pop perfecto

Neil Tennant y Chris Lowe convirtieron el Roig Arena en una discoteca retrofuturista con un concierto repleto de éxitos, elegante, emocionante y tan calculado como extrañamente íntimo

Pet Shop Boys en concierto en el Roig Arena de València.

Pet Shop Boys en concierto en el Roig Arena de València. / Rober Solsona

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Voro Contreras

Voro Contreras

València

Más que una fábrica de éxitos, Pet Shop Boys es un taller artesano regentado por dos señores que parecen haberse amado muchísimo y que ahora tienen bastante con darse un besito antes de dormir. De vez en cuando bajan al obrador que tienen debajo de casa, encienden las máquinas, ponen a calentar el agua para el té y pasan la mañana haciendo una canción memorable. Después cierran, suben a comer y siguen con sus vidas.

El jueves Neil Tennant y Chris Lowe llegaron al Roig Arena de València para demostrar que, más de cuarenta años después de abrir el negocio, el taller continúa funcionando a pleno rendimiento. Aparecieron bajo dos farolas como dos científicos venidos del futuro por culpa de un experimento secreto. Lowe, parapetado tras sus máquinas, y Tennant con una máscara metálica y una gabardina, en medio de un escenario reducido a unas pocas líneas rectas, el blanco y el negro y la luz limpia de un polígono industrial. Las farolas expresaban al mismo tiempo elegancia, soledad y una cierta sordidez urbana. Podían iluminar una avenida londinense o la salida de una discoteca a las seis de la mañana. En Pet Shop Boys nunca hay demasiada distancia entre el diseño sofisticado y el callejón húmedo.

Comenzó ‘Suburbia’ y, al terminar, Tennant levantó ligeramente las manos, como un Cristo mostrando las llagas. En otro cantante habría parecido un gesto solemne. En él fue una manera educada de informar de que el experimento había salido bien y podían continuar. ‘Can You Forgive Her?’ confirmó que la noche no iba a ofrecer demasiado tiempo para recuperarse entre canción y canción. Durante ‘Opportunities’, Tennant se quitó la máscara y resultó ser humano. Incluso se desabrochó la gabardina, mostró un jersey negro y gritó un “Valenchia” ligeramente apichado.

“Somos los Pet Shop Boys”, anunció poco después antes de que la notas de ‘Where the Streets Have No Name’, mezclada con ‘Can’t Take My Eyes Off You’, atravesaron el recinto y provocaron uno de esos regustitos inmediatos que se producen antes de que el cerebro tenga tiempo de identificar una canción. Para una ciudad educada sentimentalmente en el remember, aquello tenía algo de revelación religiosa.

Después llegaron ‘Rent’, ‘I Don’t Know What You Want but I Can’t Give It Any More’ y ‘So Hard’. Los temazos se sucedían sin solución de continuidad. Ellos permanecían casi inmóviles. El movimiento lo ponían las pantallas, las líneas geométricas, los fogonazos de luz y una trayectoria musical llena de curvas melódicas y golpes perfectamente colocados. Las proyecciones eran básicas y, precisamente por eso, impresionantes. Rayas blancas que oscilaban, figuras que parecían salidas de una computadora primitiva, ecualizadores, estructuras gráficas. El escenario tenía algo de enorme ordenador de los años setenta, de esos rodeados de técnicos que toman mediciones con cara de que cualquier error puede provocar una crisis nuclear.

Pet Shop Boys nunca han necesitado fingir espontaneidad. Su música conserva algo mecánico, pero se trata de una mecánica mullida, maleable, casi afectuosa. Un algoritmo que se adapta a quien lo escucha hasta convencerlo de que esa canción, escrita quizá hace treinta o cuarenta años en una habitación londinense, estaba esperando precisamente su llegada.

Unos operarios del futuro aparecieron para transformar el escenario. No se ocultaban entre canciones, sino que formaban parte de la función, desplazando piezas como trabajadores de una fábrica de ciencia ficción. Comenzó ‘Left to My Own Devices’ y ya daba igual adónde quisiera llevarnos Tennant: cualquiera estaba dispuesto a seguirlo.

El cantante apareció con gorrito y americana negra cruzada, rapeando como un inglés blanco que hubiera descubierto en los años ochenta que no hacía falta parecer peligroso para resultar moderno. La banda ya ocupaba la parte trasera del escenario y la pista se convirtió definitivamente en una fiesta. “Valencia, it’s wonderful to be back in this beautiful city”, dijo Tennant. Después preguntó si había alguna discoteca por allí. El muy rufián sabía dónde estaba.

Sonó ‘Single-Bilingual’ y después ‘Se a Vida É’, que llenó las pantallas de colorines tras el riguroso blanco y negro de la primera parte. Con ‘Domino Dancing’, la gente de la pista ya no se limitaba a bailar, también coreaba. Poco a poco comenzó a unirse la grada. “Muy bueno, Valencia”, concedió Tennant, como quien aprueba una oposición. Las canciones caían por bloques. ‘Dancing Star’, la pieza dedicada a Rudolf Nureyev, entró en el repertorio sin provocar ninguna ruptura. Ese es uno de los grandes misterios de Pet Shop Boys. Pueden colocar una canción reciente entre dos himnos de hace décadas y hacer que parezca que siempre ha estado allí.

Pet Shop Boys en el Roig Arena de València

Pet Shop Boys en el Roig Arena de València / Rober Solsona

Pet Shop Boys han atravesado cuarenta años de modas sin necesidad de perseguirlas. No han dado volantazos desesperados ni han intentado disfrazarse de lo que escuchaban los jóvenes de cada momento. Las tendencias pasan a su lado. Ellos continúan trabajando en el taller con los mismos materiales: música de club, melancolía, ambición, deseo, culpa y una voz que parece observarlo todo desde una prudente distancia. Esa fidelidad casi obstinada a unas pocas ideas musicales y estéticas ha terminado convirtiéndose en su mayor fortaleza. No necesitan renovarse porque nunca han terminado de pertenecer a una época concreta.

Llegó ‘New York City Boy’, acompañada de un nuevo paisaje cromático y unas imágenes más abstractas. Tennant daba paseítos de un lado al otro del escenario mientras Lowe seguía sin levantar la mirada por encima de la visera. Uno contaba la historia y otro aparentaba haber acudido únicamente para comprobar que los cables están bien conectados. “Es la cuarta vez que toco en Valencia y cada vez que vengo pienso qué ciudad más bonita es”, dijo Tennant, cogido a una de las farolas que lo habían alumbrado al principio. Sonó ‘The Pop Kids’ y después ‘A New Bohemia’, una de las canciones de su disco más reciente. Tiene esa melancolía decadente de las composiciones que hacían The Kinks cuando Ray Davies nos recordaba que, si quería, podía ser el mejor compositor del mundo.

Pet Shop Boys siempre han sido especialmente buenos expresando sentimientos sin manosearlos. Tennant canta el deseo, la inseguridad y el fracaso sentimental como quien redacta un informe, pero en alguna frase aparentemente fría deja de pronto una grieta por la que entra todo. ‘Jealousy’, presentada como la primera canción que escribieron juntos, abrió un tramo más reposado. Y resulta significativo que la primera canción del dúo no fuera una pieza de baile, sino una balada introspectiva sobre alguien que espera una llamada que no llega.

El escenario volvió a parecer una computadora analógica, con pilotos luminosos y operarios tomando mediciones a su alrededor. ‘Love Comes Quickly’ mantuvo el tono tranquilo. Porque no todo van a ser cócteles y MDMA. A veces también apetece recorrer despacio el pasillito que lleva de la pista al baño, cruzar una mirada y tontear un poco. Luego Chris Lowe tomó el micrófono para cantar ‘Paninaro’ con voz de dictador maligno y entonces llegó ‘Always on My Mind’. Hay canciones capaces de hacer tambalear convicciones aparentemente inamovibles. Para cualquiera que hubiera crecido creyéndose rockero, la versión de Pet Shop Boys de la canción popularizada por Elvis Presley siempre ha sido una prueba difícil de superar. Es lo más parecido a descubrir un robot con sentimientos. Una circunstancia que no deja de ser bastante peligrosa.

El subidón fue épico y ‘Dreamland’ prolongó la euforia entre pantallas y abrigos de discoteca retrofuturista. Esos agujeros temporales estéticos en los que dos épocas se mezclan de forma viscosa son un buen resumen de la música del dúo. Son el futuro imaginado desde el pasado, que resulta mucho más atractivo que el futuro verdadero. ‘Heart’ devolvió el concierto a la discoteca y para ‘What Have I Done to Deserve This?’, la teclista Clare Uchima asumió el papel de Dusty Springfield y, hostia, dio perfectamente el pego. Las farolas regresaron al escenario. La canción conserva una inocencia que hoy casi produce pudor. Da cosita recordar lo bonitos que éramos y comprobar lo feos que hemos acabado siendo.

Pet Shop Boys en concierto en el Roig Arena.

Pet Shop Boys en concierto en el Roig Arena. / Rober Solsona

‘It’s Alright’ aportó su brisa balear y ‘Vocal’ confirmó tanto el buen sonido del Roig Arena como la ambición visual del espectáculo. Por cosas así vale más la entrada de un concierto -aunque la música en directo tienda por desgracia hacia la exclusividad-, que la de un festival, que demasiadas veces se desliza hacia la verbena.

Con ‘Go West’ aparecieron imágenes de San Francisco, hombres con grandes bigotes, banderas y pancartas. “Our fight has just begun”, podía leerse en una de ellas. La canción, tantas veces escuchada como un himno puramente festivo, recuperaba su dimensión política y comunitaria. Fue la mayor ovación de la noche hasta entonces. Pero todavía faltaba ‘It’s a Sin’. Hay canciones que son un éxito y canciones que son un refugio, como esta. Un lugar seguro en el que bailar con la sensación de que durante unos minutos todos los pecados pueden ser absueltos si el estribillo es suficientemente bueno.

Las pantallas se apagaron y del público surgió un “oe, oe, oe” orgánico, inevitable, casi futbolístico. Y funcionó precisamente por el contraste con el desarrollo milimétrico del concierto. Era muy probable que esta actuación no se hubiera desviado ni una nota de las anteriores paradas de la gira. Pero Pet Shop Boys poseen el extraño talento de convertir la precisión en intimidad. Todo está calculado y, aun así, parece personal. Uno escucha ‘It’s a Sin’, ‘Rent’ o ‘Always on My Mind’ y recuerda una habitación, un coche, una discoteca, una persona o una edad en la que todavía no sabía quién iba a terminar siendo.

Regresaron para ‘West End Girls’. Tennant recuperó el traje negro, la corbata y el abrigo cruzado. Ahí empezó todo. En aquel bajo sinuoso, en aquella voz que parecía narrar las noticias desde una esquina húmeda de Londres, en aquella combinación improbable de ironía, elegancia, observación social y música de baile. “València, muchas gracias. ¿Queréis una canción más?”, preguntó Tennant. No una. Veinte más. Y mientras sonaba "Being boring" uno se habría quedado perfectamente a vivir en el taller de esos dos señores. Apartado en un rincón, viendo cómo pulen el pop, cómo paran para hacerse un té, cómo hablan mal de sus amigos, se ríen de los viejos chistes de siempre y miran de vez en cuando al jardinero por la ventana. Volvieron las farolas, también en las pantallas de forma infinita, con el vacío alrededor, como las de un polígono un sábado de madrugada cuando uno sale de la discoteca y sabe que no debería coger el coche.

Tennant presentó a la banda. Lowe continuó en su sitio. Todo permanecía limpio, medido, pulcro. Ninguna pieza fuera de lugar. La puerta se cerró y dentro -del taller, de nuestras cabezas- se quedaron las máquinas encendidas.

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