Cuando ‘El Padrino’ comparte cartel con los ‘Minions’: El cine clásico vuelve a llenar los cines de València
En València, cada vez más salas comerciales recuperan películas de otras épocas y las convierten en acontecimientos capaces de llenar butacas, atraer a espectadores jóvenes y competir incluso con los grandes estrenos.

Proyección de "Kill Bill" en los cines ABC de València / ABC

Durante años, ver una película clásica en pantalla grande en València era una experiencia asociada a la Filmoteca, los cineclubes y las casas de la cultura. Quien quería recuperar una obra de otra época, una película de culto o un título perdido debía mirar fuera de la cartelera comercial. Los cines de estreno estaban para otras cosas.
Esa frontera, sin embargo, se ha ido desdibujando. Salas como Lys, ABC, Kinépolis o Babel han incorporado a su programación ciclos de clásicos, reestrenos y películas de culto. Lo que parecía reservado a circuitos cinéfilos ha entrado en la rutina de los cines de estreno. Ya no es extraño encontrar en la misma cartelera una novedad de Hollywood, una propuesta de autor, una comedia de los 80 o una obra maestra del cine japonés.
El cambio resulta significativo porque llega con las plataformas consolidadas, cuando muchas de esas películas están más disponibles que nunca sin salir de casa. Aun así, hay espectadores que prefieren comprar una entrada para verlas en una sala. No buscan solo la película, sino otra forma de consumirla. Una pantalla grande, una sala oscura, una hora concreta, un pase único o incluso el «vértigo» de saber que no podrá pausar la experiencia.
Viejos filmes, nuevos públicos
«No es cuestión de que esté en la plataforma, sino de que la gente quiere salir, ir a verla en una pantalla de cine, acompañada de desconocidos en una sala oscura», resume Miguel Moreno, programador de los cines ABC. Allí, la apuesta por los clásicos nació hace año y medio, cuando observó que parte del público joven parecía menos estimulado por el cine convencional y buscaba en plataformas títulos desconocidos, obras que conocía por referencias o filmes que prometían una experiencia distinta.
ABC empezó entonces a incorporar clásicos y reestrenos de los años 80, 90 y 2000. La respuesta fue buena y el cine acabó sumándose a Wilder Cinema, una iniciativa que conecta distribuidoras, plataforma y salas y ofrece cada mes cuatro clásicos y cuatro películas de culto contemporáneo.
En esa línea ha proyectado en 2026 títulos como Cuentos de Tokio, El Padrino, Cuenta conmigo, Dirty Dancing, El viaje de Chihiro, La gran belleza, Paris, Texas o Aftersun. Esta última no es un clásico sino una película de culto contemporánea, pero sirve para entender el fenómeno. Moreno recuerda que el filme protagonizado por Paul Mescal está disponible en una plataforma por un euro y, aun así, la sala se llenó.
La escena se repite en otros cines. Kinépolis puso en marcha en abril de 2024 el ciclo Kineforum con Uno de los nuestros.Según Pau Gómez, coordinador del ciclo, la idea era ofrecer la posibilidad de vivir algunas películas favoritas «en su formato original y en gran pantalla», porque muchas solo habían podido verse antes en televisión, vídeo o plataformas. Desde entonces, el ciclo se ha consolidado como una cita cada dos jueves que, después del verano, traerá títulos como El silencio de los corderos, Blue Jasmine, La vida es bella, Los puentes de Madison, West Side Story, American Beauty o La profecía.
Al principio, explica Gómez, la gente acudía por el atractivo de cada película. Dos años después, se ha creado un espectador fiel. «Al final, el título es lo de menos; se trata de una experiencia colectiva, un ritual cinéfilo que además concluye siempre con un coloquio entre los asistentes». La palabra ritual aparece una y otra vez. El regreso del cine clásico no consiste únicamente en proyectar una película antigua, sino en rodearla de cierta ceremonia.
La experiencia en cifras
Cines Lys ha seguido un camino parecido. Su punto de partida fue Cita a ciegas, de Blake Edwards, el 28 de marzo de 2023, aunque el verdadero salto llegó en enero de 2025, tras la muerte de David Lynch. Los Lys organizaron un ciclo dedicado al director y programaron dos pases de Mulholland Drive que reunieron a 356 espectadores. Desde entonces, la actividad mantiene cifras muy positivas.
La lista de títulos programados este año muestra hasta qué punto se ha ampliado el concepto de clásico: Dentro del laberinto, El verdugo, Sin perdón, El resplandor, Memorias de África, La princesa prometida, The Rocky Horror Picture Show, Casablanca, Con faldas y a lo loco, El jovencito Frankenstein o El club de los poetas muertos. No pertenecen a la misma época ni al mismo canon, pero comparten que hay espectadores que quieren verlas, o volver a verlas, como películas de cine.
En Lys defienden esa amplitud. José Luis Abril, responsable de comunicación de los cines, pone como ejemplo Trainspotting, estrenada en 1996, un año en el que ni siquiera habían nacido muchos de quienes fueron a verla hace unas semanas. Más que la edad, lo importante es «recuperar películas que, independientemente de si tienen 30, 40 o 70 años, merecen ser vividas en una sala de cine».
También Kinépolis propone una definición flexible. Para Pau Gómez, un clásico es una película que, «por alguna razón, tiene un valor artístico para el público» y merece ser disfrutada en el cine. Puede ser un musical de los años 50 o una cinta de principios del siglo XXI como Moulin Rouge. El cine de culto, añade, puede ser más selectivo o referirse a películas «malditas» que no triunfaron en su momento, como Blade Runner.
Esa elasticidad permite reunir El Padrino y El viaje de Chihiro, o Cuentos de Tokio y Dirty Dancing. También explica la entrada de Cines Babel en esta tendencia desde un lugar distinto. Babel no necesita reinventarse como sala cinéfila porque su identidad está ligada al cine de autor, la versión original y una programación diferenciada. Pero su ciclo «30 años, 30 películas» conecta con el impulso de celebrar la memoria de una sala mediante títulos que vuelven a la pantalla grande.
La respuesta del público joven es uno de los datos más llamativos. En ABC, Moreno cuenta que en una sesión de El Padrino que reunió a unas 200 personas, unas eran 150 jóvenes. También recuerda su sorpresa al ver una sala llena de veinteañeros años viendo Cuentos de Tokio. «Tú no te esperas ver a gente de 20 años viendo una película japonesa de 1953. Y dices: pues sí, está lleno de gente joven, con sus palomitas y su bebida. Qué maravilla».
No se trata, por tanto, de simple nostalgia ni de volver a ver lo vivido en la adolescencia. Funciona también porque hay una generación que descubre esas películas por primera vez en pantalla grande o que en su día las vio en televisión y ahora quiere compartirlas en una sala. Como señala Pau Gómez, una de las mayores satisfacciones del proyecto es ver cómo espectadores jóvenes se quedan «boquiabiertos con películas que se estrenaron antes de que nacieran». Lo interpreta como una reivindicación «en una época de consumo rápido y pantallas verticales».
La resistencia contra el móvil
Ahí aparece otro elemento central: la sala como resistencia a la dispersión. Ver una película en casa supone tenerla cerca, pero también el móvil, la interrupción, la pausa o la posibilidad de abandonar. Verla en el cine implica aceptar una concentración durante dos horas, tres o incluso más, como ocurrió en ABC con Kill Bill. Las dos partes del filme de Tarantino se proyectaron juntas, en 35 milímetros, en una sesión de casi cinco horas. Para buena parte del público, el formato sonaba extraño, casi arqueológico. Pero la respuesta fue extraordinaria: 467 espectadores llenaron la sala grande de ABC Park. «Fue increíble. Creo que es lo que más me ha sorprendido de estos últimos tiempos aquí en el cine», reconoce Moreno.
Lys también maneja cifras que explican por qué los clásicos han dejado de ser un complemento menor. El 40 aniversario de Dentro del laberinto reunió a 698 espectadores repartidos en tres salas para volver a ver a David Bowie en pantalla grande. Akira congregó a 444 personas en una única sesión, The Rocky Horror Picture Show reunió a 408 cinéfilos y La princesa prometida alcanzó 329 espectadores. José Luis Abril admite que algunas sesiones, concebidas como eventos, pueden recaudar más que un estreno en su primer fin de semana, aunque parten con la ventaja de ser títulos conocidos.
El éxito, sin embargo, no consiste en elegir una película famosa. Hay una diferencia entre proyectar un filme y construir una actividad alrededor de él, como señala Abril. Cada título se selecciona con cuidado y va acompañado de una comunicación específica. Las actividades han crecido porque se han diferenciado los públicos y se les ha dado un día fijo. Los lunes, «Anime Saikuru» se centra en animación japonesa. Los miércoles están dedicados al cine clásico y de reestreno. Los jueves, bajo el sello «Terroríficamente Lys», combinan preestrenos de terror con la recuperación de títulos emblemáticos del género.
ABC ha llegado a una conclusión similar. Los martes por la tarde se han vinculado al cine clásico, también con público sénior, mientras los jueves se reservan para reestrenos, películas de culto y propuestas contemporáneas. Moreno cree que se está recuperando una costumbre quizá perdida: tener un día concreto para ir al cine. No solo el día del espectador por precio, sino el martes del clásico, el miércoles de una actividad especial, el jueves del reestreno o la cita quincenal del Kineforum.
La idea acerca estos ciclos al cineclub, pero dentro de salas comerciales. «Nuestro cine igual tiene un cartel de El Padrino y a la derecha está Minions», resume Moreno. El clásico ya no aparece separado de la cartelera popular, sino incrustado en ella. Convive con el estreno familiar, la película de terror de la semana, el blockbuster, el anime y la sorpresa cinéfila. Lo que antes podía parecer un gesto de minoría se ha integrado en la oferta general de ocio.
Identidad y vínculos
La rentabilidad importa, pero no siempre es el primer argumento. Para ABC, estos ciclos sirven sobre todo para generar identidad, crear experiencias y vincular al público con el cine. «El rédito económico es secundario», dice su programador. «A veces he tenido que pagar por los derechos de una copia para un pase. Igual no he sacado nada, me he quedado igual, pero a nivel de prestigio digo: esto es la hostia. Ya sacaré el dinero con Toy Storyo con Minions».
En Lys lo plantean como una combinación de rentabilidad, prestigio y diferenciación. Su objetivo es que la gente vaya al cine y disfrute de las películas en gran pantalla y, si además se atrae a público joven, mejor. Kinépolis lo define como una manera de reivindicar las salas «como lugar de proyección atemporal que va mucho más allá de los grandes estrenos».
El pase único tiene un papel decisivo. En un entorno de disponibilidad casi infinita, la escasez vuelve a tener valor. Si una película está toda la semana en cartel, el espectador puede aplazarla hasta no ir. Si solo hay una sesión, aparece la urgencia. «Es ahora o nunca», resume Moreno. Esa lógica convierte la proyección en un acontecimiento. No se trata solo de ver El Padrino, sino de poder decir: voy al cine a ver El Padrino. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. La película deja de ser un contenido disponible y se convierte en un plan.
En definitiva, para Pau Gómez, este regreso a los clásicos apunta a «la experiencia primigenia de ver una película tal y como fue concebida, en su hábitat natural», a «reír y emocionarnos en comunidad», lejos de la soledad del consumo doméstico y de la distracción permanente del WhatsApp. José Luis Abril considera que esta programación «ha conseguido hacerse un hueco estable dentro de la cartelera», aunque recuerda que la misión principal de una sala sigue siendo apoyar a los nuevos talentos y películas para que sean los clásicos de futuras generaciones. Y Miguel Moreno también cree que el fenómeno continuará y ve en el movimiento de otras salas «una señal de que el público busca algo más que estrenos».
En una oferta audiovisual cada vez más fragmentada, los cines han encontrado en el cine de siempre una forma de recordar algo elemental: los clásicos, como decía aquella canción, serán siempre modernos.
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