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Curros de verano

Pensamos que cada verano es peor que el anterior, pero resulta que me han venido a la cabeza tres muchos peores que este

La banda madrileña Bianca Castafiore.

La banda madrileña Bianca Castafiore. / Levante-EMV

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Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Una banda madrileña llamada Bianca Castafiore, como la soprano tintinesca, nos ha regalado la canción del verano. Se titula ‘Bendito Invierno’ y dice tal que así: «Estoy cansado del verano, 40 grados y no puedo dormir, arena quemando, sombrillas volando, los guiris gritando. Qué calor, que se acabe ya, ya no aguanto más, el puto verano». Añadan a esta sencilla pero certera destilación de odio, incomodidad y hastío unas fascinantes guitarras post punk, una melodía coreable, un ritmo machacón y un elegante teclado y ya tenemos himno.

Pensamos que cada verano es peor que el anterior, pero resulta que me han venido a la cabeza tres de ellos peores que este de aquí a Lima. Y tranquilos, que no les voy a martirizar con melodramáticas historias de mis fabulosas exnovias. Hoy hablamos de otro clásico de la estación: los curritos veraniegos. Así que agárrense que vienen curvas.

En casa fuimos apicultores durante décadas y un verano llegamos a tener 500 colmenas. Cuando las abejas terminaban de comer del azahar en Alzira o Sumacàrcer, extraíamos la miel y las trasladábamos a terrenos con una floración basada en el girasol, el espliego o el eucalipto. Las llevábamos de noche a bordo de un camión con la debida documentación (recuerden que administrativamente es un ganado como otro cualquiera) a Villamanrique, Fuentelespino de Moya o Villanueva de los Infantes. Llegado el momento, allí las trabajábamos de sol a sol, vestidos con monos largos de un blanco inmaculado, botas, guantes y careta a unas temperaturas desquiciantes.

Rodeados de un abrumador zumbido sobrevivíamos como podíamos durante larguísimas y agotadoras jornadas en las que rescatábamos enjambres perdidos, separábamos reinas para hacer nuevas colonias, supervisábamos la medicación antiparasitaria y les sacábamos a nuestras abejitas la miel, el polen y la jalea real en medio de un bochorno abrasador. Durante las noches maldormíamos en chamizos prestados cuando no hacíamos guardia bajo las estrellas para que los cuatreros no nos afanaran las cajas. En una ocasión nos tocó defendernos tras un agrio enfrentamiento en el que llegué a tirar un golpe de corbella que casi me busca la ruina.

Un poco después, a principios de siglo, me involucré junto con mi hermano mediano, Jordi, en la demolición de la discoteca Woody con vistas a una posterior reforma. Dormíamos en un camping del Saler del que sacábamos antes del amanecer mi Supercinco a empujones para no hacer ruido. Al llegar saludábamos a otro par de currantes con un enérgico ‘¡Viva La Revolución, Viva la Droga!’ y la emprendíamos a mazazos con cualquier cosa que no fuera el suelo: puertas, tabiques, azulejos, urinarios, pilas, grifería… Las esquirlas se nos clavaban en la piel, nos llenábamos de moraduras, terminábamos agotados.

Un día llegó un martillo neumático y aquello fue la locura. Protegidos por el estruendo gritábamos como locos burradas demenciales en medio de una nube de partículas hasta que las lágrimas de la risa se nos mezclaban con los chorros de sudor. Llevábamos mascarillas, pero respirábamos tanto polvo que sacábamos los mocos negros. Pasamos mucho calor y el hedor de los desagües era insoportable, pero resulta que al final no trabajamos tanto. Un día no llegaba el container, otro no había herramienta, otro no había luz. Matábamos el rato bebiendo litronas, escuchando reggae y echando cogollos dentro de un chilum. Creo recordar que no cobramos nunca.

Otro verano un tío mío me engañó como a un chino. Se suponía que mi labor era quedarme dentro de su camión de reparto para aplacar los ánimos de vecinos y policía cuando lo dejáramos mal estacionado. Mentira. En seguida me vi subiendo frigoríficos, lavadoras, otros electrodomésticos y muebles a octavos pisos sin ascensor en torres de apartamentos desde Pinedo hasta Gandía, muerto de calor y rompiéndome la espalda desde el amanecer hasta entrada la noche.

Dejar tirado el camión en cualquier sitio era lo de menos. Después de los primeros 10 domicilios ya estabas deslomado y no sabías si ibas o volvías. Tratábamos con gente de todo pelaje y en alguna ocasión nos llevamos un susto. Nunca sabías quién te iba a abrir la puerta ni de qué humor estaba, sobre todo cuando la mercancía no era la deseada o llegaba dañada. Una vez me pusieron un machete más cerca de lo deseado y me lancé escaleras abajo, aunque también nos cruzamos con gente muy agradable que nos invitaba a beber, a fumar o nos dejaba buenas propinas. Ahora me río, pero entonces tenía pesadillas.

Así que ya ven, en comparación con esto que les he contado irme de vacaciones con la familia a la Selva de Irati tampoco será algo espantoso. Ya veremos. En cualquier caso, a ustedes les deseo un feliz veraneo. Nos vemos en septiembre.n

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