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"El Niño de las Monjas", primera puerta grande de Fallas

El valenciano muestra una versión arrebatadora y valiente para cortar una oreja de cada novillo - Álvaro Alarcón debió acompañarlo en hombros

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"El Niño de las Monjas", primera puerta grande de Fallas J.M. López

La historia de Jordi Pérez, «El Niño de las Monjas» se cuenta sola tras ser criado en las faldas de las monjas del Hogar de la Congregación de las Madres de Desamparados y San José de la Montaña. De ahí su nombre artístico que, seguramente, tendrá la gloria de ser el novillero triunfador de la Feria de Fallas tras su puerta grande ayer en València. El joven estrenó un vestido de su actual banderillero, el valenciano David Esteve -ahora convaleciente-, con el que cortó una oreja a aquel "Madroño" de Adolfo Martín en las Fallas de 2012. Un precioso mandarina y oro con los caireles negros que le trajo suerte.

No fue el único novillero que se mereció salir en hombros, pero sí fue el que lo hizo al final de la tarde. El joven de Carlet no se había presentado en el «Cap i Casal» todavía, pero ya había cumplido tres años como novillero con picadores desde que hizo el paseíllo aquel 2019 en Algemesí.

Tras la pandemia, Jordi Pérez se mostró como un novillero robusto y capaz. Con las ideas claras, con un concepto que le mantiene diligentemente dentro de los márgenes clásicos, a partir de los cuales crece una arrebatada personalidad, efervescente por su juventud, apasionada por su seca valentía.

Pérez logró arrancar una oreja a cada uno de sus oponentes con dos faenas pulidas, ordenadas, armónicas y logradas. También hizo un contundente uso de la espada, fundamental para crecer en este mundo. Recibió a su primero en la puerta de chiqueros y, pese a que la muleta se movió como una gelatina por el terrible vendaval, dejó algún natural de bella factura. Frente al cuarto, el mejor de una floja pero seria novillada de El Pilar, toreó asentado, con la mano baja y con la sutileza suficiente para engancharlo y tirar de él hasta el final. Hay madera. Hay torero.

Álvaro Alarcón sorprendió gratamente en su presentación en València. Sobre todo, por la nítida coherencia y madurez en lo que hizo en sus dos faenas. Y por la precisión para retener, contener y, en definitiva, profundizar la embestida de su primero, flojísimo de fuerzas. Paseó una oreja. También debió pasearla en el quinto porque entendió cuáles eras sus cualidades y defectos y se jugó la cornada al final de su quehacer.

Manuel Perera, el joven que apodera Juan José Padilla, fue feamente volteado en el sexto, donde cortó una oreja, y no se dejó nada dentro, eficaz y ambiciosos en sus dos planteamientos. 

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