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El aleluya de Aguado entre el hastío ganadero

El torero sevillano corta la única oreja de una nefasta corrida de Juan Pedro Domecq - Morante, que regresaba a València tras siete años de ausencia, obra un monumento a la verónica en el cuarto toro de la tarde

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Pablo Aguado destaca en Fallas entre el hastío ganadero Germán Caballero

El cielo era una lámina de estaño cuando salió el primer toro de Juan Pedro Domecq, una tonalidad que caló en la temperatura de toda la tarde hasta que arrastraron al quinto. Veintidós minutos tardaron los toreros del cartel y la autoridad gubernativa, conjuntamente con los empresarios del coso valenciano, en echar hacia delante el festejo. Motivo aparente no había para suspender, únicamente la previsión meteorológica que, con algo de fortuna, no se cumplió en su totalidad aunque la gente acabó empapada. Así que, media hora más tarde de lo habitual, arrancó el paseíllo y València sacó a saludar a Morante, Ortega y Aguado.

El éxtasis esperado, con un cartel tan ilusionante que no llenó los tendidos más allá de media plaza, no llegó por la mansada que envió la divisa sevillana. Otra más. El encierro, guapo como él solo, muy sevillano, fue solamente eso: fachada. Excesivamente descafeinado en su comportamiento, ningún toro rompió en bravo. Lo esperado. Además, el público, soberano tras pasar por taquilla, protestó la falta de presentación del quinto, inadmisible para una plaza de primera categoría como el coso de la calle Xàtiva.

Pablo Aguado rescató al público del hastío en el sexto, el toro más potable del festejo. El aleluya de su toreo marcó la diferencia entre un vendaval de mansedumbre. A través de una perspicacia natural, un talento práctico y un valor inquebrantable, cortó una oreja al sexto y dejó muestra de su luminoso concepto. Su pureza, diáfana como el cielo, potenciaba su naturalidad en cada muletazo. 

Una tanda de derechazos a pies juntos sobresalió como un mundo invisible que te atraviesa como un rayo. Un pellizco que surge de manera invisible y que te escuece. Con un poder hipersensible, de mucha clase, concentrado por completo en las yemas de los dedos, mantuvo en pie a su oponente y lo cazó tras una estocada caída.

Morante de la Puebla, que regresaba a València tras siete años de ausencia, demostró, cuando cogió el capote en el cuarto de la tarde, que él tiene la inmediata potestad de ser inolvidable. Sus verónicas impusieron más poderosamente que ningunas otras el puro misterio de la identidad. Verlo torear ayer fue entender que el genio de la Puebla del Río ha adoptado una posición definitiva en el mundo del toro: es un monarca tolerante que no reina sobre más súbdito que él mismo. Y cuando él quiere, puede. 

El cuarto, con la cara recogida, lavada, y los pitones engatillados, embistió con el son suficiente nada más salir de chiqueros. Como si ya estuviera picado. Con él, Morante interpretó una sinfonía a la verónica. Un ramillete de cinco lances, quizás alguno más, lentísimos. Un monumento que ahora está congelado en una cápsula cristalina de la memoria como aquellas bolas de cristal que, al moverlas, aparece de nuevo reflejado. Sus lances irrumpieron en la quietud hospitalaria del tiempo para sustraer la hora del interior de los relojes como si escogiera de un cofre la joya más valiosa. Qué difícil fue torear así, con tanta expresión, con el terrible vendaval que hizo. Lo demás fue una historia de decepción. Tras pasaportar a ese cuarto, el “Cap i casal” se lo agradeció con una cariñosa ovación.

Juan Ortega, que se presentaba en València como matador de toros, también apuntó algún lance de gran lentitud. Pero nada más. 

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