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La pena de Manuel Granero

Estar a los pies de su panteón en el Cementerio General de València es entender la gloria celestial de un hombre terrenal un siglo después de su trágica muerte en Madrid

Momento de la cogida a Manuel Granero en Madrid. / Levante-EMV

El mausoleo de Manuel Granero, el torero que pudo reinar tras la muerte de Joselito El Gallo, es fino, frágil y sensitivo. Su fachada es alargada, angosta. Tiene su pergeño particular: la imagen es un ángel que acoge al joven torero desnudo en sagrada mortaja. A sus pies, se goza de un profundo silencio. Nada turba el reposo del altar. Solo lo dañan los vendavales, las sequedades ardorosas de verano y las lluvias.

Los recios muros del sepulcro se van desvaneciendo, ennegrecidos, como un libro viejo de quien nadie se acuerda y que, sin embargo, cuando lo encontramos proporciona un momento de consuelo. Estar a sus pies es entender la gloria celestial de un hombre terrenal.

Se trata de la escultura “Amor y consuelo” del artista valenciano José Arnal García, que por entonces tenía 24 años, y salió ganador de un concurso a nivel nacional al que también se presentó Mariano Benlliure, uno de los primeros que asistió a la enfermería de la plaza de Madrid para velar el cadáver de Granero. Es una obra colosal sobre mármol blanco de Carrara, esculpida en su taller de la calle Roteros, en el corazón del barrio del Carmen.

Gracias a una corrida extraordinaria “pro-panteón” Granero, en la que participó el entonces becerrista Félix Rodríguez, y una partida de pilota en el trinquet de Pelayo, en la que jugó “Faixero”, costearon los gastos del terreno en el Cementerio General de València y su mausoleo.

Del maestro del barrio del Pilar nunca se separaron los señores y las señoras de luto dispuestas a llevarle flores y a rezarle en tono de habla lento y agudo, como se cantan las poesías más profundas. El 7 de mayo de 1926, cuatro años después de la tragedia, fue sepultado definitivamente bajo la fría piedra tras ser desenterrado del panteón de los hermanos “Fabrilo”, su primera sepultura.

Ya lo cantó el poeta Rafael Duyos en sus versos: “València tuvo un torero, cuando no lo tuvo nadie, cuando después de Gallito, subiste al trono vacante”. Pero “Pocapena”, de la ganadería del Duque de Veragua, marcado con el número 59, de pelo cárdeno bragado, cornalón de aspecto y manso de condición, cambió su destino el 7 de mayo de 1922.

En el embroque de un pase de pecho, lo empitonó por el muslo derecho, lo derribó y lo metió debajo del estribo. En el primer pitonazo, como un hachazo seco, le introdujo el cuerno en el ojo derecho, produciéndole una “lesión mortal de necesidad”, según el parte médico. La cornada ocasionó un “desgarramiento de las partes blandas del pericráneo desde la órbita, con fractura del cráneo”. Un escrito facultativo que estremece con su sola lectura.

La tarde de antes de su muerte, tras un paseo por el boulevard de la madrileña calle del Marqués de Urquijo, su amigo Manuel Domingo encontró "raro" al torero y le preguntó: "Estoy triste, tengo el presentimiento de que me va a ocurrir algún percance", auguró Granero.

Toda la prensa se hizo eco de la tragedia. En las portadas aparecían amplias informaciones de su muerte y hasta alguna foto de su mortaja, con la cicatriz cosida visible en la cara. Manuel Caballeda, en representación de la plaza de toros de València, se hizo cargo del embalsamamiento, del traslado del cuerpo a València y su entierro ante la precariedad de su familia.

Años más tarde, en julio 1960, su hermana Consuelo decidió hacer una serie de mejoras en el panteón familiar. Cuando levantaron la tapa de madera que cubría el cristal del féretro, el cuerpo de Granero presentaba el mismo estado del día del entierro. Algunos aficionados, ante la sorprendente noticia, quisieron hacerle santo. El doctor Luis Valls, jefe de los servicios de enfermería de la plaza de toros de València, explicó el caso en Levante-EMV el 5 de noviembre de ese mismo año y despejó cualquier duda: “He realizado muchos embalsamamientos en mi vida profesional y, cuando la operación está bien hecha, el cuerpo puede mantenerse como se dice que está el de Manolo Granero, más de 100 años”.

Su mayor pena fue morir tan joven. Solamente tenía 20 años y pudo marcar una época en la historia del toreo. No declararon santo a Manuel Granero, pero sigue siendo dueño de la eternidad un siglo después de su fallecimiento. No hay mayor gloria. 

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