A las 19 horas y cuarenta minutos, José Tomás apareció en el ruedo de la plaza de toros de Alicante como una violenta erupción. Diez minutos de retraso no evitaron que la lava de emoción cayera como una cascada entre los tendidos. El zoco luminoso y popular que trasmitía su figura a casi cuarenta grados en el sol no perdió vigor en todo el festejo. Y eso que los rayos se desplomaban como dinamita sobre los rostros atezados del público.

En el segundo toro de la tarde, "Azuzado" de nombre y de la ganadería de Garcigrande, el torero reaparecido marcó la diferencia. El animal tuvo un ritmo especial en su embestida y José Tomás obró ese oasis de belleza desgarrada que cada vez es más milagroso apreciarlo en vivo: el surtidor de su torería volvió a brotar en su pulso galopante.

El vientre enorme de su tauromaquia, que se abrió en canal en ese toro a pesar de los años, todavía no ha llegado al fondo ni al final. Porque cuando se torea sin ventajas, el riesgo aumenta exponencialmente. Y con ese toro consumó dos de sus máximas obsesiones: el ajuste y la lentitud

Ese cuerpo delgado y tenue, maltrecho por tantas cornadas, con los músculos marcados sutilmente en el vestido grana y oro, tuvo una forma de pararse delante del toro, ganarle el paso y quebrar las caderas con una honda profundidad que es única. Esa izquierda tan hermosa e inalcanzable volvió con tandas de hasta doce muletazos ligados. Doce seguidos. Profundo, sentido, asentado con el compás abierto a veces y a pies juntos otras pero siempre magnífico. Antes de perfilarse, una voz gritó desde el tendido: "Habéis visto torear". Paseó las dos orejas junto a una bandera de México tras una estocada caída. Antes, en ese Garcigrande, dejó unas gaoneras monumentales, impertérritas bajo la capa de un silencio que solamente existe en la profundidad del mar Mediterráneo.

La llama de su pureza rompió la calma de la tarde de entrada. De pronto, todo el rumoroso silencio estalló en emoción. Su cadencia palpitante, su torería chorreante. Todo era limpio, albo e intacto. Ni una grieta. El placer estético también era auténtico. Y ligó varias tandas de naturales y derechazos en un palmo de terreno sin parpadear un músculo a un toro bonancible de Juan Pedro Domecq

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La tauromaquia de José Tomás en Alicante, en imágenes Lozano

El tercero de la tarde, de la ganadería de Victoriano del Río, fue el toro más exigente del encierro. No fue apenas picado, pero desarrolló las virtudes de la humillación y la transmisión en la muleta. Ahí, se le coló mientras toreaba por el pitón derecho y sufrió una fuerte voltereta sin aparentes consecuencias. En ese toro, esa fusión física y única con el animal que es el verdadero paraíso de su toreo solamente se vio en cuentagotas. Unas manoletinas personalísimas pusieron la oreja en sus manos. El subalterno Rafael Viotti se desmonteró tras dos buenos pares de banderillas.

El cuarto y último, con la divisa de Domingo Hernández, resultó ser el menos potable del conjunto y se apagó muy pronto, aunque dejó las pinceladas de unas verónicas extraordinariamente cadenciosas.

José Tomás se fue por la puerta grande bajo una íntima convulsión de placer que anhela la mayoría de toreros del escalafón.

Plaza de toros de Alicante. Toros de Juan Pedro Domecq, Garcigrande, Victoriano del Río y Domingo Hernández:

José Tomás: ovación; dos orejas; oreja y ovación tras aviso. Saludó en banderillas Rafael Viotti en el tercero y Miguel Martín en el cuarto