En el momento que Jordi Pérez Plasencia, "El Niño de las Monjas", paseaba las dos orejas del cuarto y último novillo de Núñez de Tarifa, los niños y las niñas que no tenían entrada -la plaza volvió a llenarse- se arremolinaban por las bocas de los cadafals para subir con premura a los tendidos y ver a su nuevo ídolo. Todos pronunciaban su nombre.

Porque en la Setmana de Bous de Algemesí caben todas las formas de vida. Porque la gente sale a divertirse y busca vivir. Y aquí los toreros son ídolos. Sobre todo, los valencianos. Aquellos que se criaron viendo los festejos en el mismo cadafal en el que se sientan los vecinos de la Ribera y, más tarde, se han hecho toreros en ese ruedo rectangular que mágicamente conecta con la esencia del toreo para tener su admiración.

Y ese, por ejemplo, es Jordi, el niño criado en las faldas de las monjas de la Congregación Madre de los Desamparados y San José de la Montaña, el torero que pone todo lo que es en la plaza porque le va la vida en ello. Se arrima como un jabato y torea con el corazón en la mano. Quiero decir, que su tauromaquia, con las lógicas carencias del novel y la premura del que necesita un triunfo como el comer, es una promesa de emoción y riesgo. Y eso, en el mundo del toro, siempre se cotiza al alza.

Su faena al cuarto fue el ejemplo de ese concepto de entrega con pocos límites y valor sereno. Jordi es un chaval de 22 años que navega con tranquilidad entre las aguas de las puntas de los pitones. El cuarto fue el único que lució cierta seriedad en el encierro. Los demás parecían de una novillada sin caballos. Como decía, ahí delante de las puntas, el toreo se trasforma en ecuménico, luminoso. Porque todos lo entienden. Y no hizo falta ni una palabra para que todo el palenque de la Ribera se pusiera de pie en su final de faena a "Serpentín", cuyas mayores virtudes fueron la duración y la obediencia.

En esos últimos compases, los pitones lamían a lengüetazos los muslos del joven valenciano. Y parpadeaba poco las piernas en ese océano de lava palpitante. Aguantó impasible y tiró del novillo con arrebato para dibujar derechazos con profundidad. Su gran firmeza le hizo ligar varios muletazos a base de dejarle la muleta muy puesta en la cara. Antes, tampoco faltaron los faroles de rodillas tras recibir al novillo en la puerta de chiqueros e iniciar la faena de muleta con muletazos por la espalda, además de alguna arrucina. Pura pirotécnica. Puro Algemesí. Cortó las dos orejas tras un pinchazo y una estocada efectiva.

En su primero pudo cortar una oreja tras media docena de largas cambiadas de rodillas que incendiaron el coso, un brindis al tendido de los niños -que hay muchísimos aquí y no tienen ningún trauma por ser aficionados a los toros- y una faena bullanguera en la que fue todo corazón. El mal uso de la espada lo emborronó absolutamente todo.

Jorge Martínez, que debutaba en el ruedo de la Ribera, mostró la versión más torera de la tarde y cortó una oreja de cada novillo de su lote, además de recomponerse después de una voltereta sin consecuencias.

En su primero mostró arrojo y capacidad y en su segundo, con un animal de mayor recorrido, unas formas de torear de buena clase y temple exacto. Su oficio y clarividencia marcaron la diferencia.

Los jóvenes novilleros salieron por la puerta grande en plena Setmana de Bous porque Algemesí había sido sacudida de emoción gracias al toreo.