El descrédito de tres figuras (pasadas)
Tarde para el olvido en la Feria de Julio después de una lidia infumable de tres toros de El Pilar y tres de Victoriano del Río, mansos en líneas generales
Manzanares pasea una oreja que no es propia de la categoría de València

José María Manazanres en un pase de pecho en el toro que pasó la oreja. / EFE

«Aquí tragamos todos. Todos tragamos», exclamaba un señor con un valenciano de pueblo desde la primera naya en el segundo toro de la tarde. Y casi no se había desarrollado el festejo. Imagínense. «¿Hay derecho que esto pase en una corrida de toros en una plaza de primera categoría? Mira qué ganado, se cae todo el rato. Y después todavía aplaudís», insistía visiblemente enfadado mirando al público. Y es que no le faltaba razón. Pero, ¿de quién es verdaderamente la culpa de todo lo que pasó ayer en la plaza de toros de València? ¿De los que hacen los carteles o de los que entran en el juego de los que ponen a sus toreros? ¿O de los que mueven las marionetas a través de los hilos invisibles de un sistema cada vez más rancio y carcomido? Sin olvidar a todos aquellos que les bailan el agua, claro. Pero saquen ustedes mismos sus conclusiones, mi intención simple y llanamente es reflexionar sobre un festejo que congregó a miles de personas en tres cuartos de aforo dentro del coso y se salieron desencantadas.
Porque, la verdad, es que se sintieron engañados por la entrada pagada en la plaza de toros de València. Sobre todo, por el saldo de ganado echado y por lo funcionarios que se mostraros los tres toreros en cada una de sus faenas.
Directamente, se les vio con un agotamiento esponjoso, ese que ofrece la degradación última que aísla al toreo de sus cuerpos, una muestra clara de que merecen darse un tiempo de reflexión. O de descanso. Ellos sabrán. Porque se alza la necesidad de un tiempo de renovación en el escalafón de toreros, los tres matadores de ayer conservan la nula trascendencia de que están pasados literalmente de rosca. 63 años de alternativa sumaban entre ellos. Carreras ya punzadas por el recuerdo.
La pérdida de la realidad
Y es que, en mundo tan ceremonial y fértil, tan poético a la vez, tan íntimo y verdadero también, no pueden dejar al libre albedrío un cartel tan manifiestamente desacreditado (para el aficionado). Los tres toreros se han convertido en una demoledora constatación de la falsificación de uno mismo. Es decir, ya no son lo que un día fueron. Y ya no tienen esa seguridad de ser dueños de su propio destino. Ni de su carrera. Se han debilitado de forma considerable en los últimos tiempos, especialmente en este año. Es el descrédito de las figuras (pasadas de moda). Su estado de forma, no hablo del atlético o del físico, sino del mental, del sitio delante del toro, incluso de la capacidad, son muy sintomáticos y suponen su desfallecimiento en el toreo actual, la desmitificación de lo que un día fueron y, por lo tanto, ya no son: la pérdida definitiva de su realidad.
Aun así, pasaron cosas. Accesorias la mayoría de ellas. Lo más reseñable es que José María Manzanares paseó del quinto una oreja casi sin despeinarse, más propia de pueblo que de una plaza de la categoría de València. Abusó siempre de echarse el toro hacia afuera, pero dejó una estocada desprendida tras ejecutar la suerte muy bien y la gente enloqueció como si hubiera visto una especie de milagro. Ese toro de Victoriano del Río tuvo buen aire, con mejor inicio que final.
Cabría destacar también los buenos puyazos de Agustín Romero al cuarto. También los pares de Rafael Vioti y cómo corrió a una mano el toro de punta a punta de la plaza el gran José Chacón.
Destacar los buenos puyazos de Paco María al segundo, un inválido que era 559 kilos de carne. En el tercero, Javier Ambel puso la plaza en pie con dos pares extraordinarios y saludó una fuerte ovación. Pero fue otro manso de libro, esta vez de Victoriano del Río, al que Talavante logró sacar casi en sacacorchos algún natural de fino trazo.
Castella acabó aburrido y aburriendo en sus dos toros, a pesar de dejárselo venir de lejos en el inicio con cambiados por la espalda en el cuarto.
En el sexto tuvo que ser apuntillado con la faena a mitad porque claudicó de manos y no se levantó ya, un reflejo del conjunto del festejo.
Al finalizar, hubo gritos en contra de la empresa.
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