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Festejos taurinos

A la espera de una conmoción en la última de la Feria de Fallas

La corrida de Núñez del Cuvillo fue más que toreable y trajo un lote para Emilio de Justo de sobresaliente condición, con una clase extraordinaria del quinto, al que le cortó una oreja y tras torear con dos costillas rotas

La plaza de toros de València registra otra gran entrada en los tendidos

Emlio de Justo pasea una oreja en el último festejo de la Feria de Fallas en la plaza de toros de València

Emlio de Justo pasea una oreja en el último festejo de la Feria de Fallas en la plaza de toros de València / Miguel Ángel Montesinos

Jaime Roch

Jaime Roch

València

Si los toros son algo, son conmoción, pórtico caudaloso de la verdadera emoción del toreo, la mayor atracción del espectáculo bravo, la huella en la retina de lo vivido y sentido. Razón de la costumbre por la que la afición y la gente en general acude a la plaza de toros de València, que este jueves volvió a registrar otra gran entrada en los tendidos, en los que se rozó el lleno para el día de San José, jornada final de la feria. Pero esa conmoción, esa sacudida emocional de quince muletazos, no llegó en ninguna de las seis faenas que se vivieron. Y no fue por los toros.

Esa conmoción de la que hablamos, en su día, sí la produjo un extraordinario torero llamado Gregorio Tébar ‘El Inclusero’, quien justo en un día como el de ayer celebró el 60 aniversario desde que Antonio Ordóñez le dio la alternativa en València. Nadie tuvo un recuerdo para este maestro de incandescente pureza, que ya ha cumplido los 80 años, también esta semana. Pero su ejemplo torero perdura y se acentúa en días como los vividos ayer.

Lote sobresaliente

La corrida de Núñez del Cuvillo fue más que toreable en líneas generales, bastante más ofensiva de lo habitual en su presencia y trajo un lote para Emilio de Justo de sobresaliente condición. Dos toros extraordinarios que también habrá que apuntar en el cuadro de honor de los bravos en esta Feria de Fallas, que ya acumula unos cuantos toros excelentes. Su primero, ‘Cacarero’, número 17, de 503 kilos; y el quinto -no hay quinto malo, dirían los antiguos- ‘Cordelero’, número 51, de 514 kilos, de preciosa estampa y equilibrada hechura ambos, con trapío, que venían a demostrar que el trapío no son los kilos.

La extraordinaria embestida de ‘Cordelero’, número 51, de Cuvillo en la muleta de Emilio de Justo

La extraordinaria embestida de ‘Cordelero’, número 51, de Cuvillo en la muleta de Emilio de Justo / Miguel Ángel Montesinos

El mejor de los dos, siendo buenos ambos, como decíamos, ese quinto marcó la diferencia con el resto de sus hermanos. Rompió ya en banderillas y no paró de embestir, planeando por las dos manos, con estilo singular, ecuánime torrente de su bravura enclasada, con verdadera entrega y por abajo, humillado.

No era normal ver embestir de esa forma tan clara y tan precisa en los engaños de Emilio de Justo. Fijo en la muleta, pronto y encelado, también con esa categoría que aportaba la fulgente profundidad en el final de la embestida. Era como un surco de luz abierto en cada arrancada, una delicia en su sabroso final, el del toro.

Esa categoría del ejemplar se acentuaba mientras le corría la mano a notable velocidad Emilio de Justo, quien había hecho un gran esfuerzo para hacer el paseíllo en Fallas con dos costillas rotas y haberse infiltrado durante la mañana a cargo del equipo médico de la plaza de toros de València.

Su faena fue firme y de aparatoso rigor técnico, con sus toques y reclamos. Con su ligazón y de distintos logros. También estuvo inteligente en cambiar los terrenos al toro. La banda interpretó ‘Nerva’ y, al final, cuajó una buena serie al natural, muy celebrada, no se sabe si subrayando la calidad tan particular del Cuvillo o por la serie. A ese toro también le realizó un gran quite Juan Ortega, por geniales tafalleras, con una lentísima, y una media verónica cumbre.

La estocada cayó baja, el toro se levantó hasta tres veces -por su fondo de bravo, todo hay que decirlo y no por el puntillero- y solamente paseó una oreja tras una faena que no cogió la altura deseada.

El gran quite Juan Ortega, por geniales tafalleras

El gran quite Juan Ortega, por geniales tafalleras / Miguel Ángel Montesinos

En su primero, dio una vuelta al ruedo tras una tibia petición de oreja. Ese Cuvillo también traía esa largura en su embestida que erige a los Cuvillos en el pedestal del toro artista, aunque su pero fue que en el remate del muletazo salía ligeramente con la carita alta. Ni su reata ni su nombre podían fallar: ‘Cacarero’, familiar del de aquella histórica faena de Morante en la Semana Grande de Bilbao en 2011, ‘Cacareo’, también de Cuvillo.

Al final, sí hubo una tanda apretada a derechas, la gente entró en su faena. A izquierdas no le cogió el aire. La estocada fue ligeramente desprendida, pero de muy buena ejecución. El presidente del festejo, Luis Maicas, no concedió la oreja y mantuvo el rigor y la categoría de València, no tan polémico como el día anterior, pero que marca la buena tónica de la autoridad.

El sexto no fue malo, para Juan Ortega, por el embroque que traía el animal. Se medio convenció y dejó muestra de su torería, pero sin redondear. Pinchazo y silencio. Su primero fue el de menos opciones.

Las fotos del Inclusero

Alejandro Talavante, en su segundo paseíllo en este ciclo, tuvo otro lote también con opciones, pero con menos que el de Emilio de Justo. Tampoco encontramos la conmoción con él, desdibujado y ni alma.

Su primero flojeó en varas, algo tardo para ir a las telas, pero embistió con franqueza por la izquierda. Aquello no crujió ni rugió. En el cuarto no hubo nada más reseñable que algún natural con buen gusto.

Cuatro toros para Talavante y cuatro nadas. El año pasado le ocurrió lo mismo. Esperamos que la empresa tenga algo más de afición el año que viene y lo tenga en cuenta. Pero ya sabemos lo que siempre ocurre, como su apoderado es Simón Casas, socio de Rafael García Garrido en Las Ventas, vendrá contratado a València por partida doble.

No estaría mal que mirasen las fotos del maestro Inclusero, llenas de irremediable verdad, proclamas de torería, furor de esa grandeza torera que sí conmociona. Porque la verdad torera sí conmociona. Eso para los que nunca saben nada.

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