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Testimonios

El día después de la política

Tocaron la cima del poder y ahora se dedican a ocupaciones más mundanas. Alejados de los focos de la primera línea de batalla, observan la realidad con otros ojos. Exaltos cargos y exdirigentes reflexionan sobre las penas y glorias de un oficio no apto para cardíacos.

El poder es tan efímero como adictivo, pero hay quien consigue desengancharse. Abandonar el servicio activo de la política significa acostumbrarse a que el teléfono ya no suene tanto como antes. Tu rostro deja de salir en los medios, te invitan a menos compromisos sociales y -para bien o para mal- te paran menos por la calle. Con un poco de suerte, te librarás de los odiadores profesionales que vuelcan sus frustraciones sobre ti en las redes sociales y podrás decir lo que te venga en gana sin la presión de los focos y sin el miedo a que te hagan un escrache. Los vacíos que dejan en la agenda los actos infumables del partido y las crisis institucionales los llenarás con tiempo para dedicar a tu familia, a tu carrera profesional o al deporte. Se acabó hacer campaña permanente. Es la nueva vida del político retirado. Levante-EMV ha hablado con una decena de exaltos cargos que saborearon la gratificante sensación de tener en sus manos la capacidad de transformar la realidad. Desde la atalaya del poder también sufrieron las frustraciones y decepciones de las batallas internas, de las puñaladas amigas o de las murallas burocráticas que les impidieron llevar sus proyectos a cabo. Aunque ninguno es rehén del cargo público, hay quienes repetirían la experiencia y quienes por nada del mundo volverían a las trincheras de un oficio no apto para cardíacos que despierta tantos odios como pasiones. En todo caso, están más relajados y lo demuestran a la hora de posar para la fotografía. La mayoría ya no cruza los brazos como suelen hacerlo los políticos: quizás sea una señal de que han dejado de estar en constante actitud de defensa.

"La tormenta en primera línea no te deja ver a los lejos"

Jorge Alarte, abogado. Exalcalde de Alaquàs, exsecretario general del PSPV-PSOE y exdiputado

Jorge Alarte (Alaquàs, 1973) cambió el escaño en las Corts por la toga de abogado tres años después de ser desplazado de la secretaría general del PSPV por Ximo Puig. En 2015 no consiguió la plaza en el Senado a la que aspiraba y se apartó de la primera línea sin hacer ruido. La alcaldía de Alaquàs fue su plataforma de lanzamiento: ocupó la vara de mando durante 10 años, hasta que decidió renunciar para erigirse en uno de los principales azotes del expresidente Camps. Corrían tiempos difíciles: la oposición tenía la sensación de «caminar en el desierto» frente a un PP cuyo dominio era incuestionable, la recesión arreciaba, los bancos caían y el PSOE se precipitaba a un abismo de inestabilidad y pugnas internas que terminaron robándole el liderazgo. A pesar de los «sinsabores», Alarte puntúa su experiencia en política con un grado de satisfacción del 90% y solo tiene palabras de agradecimiento para su partido. «Cuando uno se aleja en el tiempo, los recuerdos malos se disipan y se queda una sensación global muy positiva». La parte más desagradable, a su juicio, fue lidiar con la estructuras del poder y de los partidos, aunque aboga por desdramatizar y por no satanizar ese lado de la política. «Lo mismo sucede al dirigir una empresa. Todo conglomerado humano comporta eso». El abogado se siente especialmente «orgullloso» de haber contribuido durante su etapa «a la victoria del president», a quien aplaude por su gestión de la pandemia y por haber sabido tejer consensos de los que cree que en el conjunto de España deberían tomar nota. «Ha sido un ejemplo. Ha dado la cara, se ha entregado infatigablemente a la causa y ha crecido mucho en la sociedad valenciana. Encarna algo distinto para esta tierra y yo luché mucho para que fuera así», sintetiza.

Ahora que el panorama ha dado un vuelco enorme, ¿volvería Alarte a la política? «Aprendí que decir 'nunca jamás' es un error», reflexiona el aludido, abierto «a las posibilidades de la vida» aunque sea feliz siendo abogado. «A mis 46 años la vida da muchas vueltas. No digo ni sí, ni no».El exlíder del PSPV deja claro que en 2012 decidió dar un paso atrás, «pero no desaparecer». Desde entonces su actitud es de «colaboración» y «apoyo incondicional» a Puig.

Con los años, Alarte reconoce que ha recuperado objetividad. «Cuando estás en primera línea, la tormenta es todos los días, no ves claro a lo lejos. Ahora te fijas más, tienes más tiempo para pensar y he recuperado el hecho de ser más ciudadano y menos un actor político al analizar las cosas», profundiza. De su etapa como alcalde evoca la capacidad de transformar la realidad más inmediata y la vida de las personas. Lo recuerda cada vez que acude a su casa familiar de Alaquàs -ahora con más frecuencia- y observa aquel antiguo solar «inefable» lleno de coches junto a un colegio que, bajo su mandato, se convirtió en un lustroso parque.

"El sistema de partidos tiene fecha de caducidad"

Pere Mayor, expresidente e impulsor del Bloc y exdiputado autonómico

Pasará a la historia como el primer presidente del Bloc Nacionalista Valencià (BNV), una pieza fundamental en el levantamiento del proyecto de valencianismo progresista que hoy conforma una de las patas del Consell. «Fue una etapa muy dura, pero muy ilusionante. La viví como un reto personal y colectivo». Pere Mayor (Ontinyent, 1959) resume así los costosos trabajos para articular el movimiento nacionalista (primero con las siglas UPV) en la década de los 80, cuando el PSOE lo absorbía todo a golpe de mayorías absolutas a lo largo y ancho del territorio. Él no llegó a saborear los frutos del éxito. Solo vivió 8 años de cargos públicos: 4 como diputado y 4 como teniente de alcalde de Ontinyent. No le hizo falta más. En 2003 decidió abandonar la dirección y dar paso a otros, tras los malos resultados electorales. «Entonces era uno de los pocos dispuestos a ponerme al frente de la lista, sabiendo que no era nuestro momento, pero que teníamos un proyecto de futuro». Desde entonces, Mayor (licenciado en Historia) se ha dedicado al mundo empresarial y se ha ido alejando cada vez más del Bloc -aún es militante de base- en la medida en que tampoco le han reclamado. Hoy, experimenta un regusto agridulce con el proyecto que ayudó a edificar. Por un lado, Compromís ha conseguido gobernar en las principales instituciones, pero,por otro, el exdirigente se muestra un tanto desencantado porque cree que debería ejercerse una posición más fuerte y contundente en aspectos como el de la infrafinanciación. «La Generalitat está sumando cero, el comportamiento del Gobierno respecto al financiación es de menosprecio absoluto. Compromís debería plantar cara y poner una fecha. Si no, comienza a hacerse muy difícil compartir el Consell con el PSOE que gobierna en Madrid», sentencia. Y va un paso más allá: «Si en cuestión de meses no sacan trellat y solucionan la financiación, no entiendo qué hago en un partido que participa de esta pantomima».

Mayor vive con «cierta perplejidad» el momento político actual y califica de «desastrosa» la gestión de la pandemia o de la marcha del rey emérito por parte del Gobierno. Considera que el desprestigio de la política es «total» y ahuyenta a los más preparados y con más sentido común. «La sociedad lo pagará más caro a largo plazo». El exlíder valencianista cree que el sistema de partidos tiene fecha de caducidad. porque, cuando los proyectos crecen, la estructura pasa a ser más importante que el propio proyecto. Ahí donde surgen las envidias y rencores propios la condición humana, que señala como la parte más negativa de la política. Lo mejor: el bagaje impagable que proporciona. «Es un máster de la vida y de las realidades sociales y económicas», zanja .

"Ahora soy más tolerante con otras visiones"

Ascensión Figueres, exdiputada del PP, expresidenta de la AVL y vocal del Consell Valencià de Cultura

Ascensión Figueres (Nules, 1962) es una todoterreno de la política. A lo largo de casi tres décadas le ha dado tiempo a tocar prácticamente todos los palos. Comenzó su trayectoria como regidora y diputada provincial del PP y acabó de parlamentaria en el Congreso, después de haber pasado por las Corts y por la subsecretaría de la Conselleria de Educación. Entretanto, la filóloga recibió el encargo de poner en marcha una institución de referencia como la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL): fue su primera presidenta y bajo su mandato se pergeñó la gramática normativa o el diccionario ortográfico. Se pasó sus diez años en el cargo buscando el consenso entre dos posturas a priori irreconciliables en el difícil camino hacia la normalización de la lengua. «Fue mi mayor aprendizaje: tenía que encontrar puntos de confluencia para sacar adelante los textos normativos. Eso me ha ayudado a ser más comprensiva con los puntos de vista diferentes», mantiene Figueres. Lejos de quienes ven en la política una dedicación amarga y poco gratificante, ella asegura que de su experiencia solo guarda buenos recuerdos: conoció a gente maravillosa y vivió la satisfacción de cumplir demandas educativas.

Llegado el momento, asumió como algo natural que no iba a continuar en las listas y dio paso a otros compañeros, pero se mantiene muy vinculada al PP, como afiliada. «Llevo la gaviota en la frente», bromea. En 2018, su partido la propuso para ocupar uno de los asientos del Consell Valencià de Cultura, labor que compagina con su trabajo en el departamento de educación y normalización lingüística del Ayuntamiento de Onda, donde se dedica a corregir y traducir textos. Su paso por la diputación provincial le marcó especialmente. «En Castelló hay muchos pueblos pequeños y es muy bonito poder estar al lado de alcaldes y concejales que están por amor al arte, para mejorar la calidad de vida de la gente, aunque sea con pequeñas cosas», incide Figueres, que reivindica el papel de estas instituciones frente a quienes abogan por su desaparición.

A ojos de la expresidenta de la AVL, el clima político ha cambiado notablemente desde que comenzó. «Antes no existía esta crispación o exacerbación que hay ahora, no atacabas en lo personal y la crítica era más constructiva. El debate se centraba más en las ideas, pero hoy parece que todo vale». Aún así, se afana en negar que la política esté podrida. «La mayoría es gente buena que lo da todo, aunque hay casos que nos duelen más a nosotros que a nadie». La exdiputada cree que, en un momento como el actual, debería primar mucho más el consenso. «Los primeros que se deberían abrir son los que gobiernan. Si se cierran en banda y no escuchan las iniciativas de los otros, poco consenso puede haber», sentencia.

"La disputa partidista al final la paga el ciudadano"

Ricardo Peralta, abogado laboralista. Exdiputado en el Congreso y exdelegado del Gobierno

Cuando en 2010 fue relevado al frente de la Delegación de Gobierno de la Comunitat Valenciana, dijo que gobernar era una carrera de obstáculos. Ricardo Peralta (Bellvís de Jara, 1951) asumió hace una década que su etapa en el primer frente de la batalla política había terminado y volvió a su despacho de abogado laboralista. «Tenía clara la situación y la realidad a la que me enfrentaba y actué de acuerdo a ella», resalta. Hoy sigue formando parte del PSOE y se mantiene muy cerca de la arena política, pero desde otra dimensión mucho más reposada. «Lamentablemente, en un momento tan difícil en el que estaría tan justificado hacer frente común, lo que perciben los ciudadanos es la imagen del enfrentamiento y de unas críticas desproporcionadas», reflexiona sobre el presente.

Peralta inició su andadura en 1989 como diputado de Esquerra Unida en el Congreso. Después de diez años en el escaño, acabó integrándose en el PSOE, tras formar parte de la corriente crítica Nueva Izquierda, con Cristina Almeida. «El derrumbamiento del imperio soviético nos obligó a replantearnos muchos criterios a los que habíamos pertenecido a ese mundo ideológico», recuerda. La de Madrid fue una etapa «especialmente instructiva» que conformó su identidad política, muy diferente de la gestión posterior como delegado del Gobierno, que le permitió tomar contacto de los problemas más inmediatos de la ciudadanía y obtener «un conocimiento directo sobre la variedad, la complejidad y la riqueza» del territorio valenciano en todos los ámbitos. Eran los tiempos del plan E, la respuesta de Zapatero a la crisis de 2008, que Peralta pone en valor frente a los detractores. «Dio lugar a actuaciones muy numerosas de creación de infraestructuras y de puestos de trabajo en todos los municipios».

También fue una etapa muy convulsa, con las protestas en el Cabanyal en ebullición y el enfrentamiento constante con las instituciones autonómicas gobernadas por el PP como uno de los recuerdos más negativos. «El planteamiento que tenía el PP era levantarse cada día para hacer política y denunciar al Gobierno de la nación, como pasaría después en Cataluña. Es un verdadero desastre y una manera de perturbar completamente el sentido de la política», mantiene Peralta, que evoca las causas de corrupción contra exdirigentes de aquel Consell. «Enfrentamientos de ese tipo los pagan las fuerzas políticas que no terminan de entender su papel institucional y debilitan al sistema, pero sobre todo lo terminan pagando los ciudadanos, que requieren de unas instituciones coordinadas que cooperen entre ellas». La pandemia, sostiene, es una prueba de fuego para los políticos. «Deben dar más ejemplo que nunca».

"Dejaré la política el día en que me muera"

Albert Taberner, excoordinador de EUPV, exdiputado, excalde de Alaquàs y maestro jubilado.

AAlbert Taberner le gusta presumir de que tiene tres pueblos: nació en Aldaia, con 29 años se convirtió en el primer alcalde democrático de Alaquàs (por el PCE) y ahora vive en Alcàsser, con su mujer. Pertenece a la generación de jóvenes que luchó desde la militancia activa por transformar la sociedad durante el franquismo y nunca ha sido de apoltronarse en un lugar. Cuando el Partido Comunista entró en crisis, Taberner pasó a encabezar -en 1987-la lista autonómica de la recién nacida Esquerra Unida, formación que lideró durante 10 años. Hasta que las desavenencias con la dirección nacional de Julio Anguita y su política de las «dos orillas» le condujeron a fundar la corriente Nova Esquerra, que propugnaba un acercamiento y una mayor cooperación entre los partidos progresistas. «El tiempo nos ha dado la razón: se ha visto cómo la política de colaboración entre las izquierdas plurales se puede plasmar y es efectiva para mejorar la vida de la gente». Tras 20 años de representación en las instituciones, Taberner se vio sin suficientes apoyos y decidió alejarse de la primera línea para dedicarse a la otra pasión de su vida: la docencia. Dio clases en la escuela comarcal de Picassent hasta que se jubiló. «En política hay que saber cuándo hacerse a un lado. A veces la gente no sabe retirarse y la renovación generacional es determinante», reflexiona. A sus 70 años, una de las cosas que más le reconfortan ahora es cuidar de sus cuatro nietos, aunque eso no quiere decir que no siga colaborando de forma más sosegada con los partidos y a nivel sindical. «Cuando estás en cuarta fila dices tu opinión, a veces la cogen y otras no, pero comienzan a valorarte y es satisfactorio. Me preguntan si me he dejado la política porque ya no me ven en los diarios. La dejaré en el momento en que me muera y siempre intentaré contribuir a mejorar la sociedad», proclama. Toda una declaración de intenciones.

Taberner trata de difuminar esa visión denostada de la política que la retrata como una actividad «muy canalla» en la que siempre se está a la greña. «La defensa de las libertades, el progreso y el bienestar son cuestiones básicas que conciernen a todos los partidos. Sin política sería la ley de la selva», sostiene. El exlíder de EUPV no cree que haya otra fórmula más democrática que los partidos para organizarse, pero admite que su funcionamiento es imperfecto, como la vida misma, y que habría que reformular la toma de decisiones.

Aunque repitió como diputado en las Corts durante tres legislaturas, Taberner tiene muy claro que, políticamente hablando, no hubo otra etapa más satisfactoria para él que los cuatros años en los que fue alcalde. «Podías cambiar la vida de tu pueblo y ayudar a las personas a vivir mejor. Veías cómo tus acciones podían producir consecuencias favorables para la gente», rememora.

"Se necesita una vocación muy fuerte y yo no la tenía"

Pilar Pedraza, escritora y doctora en Historia. Exconsellera de Cultura bajo el gobierno de Joan Lerma

La escritora Pilar Pedraza (Toledo, 1951) solo estuvo en política dos años, tiempo suficiente para comprender que aquella vida no estaba diseñada para ella. El mismo día en que tuvo que dejar el cargo de consellera de Cultura tras la derrota del PSPV en las elecciones de 1995, decidió pasar página y volver a dar clases en la Universitat de València, donde era doctora en Historia. Desde entonces ha publicado doce obras de narrativa y una decena de ensayos. Aún aí, recuerda como especialmente intensa y provechosa la etapa en la que formó parte como independiente del gobierno del president Joan Lerma. Especialmente orgullosa se siente Pedraza del impulso que consiguió dar al teatro en territorio valenciano, como elemento «moderno y fundamental» de la cultura. Destaca la puesta en marcha la red Teatres de la Generalitat y la adecuación y creación de nuevas salas, junto a la activación del teatro de Sagunt, que «adquirió una vida intensa» bajo su mandato. Pero tuvo que lidiar con lo efímero del poder: en dos años y con un presupuesto muy limitado podía hacerse más bien poco. «Con el PP todo aquello se fue al garete. Quizás con otra legislatura podría haber consolidado muchas políticas culturales que teníamos en la cabeza» , lamenta.

Hubo cosas de su paso por el Consell que no le gustaron tanto. «Yo era la unica mujer del equipo y eso me colocaba en una situación a veces subjetiva de cierta inferioridad con respecto a cómo se comportaban mis compañeros hombres. Yo era la chica del grupo», apunta la escritora. «Ahora eso ha cambiado mucho, pero entonces éramos muy pocas y la suerte fue compartir trabajo con Carmen Alborch como ministra de Cultura. Hacíamos lo que podíamos», incide Pedraza.

Aterrizó en la conselleria en 1993 después de haber trabajado codo con codo con Lerma y Ximo Puig como asesora. «No tenía ninguna experiencia de gestión, pero se adquiere rápidamente si te pones las pilas», sostiene. Cuando se acabó la legislatura hizo las maletas y abandonó la política sin solución de continuidad. «Me dije a mí misma que no soy política, vi lo que es y no me interesó personalmente. Es necesaria una vocación muy fuerte y tener la fuerza de gestionar las cosas bien vengan bien o mal», profundiza. Desde la distancia, Pedraza muestra su apoyo a la gestión del actual Consell y se muestar esperanzada con el Gobierno de coalición, pero observa «demasiada crispación» y cainismo en el ámbito nacional. «La derecha no entiende lo que es España. La política española moderna y contemporánea tiene que ser de consenso y de colaboración, no de enfrentamiento y demonización de la izquierda», opina. «Como decía Machado, una de las dos Españas ha de helarte el corazón», remata.

"Lo peor es el maniqueísmo y la gestión de las vanidades"

Juan Carlos Moragues, exconseller de Hacienda y exdelegado del Gobierno del PP

El contacto con la gente y la capacidad de transformar la realidad y mejorar el bienestar general. Son los dos aspectos que Juan Carlos Moragues (Gandia, 1969) más valora de su paso por la gestión política. Los suyos no fueron puestos fáciles. Entre 2012 y 2015, como conseller de Hacienda bajo el gobierno de Alberto Fabra (PP), tuvo que lidiar con una situación financiera muy complicada, agravada por la Gran Recesión. Más tarde, fue elegido para suceder a Serafín Castellano como delegado del Gobierno, cargo que ocupó hasta la moción de censura de 2018, con un panorama económico más halagüeño. «Asumes mucha responsabilidad, pero es muy gratificante. Tienes una incidencia directa en la situación socioeconómica y pones tu granito de arena para construir una sociedad mejor y ayudar al bienestar de los más desprotegidos». A juicio de Moragues, «esa es la grandeza de la política y la parte más vocacional». «Todo cobra sentido cuando un desconocido te para por la calle y te reconoce tu labor», ahonda.

Cuando su partido se encaminó a las primarias, prefirió mantenerse al margen y no meterse en disputas internas, para volver a su actividad profesional en la Administración Tributaria. Ahora inspecciona empresas que facturan más de 100 millones de euros y participa en foros internacionales, tarea que compagina con la presidencia de la comisión de finanzas de la Cruz Roja valenciana, de forma altruista. Se considera «un espectador de lujo» porque conoce los entresijos de la política y, aunque no cierra la puerta a volver a la primera línea, tiene claro que no lo hará si ello implica pelearse con otros compañeros. «Hay momentos de asumir cargos de responsabilidad y otros de estar en segundo plano. El futuro dirá», aventura.

El exdelegado señala precisamente el maniqueísmo, la búsqueda de la destrucción del adversario y el populismo como los factores más negativos de la política, junto a la dificultad de algunos para gestionar sus ambiciones y vanidades. «Con el tiempo se ha ido agravando la confrontación y la polarización: la polémica continua, las provocaciones por doquier, los debates estériles respecto al interés general y el exceso de postureo hacen que la política se aleje de su objetivo, que es la gente, mejorar los servicios público y todo aquello que afecta a la persona de a pie», sostiene Moragues.

«Pacto frecuente, negociación permanente y consenso fundamental». El exconseller cita a Herrero de Miñón, uno de los padres de la Constitución, para reivindicar la necesidad de articular espacios comunes, ahora más que nunca, con la pandemia. «El marketing político, la estrategia y la publicidad no deberían estar por encima del leitmoviv de la gestión política», culmina.

"En política los odios se amplifican al máximo"

Fabiola Meco, exdiputada de Podemos. Profesora de la UV

En 2019 renunció a la propuesta de su partido para ser la número dos de la Conselleria de Justicia y regresó a la Universitat de València, donde había conseguido una plaza en propiedad. Fabiola Meco (Albacete, 1971), que antes de eso ya había descartado repetir un segundo mandato como diputada autonómica de Podem y sumergirse de nuevo en la batalla interna de las primarias, reconoce que se quedó «con ganas de mucho más», pero se muestra completamente segura de haber tomado la decisión acertada. «En un momento determinado, uno tiene que saber cuándo se abren determinadas puertas profesionales y debe salir por ellas».

Con sus «luces y sombras», Meco volvería a repetir la experiencia política, una etapa «apasionante y muy intensa de trabajos y aprendizajes» bien distinta del mundo del derecho del que procedía. Si en un futuro regresara al servicio público -cosa que no descarta- lo haría tomándoselo «como algo de paso», en ningún caso «como una profesión o algo estable». «Cuando te alejas del mundo político, de ese ruido tan de altura, pisar tierra firme viene bien. Hay que buscar los equilibrios profesionales y tratar de ser siempre útil», resume. La utilidad y la capacidad para transformar la vida es precisamente lo que más le atrajo de la vida parlamentaria. «Desde dentro se es todavía más consciente de las posibilidades que tiene la buena política y los resultados que provoca», expone Meco. Esa parte positiva, sin embargo, se ve en cierta manera ensombrecida por el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, con el que la exdiputada se muestra extremadamente crítica. «La vida interna de los partidos es lo peor de la política», enfatiza. Esa rivalidad a nivel orgánico «es común a todos y no tiene siglas ni colores» porque, a su juicio, «en política, los apellidos y los odios se amplifican a la enésima potencia». Para Meco, «la democracia interna brilla por su ausencia, tanto en los partidos nuevos como en los viejos». Es la gran asignatura pendiente. En cualquier caso, la profesora universitaria tiene claro que lo que aleja a la gente de la política son las confrontaciones estériles, los debates que no llegan a ninguna parte, los problemas que se enquistan y tardan décadas en solucionarse y, por su puesto, los casos de corrupción. «La apatía del votante es producto de que los partidos no afrontan las temáticas necesarias o no llegan a acuerdos en temas cruciales», apunta.

En plena crisis sanitaria, Meco detecta confrontaciones «para nada proudctivas», que desembocan en «un desgaste valorado muy negativamente por la ciudadanía». «Uno espera que los políticos sumen y que remen en la misma dirección y no que se tiren los muertos o la gestión a la cabeza: se nos va la vida en ello», apostilla.

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