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"El juego hizo que quisiera acabar con mi vida"

Consiguieron detener su adicción al juego y ahora ayudan a otros a superarla

Vicente y David superaron su adicción al juego.

Vicente y David superaron su adicción al juego.

La pandemia ha favorecido el auge de los trastornos ocasionados por las apuestas ‘online’ entre una población con un perfil cada vez más joven, atraída por el dinero y acostumbrada a encontrar en las nuevas tecnologías una vía de escape a la realidad. Deudas inasumibles, familias rotas y alteraciones del comportamiento sumen a los afectados en una espiral de autodestrucción. 

Deudas astronómicas, robos, mentiras, estafas, microcréditos, amenazas... La espiral de autodestrucción en la que se vio envuelto Vicente por su adicción al juego alcanzó su cénit un jueves, cuando la idea de estampar su coche contra un camión comenzó a apoderarse de él en pleno viaje de trabajo. Su vida se había vuelto ingobernable. «Veía una pared negra delante de mí. Quise dejar de padecer y acabar con todo», recuerda, como quien ha repasado el mismo episodio miles de veces. Su impulso suicida se detuvo en cuanto pensó en el legado que iba a dejar a su mujer: sus cuentas bancarias estaban a cero. David, en cambio, tomó conciencia de que tenía un grave problema cuando se vio pidiendo dinero para poder coger un autobús pese a tener un buen sueldo. «Mi mujer no entendía por qué no llegábamos a final de mes y por qué desaparecían cosas de casa. Solo vivía para jugar: hice una lista de 6 páginas con la gente a la que debía dinero», cuenta. Vicente y David recuperaron hace años la normalidad en sus vidas gracias al apoyo de sus esposas y de Jugadores Anónimos, una confraternidad de apoyo mutuo desde la que ahora ayudan de forma voluntaria a otros jugadores a superar la adicción. Les invitan a participar en los grupos de terapia, escuchan sus historias a través de un teléfono 24 horas y relatan sus experiencias, siempre conscientes de que la próxima apuesta «puede estar a la vuelta de la esquina».

El espacio de reunión de Jugadores Anónimos, en València. germán caballero

El 90 % de quienes acuden a Jugadores Anónimos lo hacen movidos por problemas económicos. Con la pandemia han ganado terreno los casos de jóvenes -y no tan jóvenes- con un alto grado de dependencia a las apuestas online. «Hay auténticos dramas de chavales que lo pierden todo y arrastran a sus familias con ellos», lamenta Vicente. Sobre el repunte del juego a través de plataformas digitales también alertan dos de las principales asociaciones que luchan contra la ludopatía en la Comunitat Valenciana: Patim y Vida Libre. «Está afectando a colectivos más vulnerables dentro de la gente joven», apunta Francisco López, sociólogo y director de Patim. Entre las causas, el experto pone el foco en el bombardeo de publicidad «agresiva» que ha vuelto a las pantallas y a los eventos deportivos tras la tregua del confinamiento, a la espera de que el Gobierno apruebe un Real Decreto que prohibirá en buena medida su difusión.

Especialmente peligrosos son los anuncios que invaden las redes con mensajes seductores, hasta el punto de regalar al usuario dinero a cambio de que comiencen jugar. Antonio Castaños, psicólogo al frente de Vida Libre, observa un porcentaje de recaídas superior al habitual tras el estado de alarma entre personas que habían dejado de apostar por el cierre de bingos y otros locales. «Se puede confinar a las personas, pero no las adicciones», resume. En un escenario restrictivo en el que se han limitado las relaciones sociales y el ocio, el riesgo de adicción entre quienes ya eran propensos al juego experimenta un auge, según Castaños. La permisividad en el acceso de los menores a las apuestas, la normalización, la precariedad juvenil y la fácil disponibilidad de herramientas digitales para jugar rápido, fácil y en cualquier parte son factores añadidos. «La juventud de la covid se ha encerrado en casa y el juego es un refugio, una vía de escape de la realidad. Muchos buscan un beneficio económico, una forma de ganar dinero en contextos desfavorecidos», ahonda Francisco López.

"Se puede confinar a las personas, pero no las adicciones. El porcentaje de recaídas tras el estado de alarma ha sido superior al habitual"

Antonio Castaños - Psicólogo y director de la asociación Vida Libre

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Las consecuencias del juego compulsivo son similares a las de otro tipo de adicciones y se manifiestan en alteraciones psicólogicas y físicas de la conducta, pero también en trastornos y en una desestructuración a nivel social que suele desembocar en problemas legales derivados de las deudas. Castaños incide en que el entorno familiar es vital para prevenir los abusos al juego en la adolescencia, sobre todo cuando se perciben señales como la inestabilidad emocional, el mutismo, las mentiras o las ocultaciones. «Hay que estar atentos al tema del dinero: si no se sabe muy bien adónde va o si han desaparecido cosas de casa. Poder hablar con los hijos abiertamente de la cuestión es fundamental», recalca el psicólogo. El 30 % de las personas con adicción al juego que atiende el colectivo Vida Libre empezaron a jugar siendo menores. «La media de edad ha disminuido de los 40 a los 30 años. En torno al 30 % de las deudas ocasionadas por el juego son inasumibles y hay un porcentaje amplio en riesgo de exclusión social», avisa Castaños. Un reciente estudio del Consell Valencià de la Joventut y la Universitat de València constató un aumento notable de «juegos peligrosos» y apuestas desde el móvil durante el confinamiento. Otro motivo de alerta tras el informe es que dos de cada tres jóvenes que apuestan tienen un problema real de adicción.

Las asociaciones valoran los «avances extraordinarios» que suponen las nuevas leyes autonómicas y estatales, pero avisan de que todavía quedan asuntos pendientes por resolver. Vida Libre pide que se mejore el control sobre el acceso al juego de los autoexcluidos. Y que los titulares de cuentas bancarias reciban alertas al móvil cada vez que se haga un pago con su tarjeta relacionado con el juego. Patim también aboga por ir mucho más allá en la regulación. «No basta con prohibir, es necesario educar y para eso hace falta invertir mucho más en una política de juventud que haga que los jóvenes adquieran nuevos valores y compromisos para enfrentarse a la realidad», mantiene López.

Javier, de 25 años, llegó a gastarse 1.500 euros en una tarde de apuestas con dinero que en buena medida había soplado a sus padres. «Dejé de ir al instituto. Siempre perdía, pero no le daba importancia: tenía la esperanza de ganar y sentir lo que había sentido la primera vez», relata. Cuando ya no pudo sostener más la espiral de mentiras, decidió ponerse en manos de especialistas y seguir los pasos de la terapia.

A fuerza de abstinencia y control al milímetro del dinero que llevaba encima, David consiguió salir del agujero en el que se había sumido. «Al principio me costaba tener que justificar hasta un café, pero ahora mi vida es otra. Valoro mucho más el dinero», sostiene. «Fui a la primera reunión de grupo y aluciné porque vi a gente sonriendo y contando chistes. A diferencia de ellos, yo aún jugaba. En aquel momento quería desaparecer, pero alguien me dijo que me diera una oportunidad. Llevo 30 años dándomela. Muy loco tendría que estar para volver a jugar», sentencia Vicente. Su testimonio brinda ahora un rayo de luz a quienes luchan por rehabilitarse.

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