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El pasado inspira la ciudad del futuro

La sacudida del coronavirus ha hecho estallar multitud de debates, entre ellos el de qué ciudad queremos y hacia dónde vamos. Una idea toma fuerza: las urbes del futuro se parecerán mucho a las del pasado.

Construcción de nuevos edificios
en la zona de la antigua huerta de Malilla,
frente al Hospital La Fe. germán caballero

Construcción de nuevos edificios en la zona de la antigua huerta de Malilla, frente al Hospital La Fe. germán caballero

Con la pandemia hemos descubierto que nuestras casas son pequeñas, que muchas no tienen ni siquiera balcones para oxigenarse un poco o que otras no están preparadas para convertirse en un espacio de trabajo. El gran descubrimiento de este maldito periodo marcado por el coronavirus ha sido el teletrabajo; estaba ahí, pero nadie lo implementaba. La crisis sanitaria nos ha hecho ver que las aceras de las calles son estrechas, que las zonas peatonales son la excepción en un océano de asfalto dominado por el coche y que nos faltan pequeños pulmones verdes cercanos. También que se puede encontrar de todo en los comercios de siempre del barrio, aunque cada vez queden menos. La covid-19 nos ha abierto los ojos de muchos problemas y aspiraciones que permanecían soterradas por la vorágine diaria, entre ellas cuál es la ciudad que queremos en un futuro.

Pero, ¿es la pandemia del coronavirus un detonante suficientemente potente para que propicie un cambio sustancial en nuestras ciudades? Abre el fuego Luis del Romero, doctor en Geografía y profesor de la Universitat de València. «Más que un cambio histórico, yo creo que estamos en un cambio de tendencia en las ciudades. Desde el coronavirus nos hemos dado cuenta de que las ciudades tienen un componente inhabitable, porque no todo el mundo tiene las condiciones adecuadas para confinarse en casa, o incluso confinarse dentro de un municipio», explica este especialista en despoblación.

Para Rosa Pardo, arquitecta y directora general de Política Territorial y Paisaje, la pandemia puede ser «un pretexto muy útil para que alguno de los cambios, bien enfocados, produzcan una transformación verdadera de la ciudad y el paisaje». Pero advierte: «A pesar de la coyuntura y de los avances tecnológicos, no podemos transformar radicalmente la ciudad». Aun más cautelosa se muestra Eva Álvarez, también arquitecta y docente en la Universitat Politècnica de València. «Veo precipitado aventurar un cambio, aunque algunos sí se producirán, como por ejemplo los que tengan que ver con la sostenibilidad; ya nos hemos dado cuenta de que ciertas reuniones pueden ser por videoconferencia y trabajar desde casa», explica.

De teletrabajo, precisamente, se ha doctorado en la vida David Blay, periodista y asesor en la materia. «Llevo teletrabajando desde 2007, escribí ¿Por qué no nos dejan trabajar desde casa? en 2014 y en 2019 di mi primera charla institucional invitado por Colombia. Pero 13 años dando la paliza no han supuesto casi nada en comparación a lo que sucedió en marzo del año pasado: la gente pasó de trabajar en una oficina a hacerlo en casa y se demostró en un día que sí se puede», argumenta el periodista valenciano. Con todo, tampoco aventura un cambio inmediato «porque persiste cierto miedo entre el empresariado», pero se atreve a pronosticar: «Si somos capaces de extender los coworking, la movilidad cambiará mucho».

Las ciudades del futuro han de adaptarse al entorno; en Benicalap hay un claro ejemplo junto a la huerta. G.CABALLERO

Rosa Pardo, sin embargo, matiza que el teletrabajo puede beneficiar a un sector muy concreto de la población y que en el futuro otras muchas tareas «seguirán siendo de forma presencial». Además, Del Romero ve otra perversión: «Con el tema de teletrabajo parece que hay un cierto movimiento de salida de las ciudades hacia las coronas metropolitanas, ya estamos comprobándolo en los movimientos inmobiliarios y la revalorización de los adosados».

La siguiente pincelada la pone David Estal, arquitecto y asesor del alcalde de València, Joan Ribó, quien recuerda que del teletrabajo «ya se hablaba en el posmodernismo». Estal introduce el concepto de regresar, en cierto modo, a lo que nos ha enseñado el pasado. «La pandemia, más que diseñar una mirada de futuro, está corroborando las miradas que hace años se tuvieron del futuro. Se subrayan conceptos de proximidad en las ciudades medianas, como todas las valencianas, y sobre todo se habla de movilidad sostenible y recuperación de espacio público, mirando hacia el patrimonio natural del ámbito periurbano. Así, la ciudad del futuro es un poco la del pasado, y la proximidad surge como efecto a la globalidad», analiza.

Decadencia del urbanismo funcional

El concepto de proximidad que quieren recuperar las ciudades choca con el «urbanismo funcional» que durante tantos años ha campado a sus anchas. Lo explica Luis del Romero: «Los modelos como el polígono Vara de Quart de València, la Ciudad de la Justicia, los centros comerciales e incluso los campus universitarios están en entredicho. Es verdad que la pandemia ha supuesto un aumento exponencial del comercio electrónico, pero al mismo tiempo grandes cadenas comerciales están apostando por abrir de nuevo pequeñas tiendas dentro de las ciudades porque tienen claro que cada vez hay menos gente que va a pasar la tarde al centro comercial. Desde mi punto de vista, el urbanismo funcional puede palidecer».

En este sentido, la arquitecta Eva Álvarez lanza más «un deseo» que un presagio cuando afirma: «Los centros comerciales y los distritos de oficinas los controla el gran capital, pero sería deseable que estuvieran en decadencia, sobre todo porque son espacios que no tienen cohesión social. Vemos ya que en Estados Unidos están cerrando centros comerciales y haciendo viviendas en su lugar». Por su parte, David Estal señala que hasta ahora llamábamos urbanismo funcional «a aquel que ha zonificado los espacios de trabajo, los de vivir y de ocio, porque no se mezclaban, y eso provocaba que los colegios, las zonas deportivas o zonas verdes no estaban de camino a casa».

En el mar de las ideas para el futuro emerge una con fuerza, «diseñar a escala de barrio», como explica Rosa Pardo, porque «facilita la autonomía de cada una de las personas y reequilibra las dotaciones para que estén cubiertos en todos los barrios». París ha hecho popular el eslogan de «la ciudad de los 15 minutos», es decir, que cualquier ciudadano tenga cubiertas sus necesidades en un radio de 15 minutos andando o con transporte público. «Esta idea se inspira en cómo eran antes los pequeños pueblos o barrios de los años 60 o 70. En tu barrio lo podías encontrar todo», resume David Blay, el especialista en teletrabajo. La arquitecta Eva Álvarez amplía la visión: «Se trata de hacer una ciudad policéntrica. La proximidad es necesaria por cuestiones de sostenibilidad y porque facilita el cuidado de las persona, en el más amplio sentido de la palabra». Pero Álvarez advierte de que este diseño no puede ser cerrado, sino que debe ser conectado. Idéntica idea comparte la alto cargo de la Generalitat Rosa Pardo, que afirma: «Las ciudades han de funcionar en red, los barrios se pueden complementar y compartir servicios».

Quien no tiene tan clara la idea es el geógrafo Luis del Romero. «La lectura de la recentralización en los barrios no la veo del todo, porque tenemos una ciudad que está ya construida, con muchos parques de oficinas, centros comerciales, polígonos, etc.», recuerda. Así pues, sugiere que «más que construir, hay que reconstruir lo que tenemos». En esta línea, Pardo insiste en que las ciudades que veremos en 20 o 30 años «ya no pueden funcionar por zonas de trabajo, de ocio o de residencia», porque cree que es un modelo caducado. «Necesitamos un diseño con diversidad de usos, donde domine el público, los desplazamientos en bicicleta, o a pie, es decir, proximidad. Facilitar la autonomía de cada una de las personas, se ha de resolver de manera inmediata, reequilibrando las dotaciones», añade.

La otra gran aspiración de futuro es hacer, no solo ciudades más habitables, sino viviendas en consonancia. El arquitecto David Estal explica que el hogar «es el refugio de la persona, de la familia, donde te sientes cuidado». «Basándonos en esto, lo primero que se necesita es espacio. Ya hemos visto que la cocina no va a ser espacio cerrado para la mujer, sino un espacio abierto para todos, más cómodo. También queremos vivir en nuestras casas, pero también compartir espacios comunitarios y confortables». En el futuro, considera, «hay que abordar una normativa de mínimos, que garantice más espacio». En ese sentido se entienden propuestas como las que se han lanzado estos meses para garantizar que los pisos siempre tengan un balcón o terraza, tras el mal trago del confinamiento domiciliario. Y otra reflexión más: «Hemos hecho demasiados edificios cerrados y nos hemos dado cuenta de que muchas cosas se pueden hacer al aire libre, y esto es más una idea del pasado que del futuro».

Los otros dos retos que son inaplazables

Los otros dos retos que son inaplazables


Muchos expertos aseguran que el gran reto al que se enfrentan las ciudades del futuro no es cómo diseñarlas, sino cómo adaptarlas al cambio climático, que ya es una realidad en el Mediterráneo. «Va a haber un momento en que las aseguradoras ya no van a cubrirte si vives cerca del mar, porque son conscientes de los efectos del cambio climático, con habituales DANA, aumento del nivel de mar o episodios de sequía. En ese sentido deberíamos pensar en desmontar la ciudad que tenemos y llevarla a otro sitio, como le sucederá a la Casbah, la urbanización junto al mar en El Saler. Por eso insisto en la idea de que es más importante reconstruir la ciudad que construirla», señala el geógrafo Luis del Romero. Coincide en la visión la arquitecta Eva Álvarez: «Ojalá nos tomemos en serio el cambio climático, es vital. Para ello el tráfico rodado se tiene que reducir a un 10 % del actual, disminuir radicalmente el transporte privado, y hay que priorizar los desplazamientos peatonales y en bicicleta. Además necesitamos plantar arbolado, mucho más que el actual, con acciones decididas». Otra cuestión inaplazable es que las ciudades han de ser para todos. Luis del Romero tiene malas vibraciones al respecto: «Mucho me temo que se va a consolidar mucho el modelo de la ciudad a dos velocidades. Por una parte, la guay, la turística, la de los carriles bici y los grandes parques, y por otra, la pobre, la que seguirá sin servicios ni vivienda digna». «Se piensa mucho en mejorar la ciudad, pero no en mejorar la de los más vulnerables», se lamenta Eva Álvarez. La arquitecta Rosa Pardo, como parte de la actual administración autonómica, añade que este es otro gran reto: «Tenemos que garantizar el derecho a la vivienda a todas las personas, sin mercantilizarlo, porque todos tenemos derecho a vivienda digna».

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