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España. Deriva preocupante

La política muestra una deriva preocupante en España. Sobra retórica intransigente y falta voluntad de acuerdo

España. Deriva preocupante

España. Deriva preocupante

Durante mucho tiempo España era el problema y Europa la solución. Más tarde España fue el mayor éxito de la Unión Europea. El riesgo ahora es que España se convierta en uno de sus mayores problemas. Sin embargo, podría ser una buena oportunidad para consolidarse como uno de los pilares fundamentales de una UE que, tras el Brexit, necesita alguna incorporación sólida que complete el eje Alemania-Francia. Italia y España deben ser esos pilares complementarios. Depende en gran medida de nosotros. En Europa sigue residiendo parte de la solución pero lo esencial es que nosotros como comunidad política seamos capaces querer solucionar nuestros problemas.

España es un Estado social y democrático de derecho con muchísimas luces pero con algunas sombras entre las que destacan la polarización política, las tensiones territoriales, la baja calidad institucional, el riesgo de bloqueo político e institucional, el gran déficit de gobernanza y la imposibilidad de construir consensos en torno a los grandes desafíos colectivos.

En primer lugar, la política está mostrando una deriva preocupante en España. Sobra retórica intransigente y falta voluntad de acuerdo. La política se separa, se aleja, de las preocupaciones de una amplia mayoría de la sociedad española y eso es tan irresponsable como peligroso. La mejor muestra la tenemos en el tono de muchos parlamentos o en la irresponsable frivolidad demostrada con el impulso de mociones de censura, y la reacción posterior, en mitad de la mayor crisis económica y social que hemos conocido. La mala política es ahora el problema, así lo reiteran los ciudadanos en las encuestas, y en otra política está la solución. La extrema polarización, el pensamiento táctico y la retórica vacía son nuestros mayores adversarios. Por contra, nuestros mayores aliados deberían ser los acuerdos en torno a políticas concretas y a una agenda estratégica. Si la política no ofrece soluciones a los ciudadanos nadie debe extrañarse de que muchos ciudadanos den la espalda a partidos e instituciones y manifiesten su hartazgo en forma de abstención. Las nuevas geografías del malestar generan estallidos de indignación, también generan miedos, explican el repliegue en nuestras sociedades y la pérdida de apoyo a los partidos tradicionales y se identifican con opciones populistas aparentemente «antisistema». La llamada «nueva política» no ha sido capaz de ofrecer soluciones pero la inseguridad, la incertidumbre y el temor al futuro persisten en el ánimo de millones de españoles.

En segundo lugar, necesitamos una idea básica compartida de España para impulsar políticas. Sin una idea no hay posibilidad de acuerdo y si no hay acuerdo no hay un camino. El acomodo de nacionalidades y regiones es una ecuación histórica difícil pero ineludible. Más sencillo sería abordar nuestro déficit de gobernanza territorial. España es un Estado funcionalmente federal sin cultura federal. La experiencia demuestra que no sabe, no quiere, ser federal y ya no estoy seguro de si puede. La gestión política de la pandemia lo ha evidenciado y la puesta en marcha del ingreso mínimo vital o las ayudas directas a las empresas son el mejor ejemplo de nuestra deficiente concepción de la cogobernanza.

En tercer lugar, la polarización, el bloqueo y el déficit de gobernanza dificultan la gobernabilidad e impiden que parlamentos y gobiernos se ocupen de lo importante. Los retos que tenemos son formidables y requieren de grandes compromisos y acuerdos políticos: un país que se aleja de nuevo de indicadores medios de la UE, con escaso margen de maniobra a causas de nuestro endeudamiento, envejecido, con elevados niveles de desempleo estructural, especialmente entre los jóvenes, muy dependiente de sectores productivos con baja productividad y bajos salarios y muy vulnerable por su excesiva dependencia del turismo de masas como la pandemia ha evidenciado. La agenda hace mucho tiempo que está clara: cambio climático, calidad institucional, productividad, innovación y transición digital, temporalidad, bajos salarios y precariedad, vivienda pública y de alquiler, pobreza y exclusión social, envejecimiento, despoblación rural, gobernanza metropolitana. También lo urgente: personas en situación de pobreza severa y riesgo de insolvencia de empresas y autónomos.

Afrontamos varias crisis superpuestas que la Unión Europea no nos va a solucionar. Tampoco podemos fiarlo todo a los fondos europeos. Urge un cambio de rumbo. Antes de que sea demasiado tarde.

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