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Lo que queda de Greta

La crisis sanitaria alejó el foco del fenómeno Greta Thunberg y de un incipiente activismo ambiental que ahora trata de resurgir. Los más jóvenes aseguran que se preparan para retomar sus protestas contra el cambio climático, cuyos efectos empiezan a ser una realidad.

LO QUE QUEDA DE

Greta Thunberg cumplió la mayoría de edad a principios de año alejada del primer plano mediático por la pandemia. La joven sueca, icónico estandarte de un nuevo ecologismo, mantiene sin embargo el tirón en las redes sociales, con 4,4 millones de seguidores en Twitter y más del doble en Instagram. Lo que queda ahora, tres años después de su meteórica irrupción, es aquel incipiente activismo ambiental que trata de resurgir no sin fuertes obstáculos. El movimiento Fridays For Future ha vuelto a convocar este mes movilizaciones en alrededor de setecientas ciudades de unos sesenta países. En València, Alicante y Castelló sus seguidores aguardan el fin de las restricciones sanitarias para salir del obligado letargo. Miguel Angel Bauset, uno de los portavoces de FFF, cree que a la juventud del movimiento se ha sumado la crisis sanitaria, que les ha cortado las alas y ha desviado el punto de atención. «Estamos en la fase de estabilización, pero no inactivos», asegura. «Aunque no hayamos salido a la calle, seguimos planeando acciones para volver con más fuerza», avanza. «En otros países o autonomías se han retomado las protestas, pero las limitaciones son distintas en función de los territorios y hay que adaptarse», esgrime. Y lamenta que en este largo año no se haya hecho mayor énfasis, si cabe, en que la eclosión del virus de la covid está relacionada con la destrucción de los ecosistemas naturales, desgrana entre clase y clase de segundo de Bachillerato Artístico.

Para Bauset, los pasos que ha ido dando el Gobierno de España son claramente insuficientes en la reducción de gases de efecto invernadero. Al Botànic, por su parte, le reprocha que no esté cumpliendo lo prometido en su día. Se refiere al momento en que a finales de 2019 todos los partidos del arco parlamentario valenciano se sumaron al Compromiso Político por el Clima, suscrito en el Consell Valencià de la Joventut con Fridays For Future, para reclamar «mayor acción por parte de los gobiernos y representantes políticos para hacer frente a este desafío». «No puede ser que nos digan que quieren ser sostenibles y no tomen una posición clara al respecto de la ampliación del puerto de València, por ejemplo», relata, para acto seguido espetar: «Tiene que haber una mayor inversión en transición energética y cambio climático».

«Somos estudiantes, no podemos hacer leyes, pero sí salir a las calles y presionar a los gobiernos y decir que queremos vivir», reivindica. Su compañero David Adrià es sincero y lamenta la falta de mayor consistencia en un asociacionismo que no acaba de echar raíces. El coronavirus, además, ha aumentado el desgaste psicológico. «Algunos hemos aprovechado este parón para adquirir mayor formación», señala este joven de Alaquàs, inmerso ahora en un doble grado de Politología y Sociología en la Universitat de València. Por el momento no contemplan las concentraciones los viernes. «No tenemos fuerza aún y la incidencia de la covid no lo permite tampoco», señala. Al igual que Bauset, cree que la clase dirigente, tanto la española como la autonómica, no se ha implicado con el grado que requiere la salvaguarda de un planeta. «No han hecho lo suficiente», comenta. Punto en el que recuerda la interrelación entre la crisis sanitaria, el factor climático y la zoonosis. A la Generalitat le reprocha que anunciara una ley de Cambio Climático y Transición Ecológica «pero siga adelante el proyecto de la V-21 a costa de la huerta o el PAI de Benimaclet». «Son cosas que se han de revisar».

Casi en paralelo al nacimiento de Fridays For Future, a finales de 2018 emergía Extinction Rebellion con el objetivo de influir en los gobiernos y las políticas medioambientales globales mediante la resistencia no violenta. Su mensaje es claro: minimizar la extinción masiva y el calentamiento global. A través de la desobediencia civil pacífica, como recalca Michèle Sanniti, se manifiestan en contra del deterioro de los hábitats y de la humanidad. Sanniti es una escocesa que vive ya veinte años en España, profesora de inglés y madre como se presenta, y que recalca que la sociedad necesita fenómenos como XR «porque los líderes políticos han fallado». «En los últimos treinta años se han celebrado veinticinco cumbres del clima, con el objetivo de reducir las emisiones de CO2, pero en vez de rebajar han aumentado un 60 %, es vergonzoso y un disparate», enfatiza.

Una resistencia no violenta

Si hace solo unas semanas protestaban con pancartas frente al consulado de Noruega en València por el trato dado por el gobierno nórdico a sus homólogos ambientalistas de aquel país, el sábado pasado se concentraban frente al Tribunal de las Aguas para reclamar el fin de la especulación con el recurso hídrico, señalar la sobreexplotación, las sequías y los fenómenos extremos como inundaciones o danas provocados por el aumento de la temperatura del mar. Vestidos y pintados de azul, exigían «el fin de la privatización del agua, de su mercantilización y expolio, al tiempo que su recuperación como bien común».

Bajo el lema «Amor y furia», defienden que el único camino es alzar la voz y hacerse oír. «En un mundo justo, las manifestaciones, las peticiones de firmas, el trabajo de las ONG, las recomendaciones de los científicos serían suficiente para frenar una catástrofe, pero desgraciadamente no es el caso, así que tenemos que hacer algo diferente», asevera. Así, aboga «por la desobediencia civil, para tener una oportunidad de efectuar un cambio real y mantener a salvo al planeta», argumenta. «En un estudio realizado por Erica Chenoweth, politóloga de la Universidad de Harvard, confirma que no es solo una opción moral, también es la forma más poderosa de influir en la política mundial», explica.

En la misma línea se manifiestan Víctor García y Amanda Subiela, en las filas de XR también. Ambos reclaman «un cambio cultural» que permita el paso a un sistema sostenible. «Hay que decir la verdad y es que estamos en peligro de extinción si continuamos con este modelo económico». Recuerdan, además, que España será uno de los países más afectados por la emergencia climática. «No se puede vivir una vida buena con un planeta deteriorado». En cuanto a la «desaparición» de Greta Thunberg, Subiela admite que la pandemia mató el «momentum». «El virus paró movilizaciones sociales en todo el mundo y el reto ahora es poder continuar pese al contexto actual», comenta concentrada ahora en la diplomatura de Sostenibilidad, Ética Ecológica y Educación Ambiental en la Universitat Politècnica de València. «Es muy difícil tener un reconocimiento si no hay una movilización masiva», admite.

Víctor García aclara que Greta «es la punta del iceberg de la masa crítica, alguien que con su discurso supo catalizar y detonar la acción, pero la energía y el hartazgo con el business as usual están ahí». Mientras sueña con mudarse a la España vaciada, estudia Permacultura, Agricutlura Regenerativa, Aprovechamiento de Agua y Adaptación al Cambio Climático.

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