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Condenados a una juventud eterna

"Soñar es gratis, independizarse, no", afirma Paula. Ella, Irene y Álex forman parte de los miles de jóvenes valencianos que han sufrido en sus carnes y sus bolsillos los efectos de la pandemia. Abocados al trabajo precario y a una formación eterna, no ven fin a la juventud

Irene Morillo, Paula Blay y Álex Cantón, fotografiados esta semana en las calles de  Benimaclet (València).

Irene Morillo, Paula Blay y Álex Cantón, fotografiados esta semana en las calles de Benimaclet (València).

Quieren hacerse mayores pero el sistema no les deja. Los jóvenes valencianos anhelan emanciparse, vivir en sus propias carnes qué es un contrato fijo y una retribución acorde a las horas trabajadas y su preparación.

Comenzaron su carrera con la promesa de que la crisis financiera en la que habían sido conscientes por primera vez de la palabra ‘precariedad’ estaba llegando a su fin. Pensaban que tras la etapa universitaria -que empezó inmediatamente después del 15M- la situación laboral, social y económica habría revertido y su suerte sería diferente a la de la generación anterior, cuando por fin se abrieran las puertas al mundo.

Sin embargo, los años siguientes no fueron al alza y normalizaron esa precariedad que no es solo cosa de jóvenes. La llegada de la pandemia del coronavirus nubló un poco más el futuro que proyectaban en su horizonte los jóvenes valencianos. Al menos, ese fue el caso de Irene Morillo, Álex Cantón y Paula Blay. De 27, 24 y 23 años respectivamente, se vieron preparados para lanzarse a la piscina laboral y con la ilusión de empezar un proyecto de vida. Quieren hacerse mayores, pero el sistema no les deja.

La tierra prometida valenciana no ha sido lo que esperaba Irene cuando dejó Sevilla, su ciudad natal, hace un par de años para mudarse al cap i casal junto a su pareja. Lo hizo por amor, pero también con la convicción de encontrar las oportunidades que no había hallado en la capital andaluza. Para esta socióloga y politóloga con máster en Comunicación Política por la Universitat de València (UV), la covid ha supuesto el frenazo en seco más desmoralizador justo cuando las cosas le empezaban a ir bien. Pasó de trabajar y estudiar a no estar empleada, no tener derecho a paro y comenzar a prepararse unas oposiciones con el subsidio como único ingreso.

"Quiero estar segura de que cuando apruebe la oposición nunca más necesitaré el subsidio, pero ahora es el único ingreso del que dispongo"

Irene Morillo - Socióloga y politóloga, opositora al cuerpo de Gestión Civil estatal, 27 años

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Así lo explica. «Vine aquí a estudiar un máster y encontré un trabajo en una consultoría como recepcionista. Empecé en enero de 2020». Al mismo tiempo, Irene comenzaba a gestionar unas prácticas en un departamento de la UV. «Me plantearon posibles becas, tenía un trabajo que me permitía seguir formándome y poder aspirar a trabajar de lo mío. Las cosas por fin iban un poco mejor». 14 de marzo. Estado de alarma. La oficina donde trabajaba Irene cierra y la universidad cancela los contratos de prácticas. Estuvo varios meses sin cobrar, lo que le obligó a vivir de ahorros y del apoyo de los suyos. Pasaron los meses y la consultoría donde trabajaba no abría. Sin embargo, «les iba bien e incluso estaban contratando a gente». Tras casi un año en ERTE, el puesto de recepcionista dejó de hacer falta y en enero de este año no la renovaron. «Me lo vi venir y después de muchas entrevistas, comencé a opositar». «Es lo que más estable veo y ahora valoro más la estabilidad que cualquier otra cosa», dice.

Paula Blay, Irene Morillo y Álex Cantón Germán Caballero

Irene no tiene ingresos y tampoco paro. A falta de 50 días trabajados para hacer el año, al salir del ERTE se vio sin ningún apoyo económico aunque fuera temporal. Irene cobra el subsidio. «Soy consciente de que solo se puede cobrar una vez en la vida pero necesito tener algo de ingresos para pagarme la academia. Pienso y quiero estar segura de que cuando apruebe la oposición nunca más voy a necesitar el subsidio», apunta.

Energía y predisposición. Por su parte, Álex Cantón, como politólogo que es, responde a la realidad con una explicación lógica, con causas y consecuencias. ¿Soluciones? «No están en nuestra mano, nos queda apoyarnos entre nosotros», apunta, al tiempo que opina que «erramos al pensar que la crisis afecta solo a los jóvenes, es transversal». Para Álex, las recesiones encadenadas han afectado a toda la sociedad. Graduado en Ciencias Políticas y máster en Comunicación Política, se encuentra especializándose en Cooperación al Desarrollo. Trabaja como repartidor de comida a domicilio, una actividad que compagina con las clases, pero que acaba convirtiendo sus días en rutinas de 12 horas sin un salario seguro que le permita desarrollar su vida. Apunta al apoyo mutuo, a sacar fuerzas para reivindicar y tratar de dejar la desafección provocada por el hastío rutinario a un lado. «Los sindicatos siguen existiendo y podemos (debemos) apoyarnos en ellos siendo conscientes de que no somos culpables de esta precariedad».

"Soñar es gratis, independizarse no y durmiendo cuatro horas al día no llego ni a los 200 euros al mes"

Paula Blay - Abogada especializada en violencia de género, 23 años

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Álex no busca trabajar de lo que ha estudiado para cobrar «más». Estudiar es, dice, sinónimo a oportunidad, «pero sin que suponga que esté por encima de nadie pues hay quien se esfuerza igual pero no puede acceder a formación». Constancia, formación, pero ninguna oportunidad laboral. Apunta que ni siquiera sabe qué es un contrato fijo ni independizarse: «Me haría dependiente de los ingresos de otras personas pues solo puedo acceder (y ni siquiera ahora) a compartir piso». La motivación es muy baja. El momento, desolador. «Aunque me digan que tengo capacidades, que soy válido, yo no me lo acabo de creer».

Paula comparte esta sensación de inseguridad crónica.Viene con los tiempos. Dice ser sufridora del llamado «síndrome del impostor», pensar que nunca es suficiente, que nunca está ni estará a la altura para ejercer como abogada a pesar de llevar más de seis años formándose. «La falta de oportunidades incentiva el pensamiento. Si nadie te da oportunidad, te rechazan constantemente, llegas a pensar que no eres suficiente». Paula tiene casi 24 años y es graduada en Derecho. Con máster en Derecho y Violencia de Género y cursando el habilitante de abogacía, duerme entre tres y cuatro horas al día. Trabaja haciendo inventarios de grandes superficies comerciales de diez de la noche a tres o cuatro de la madrugada por cerca de 150 euros al mes. Le vale para pagarse sus cosas mientras viva en casa de sus padres. Tampoco se plantea irse porque sencillamente no puede. El contrato que más le ha durado ha sido de cuatro meses por lo que, al igual que Álex e Irene, tampoco conoce qué es tener estabilidad laboral.

"Debemos apoyarnos entre nosotros y ser conscientes de que no somos culpables de esta precariedad"

Álex Cantón - Politógo especializado en comunicación y cooperación, 24 años

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Su empleo actual, temporal por definición al venir de una Empresa de Trabajo Temporal (ETT), no alcanza ni a actividad a tiempo parcial: «Es muy inestable». Antes de que la pandemia de la covid alterara, aunque fuera un poco, todos los aspectos de las vidas de toda la sociedad, Paula trabajaba en una cadena de comida rápida. «Trabajaba de diez de la noche hasta nunca sabía qué hora, hacía horas extra cada día y tenía que faltar a clase... En febrero de 2020 me lo dejé porque mi salud mental no me permitía continuar con ese ritmo».

Y justo después explotó la bomba de contención pandémica que llevaba gestándose un par de meses. «No cobré ERTE, no tenía trabajo», cuenta. En septiembre comenzó con los inventarios. «Es triste que lo diga, pero sinceramente me alegro de tener algo. Es muy frustrante echar currículums durante meses sin que te contesten. Ahora al menos tengo algún ingreso y voy tirando». Con ese salario, dice, ni «sueña» con vivir sola. «Soñar es gratis pero independizarse no y con mi sueldo no tendría ni para una semana». Paula no tiene perspectivas a corto plazo, aunque aspira a encontrar una ocupación que le llene, trabajando con mujeres víctimas de violencia de género. Quiere estar del lado de la sociedad. Todos coinciden en que el momento no acompaña, pero rechazan la normalización de la precariedad. Llevan cogiendo impulso mucho tiempo, solo les queda que el mundo les deje lanzarse al océano de la vida y tomar, por fin, su propio rumbo.

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