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"Dejemos que pase lo que tenga que pasar"

La visita a Domingo Boscá, un exmagistrado de Llutxent que vive la enfermedad desde la serenidad y la aceptación, retrata el lado más satisfactorio de la unidad de paliativos.

¿Existe la buena muerte? Arturo Iranzo

"Haced lo que es dé la gana. Estáis en vuestra casa". Domingo Boscá recibe a los invitados en su casa de Llutxent con los brazos abiertos, aunque Pablo Flors supera la categoría de visitante. Forma parte de su círculo más estrecho, como un miembro más de la familia. «Domingo vive su proceso de enfermedad con una serenidad, una paz y unos recursos de afrontamiento descomunales. Eso le permite vivir su proceso con mucho sentido. A él le ayudan mucho su creencias religiosas», explica antes de atravesar la puerta.

Hace más de un año que Domingo fue diagnosticado de una neoplasia renal. El cáncer avanzó hacia las vértebras y los cuidados paliativos aparecieron en su vida. El paciente vive ahora con absoluta aceptación su enfermedad. Pablo hace una revisión general de su estado. Quiere tener todos los síntomas controlados. «Después de la radioterapia en la espalda veo que has perdido fuerza en las piernas, vamos a ver si es por efecto del tratamiento o podemos recuperarlo», le explica Pablo, sentado junto a su paciente, al que coge de la mano. «El dolor va cediendo, ahora voy a mejor y ha dado paso a una molestia».

Pablo indaga. Pregunta, responde y vuelve a preguntar. «Ahora llevas dos cosas para manejar el dolor, el ‘nolotil’ y la morfina. Veo que no te hace falta la pastilla de rescate, la de debajo de la lengua», le confirma en un ambiente tranquilo, de máxima complicidad. «Y duermo mejor, Pablo, que eso te preocupaba», añade el paciente. Entre los dos recuerdan el inicio del proceso. «Estabas hecho un ecce homo, ¿eh?», bromea el médico sobre la situación de Domingo en el hospital. «Yo dije luego: ‘Si me tengo que morir que sea en casa y cómo Dios quiera», exclama el exjuez, de profunda fe religiosa. «Yo soy un cristiano, pero no sé si un buen cristiano», bromea.

El diálogo entre doctor y enfermo extrapola los términos médicos y farmacológicos. «Yo estoy informado de todo por Pablo y gracias a eso puedo tomar decisiones. Si esto tiene que ir adelante, que vaya. Cada uno se muere cuando le toca, ¿no dices tú eso?», interviene la sobrina. «Sí, pero mejor por la vesprada»,responde entre risas su tío. «Cuando salí del hospital pensaba que esto iba a ir más rápido. Lo tenía todo controlado y cerrado, había entrado ya en una zona de descanso», apostilla.

«¿Cuál sería ahora su preferencia, Domingo?», pregunta Pablo. «Si dijese curarme, no estoy seguro de que fuese esa. Yo soy paciente, estoy a verlas venir. Eso es lo que me da serenidad y calidad de vida. No puedo estar pensando en resultados hipotéticos o expectativas que no son reales. Dejemos estar y ya vendrá. Lo que soy es un paciente agradecido», señala antes de explicar cómo disfruta con las películas de suspense.

Domingo es el retrato de las diferencias entre vivir el proceso de enfermedad en los pueblos y las ciudades. «Se muere peor en las ciudades, donde vivimos de una forma atomizada. En el ámbito rural hay un sentido comunitario de la vida mucho más arraigado: morir en compañía de los vecinos, con las puertas abiertas, para que entren en nuestro ámbito más íntimo. Incluso, los ritos de paso que llaman los antropólogos, como los velatorios o el pasillo al cementerio, eso da mucho sentido a las familias y eso mejora mucho el duelo», explica Flors. La idea está explicada de forma brillante la exposición «Faltar o morir» en la Beneficiència de València, comisariada por Raquel Ferrero i Gandia e impulsada por el Museu Valencià d’Etnologia.

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