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Antonio Scurati: "Liquidar la figura de Mussolini como un fantoche implica una soberbia tonta"

El escritor italiano publica "M. El hombre de la providencia", segunda entrega de su ciclo novelístico sobre Benito Mussolini. Nada como remontarse a las fuentes para no dejarse manipular por los movimientos populistas, dice. La novela es toda una advertencia

El autor italiano Antonio Scurati,  en una reciente visita a  Madrid. josé luis roca

El autor italiano Antonio Scurati, en una reciente visita a Madrid. josé luis roca

¿Por qué una novela sobre Benito Mussolini que se atiene rigurosamente a los hechos y no un ensayo?

La novela es la forma literaria más democrática. No requiere ningún requisito previo por parte del lector para acceder a ella. Admite a todos sin distinción de género, edad o estudios desde una forma inmersiva, pasional y emocional. En este caso, cientos de miles de lectores de cualquier orientación política han podido enterarse de lo que fue el fascismo y de quién fue Mussolini.

Supongo que en un tiempo de blanqueamiento del fascismo como este, parece más necesario que nunca saber qué fue exactamente.

Sí. La saga surge de la constatación de ese cambio histórico en la conciencia colectiva que se ha producido en estas últimas décadas sobre la democracia, el fascismo y los enemigos de la democracia. Hasta hace poco habría sido inconcebible un libro como este que utiliza a Mussolini como protagonista porque regía un antifascismo respaldado por las víctimas de esa ideología, personas que luego fueron los padres de nuestra Constitución. Pero ese antifascismo militante ha sufrido un gran declive.

Y muchos se atreven ahora a añorar abiertamente el pasado fascista. De eso sabemos mucho en España.

Eso es. En la Italia de hoy, Matteo Salvini utiliza frases que son de Mussolini y ustedes tienen a Vox a las puertas del Gobierno de la Comunidad de Madrid. Mi antifascismo es distinto, aunque yo me haya formado en esa cultura. El mío no es el antifascismo de la resistencia, me guía un planteamiento de fuerte sensibilidad democrática sin pertenencia a una orientación ideológica.

Esa idea de la objetividad marca también el tono de sus dos novelas. Imagino que es un equilibrio difícil de conseguir.

Claro, porque podía caer en el peligro de convertir a Mussolini en un héroe trágico. No quería motivar empatía por este personaje y toda su cohorte fascista, algo que actualmente está muy de moda en series de televisión como Breaking Bad.

¿Entonces?

Me prohibí a mí mismo cualquier tipo de invención. Incluso los diálogos están documentados. Para mí esta elección tiene un sustrato ético. Volver a contar una historia que creemos conocer como si la viéramos por primera vez.

¿Cómo se consigue esa objetividad estando, como es su caso, en la cabeza del dictador? ¿Seguir a Mussolini no supone identificarse con él?

Yo jamás he sentido una seducción o fascinación por su figura, porque mi formación es absolutamente antifascista. De hecho, escribí una novela sobre la resistencia que relata la vida de Leone Ginzburg, el primer marido de Natalia Ginzburg, que fue torturado y asesinado por los fascistas, llevado por esa idea. El hecho de que me asome a la mente de Mussolini es un proceso de fusión en frío. Es más bien un conocimiento intelectual: del estudio de toda su obra. No es en modo alguno una forma de empatía.

Esta segunda entrega, «El hombre de la providencia», cubre los años en que Mussolini logra una identificación total con el Estado italiano.

Son los años centrales de la conquista violenta y turbulenta del poder que acabará en una dictadura personal. Casi todo el poder de Italia se concentra en Mussolini. De ser una figura controvertida, querida y odiada a la vez, se convierte en una figura semiheroica o semidivina. Las oposiciones han sido aniquiladas y él obtiene un consenso amplísimo. Es el propio papa, Pío XI, el que lo llama «el hombre de la providencia».

¿Podría decirse que Mussolini inventó el populismo?

Sí, de él beben los populismos actuales. Esos líderes piensan y hacen creer que el pueblo se encarna en ellos.

¿Como una especie de culto religioso, algo que Italia conoce bien?

Ahora la religión parece estar en vías de extinción, incluso en la sociedad italiana. Y la prueba es que el ritual fúnebre, llorar a los muertos, ha sido el gran ausente de la pandemia de covid. Pero sí, el pequeño culto que se les dedica a los líderes populistas es un simulacro de religión laica.

¿Mussolini se aprovechó de la idea de que la democracia es un sistema en descomposición? En este siglo XXI no dejamos de oír ese mantra.

La conquista del poder de los fascistas fue precedida de una abierta propaganda antidemocrática. La democracia se denunciaba como un sistema fracasado. Palabras acuñadas por los fascistas como casta, antipartido y antipolítica hace 100 años siguen siendo utilizadas hoy por los partidos populistas que se valen de una gran propaganda antiparlamentaria que simplifica la realidad: los problemas se reducen a un enemigo al que hay que odiar y vencer.

La imagen que los documentales nos devuelven de Mussolini es la de un personaje más bien ridículo. En su novela ese fantoche no aparece.

Hay algo de tonta soberbia por parte de la izquierda democrática en el hecho de liquidar a Mussolini como un simple fantoche, aunque esa mirada se corresponda con una obra genial como la de El gran dictador de Charles Chaplin, que a su vez también es una película de propaganda. El ridículo es el mayor malentendido que ha estado pesando sobre la figura del dictador. Lo que hoy nosotros vemos como grotesco, cosas como el énfasis gestual, en su momento no era percibido así. Él tuvo la inteligencia de introducir la percepción del cuerpo en la escena política por primera vez en la historia. Fue el primero que intuyó cómo sería la política de la era de las masas y lo aprovechó sin escrúpulos. Hoy, cargados de superioridad moral, tendemos a tachar de ridículos a políticos como Donald Trump, pero con ello lo único que estamos demostrando es que no hemos entendido nada. 

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