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Vidas palestinas suspendidas en el tiempo

Palestina vuelve a estar en los telediarios por los bombardeos en Gaza. Cuando cesen, historias como la de Rayan, Tasneem o Nisreen volverán al cajón de asuntos pendientes de la comunidad internacional.

Dos jóvenes palestinas pasan ante una patrulla israelí en el barrio musulmán de la ciudad antigua de Jerusalén. GERMÁN CABALLERO

Tasneem cumple 30 este año. Es de Nablus, al norte de Cisjordania, pero vive en Ramalla, la capital administrativa del no-estado palestino. Vive allí porque es la ciudad más cosmopolita y donde se siente más cómoda para desarrollar su proyecto vital. Pero este, sus sueños y aspiraciones, están limitados por la ocupación israelí. Una losa sobre el pueblo palestino que pesa desde 1967.

Tasneem, como el resto de ciudadanos de Cisjordania, ve limitada su movilidad entre carreteras cortadas y checkpoints (controles del ejército), está sometida a un régimen militar extranjero que protege a cerca de 750.000 colonos ilegales y la culpabiliza a ella por su lugar de nacimiento. Traductora de inglés, le gustaría poder viajar e incluso emigrar, pero su pasaporte no es reconocido por casi ningún país y la soberanía de sus fronteras no es controlada por su gobierno. Ni un puerto ni aeropuerto, no tienen derecho a nada de eso.

Familias asomadas a sus balcones en el campo para personas refugiadas palestinas de Shatila, en Beirut, Líbano. Germán Caballero

Conocí a Tasneem en 2013. Era una mujer algo tímida pero decidida y con muchos planes de futuro. Hoy, cuando hablo con ella, solo encuentro a una persona desanimada, hastiada por la mochila que supone nacer palestina y por el régimen de apartheid israelí (así lo calificó la ONG Humans Rights Watch hace unas semanas) que les impide desarrollarse libremente como pueblo, como personas. Sus sueños van más allá del muro construido por Israel que encierra a cielo abierto las aldeas, pueblos y ciudades palestinas y que fue declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004. Y su esperanza se torna en frustración ante un futuro que se desliza sin perspectivas de mejora.

Palestinos esperan a la salida de un

Próxima a la ciudad bíblica de Belén, actualmente una ciudad palestina, se encuentra Hebrón. Es en el casco antiguo de esta urbe donde el apartheid y la ocupación se hacen más presentes. La primera vez que entré en la ciudad vieja de Hebrón, tras pasar un control sin problemas con mi pasaporte europeo (algo que la mayoría de palestinos no puede hacer), fue en agosto de 2013. Sus calles desiertas patrulladas por el ejército israelí y sus comercios cerrados a cal y canto me dejaron sin aliento. Ver a colonos armados con fusiles de asalto paseando puede parecer una exageración, pero es la cotidianidad de esas calles y de la gente que las transita. Cuando volví en 2019, parecía que el tiempo se había congelado, todo seguía igual.

Allí vive Nisreen, una mujer viuda a cargo de cuatro criaturas sometida a un régimen militar especial simplemente por residir en esa área. Su marido, activista, murió tras sufrir un infarto pocos días después de una operación de corazón. Inhaló gas lacrimógeno lanzado por el ejército israelí en su área tras una protesta y no pudo ser evacuado a tiempo a un hospital por el bloqueo de uno de los tantos checkpoints. El vecino de Nisreen es un colono sionista de extrema derecha del que recibe ataques recurrentemente. Los mismos ataques que reciben los palestinos en el mercado de esta zona, donde los colonos viven sobre los puestos de venta y arrojan todo tipo de basura sobre ellos. El resto de la ciudad antigua es una sucesión de muros, rejas, patrullas y controles, que se cierran a veces sin previo aviso. La población nativa es palestina, pero el ejército israelí protege a entre 700 y 900 colonos que se instalaron ilegalmente allí. En ese contexto, tener una rutina normal es utópico y Nisreen anhela algo tan simple como la tranquilidad. Sin embargo, su sentimiento más recurrente es el miedo a ser expulsada de su propiedad.

Decía el poeta palestino Mahmoud Darwish que «la tierra se estrecha para el pueblo palestino». Es lo que les ocurre desde 1948. Aquel año, cerca de 750.000 palestinos fueron expulsados de sus casas y de sus tierras por tropas paramilitares sionistas del Irgun, el Lehi y la Hágana (predecesores del ejército de Israel) en la «Nakba», catástrofe o desastre en árabe. El historiador israelí Ilan Pappé la define como «limpieza étnica». Y es el mismo proyecto sionista (ideología colonial surgida a final del siglo XIX en Europa y que no representa a la totalidad del pueblo judío), el que desaloja familias en Jerusalén Este, la zona palestina de la Ciudad Santa para tres religiones, anexionada ilegalmente por Israel desde 1967.

Los desahucios en Sheikh Jarrah, barrio donde se encuentra el consulado español, han ocupado telediarios recientemente y se suman a las expulsiones en la ciudad antigua de Jerusalén de familias palestinas para ser sustituidas por colonos israelíes. La impotencia palestina es total ante hechos condenados por organismos internacionales y denunciados por organizaciones como la ONG israelí Bt’Selem. Y se suma al hastío generalizado por tantos años de discriminación.

Se suele decir que las calles de la ciudad antigua de Jerusalén desprenden una energía difícilmente calificable, un misticismo que ciertamente yo reconozco haber sentido. Supongo que como la mayoría de turistas que la visitamos. Sin embargo, para los palestinos, esta sensación se ve alterada. La mayoría de ellos no puede acceder a la Ciudad Santa. Tasneem no ha podido hacerlo nunca, a pesar de vivir a pocos kilómetros de allí. No ha visitado la mezquita de Al-Aqsa, tercer lugar más sagrado para el islam. El camino por el barrio musulmán de la ciudad antigua desde la Puerta de Damasco hasta ella es corto, apenas unos minutos, en los que te topas constantemente con patrullas de la policía israelí. Una curiosidad si eres turista, un problema rutinario si eres palestino.

Gaza, una prisión a cielo abierto

La Franja de Gaza ocupa titulares únicamente cuando hay una ofensiva con centenares de muertos. Los niños palestinos de Gaza solo interesan cuando cazabombarderos destruyen sus casas y entierran su inocencia, cuando no a ellos mismos. Pero en la Franja, el bloqueo por tierra, mar y aire al que está sometida su población por parte de Israel desde que Hamas tomó el poder en 2007 ha hecho que el 80 % de la población necesite ayuda humanitaria y el 68 % de los niños tenga problemas de salud mental, según datos de Unrwa y NRC. En Gaza, el 70 % de su población es refugiada, otra de las grandes losas de la mochila palestina.

73 años de tiempo suspendido

Rayan Sukkar es de Jaffa, actualmente Israel, pero nació en Shatila, un campo de refugiados palestinos de Beirut, Líbano. Su derecho al retorno reconocido por la ONU se vulnera. Ella, al igual que (según cifras de la Unrwa) medio millón de personas refugiadas palestinas en Líbano, no tiene siquiera un pasaporte.

A Rayan la conocí en 2019 en una jornada calurosa de septiembre que me dejó en shock. Periodista, acordamos un recorrido por los campos de la capital libanesa. Un largo paseo por calles estrechas donde no se ve el sol, cubierto por decenas de cables colgando, edificios en riesgo de derrumbe que crecen de forma descontrolada, olores mareantes provenientes de aguas fecales mal tratadas y decenas de personas recorriendo sus calles debido a la superpoblación de los campos. Rayan, a sus 25 años, tiene sueños, pero están lejos de allí. Junto a su pareja aspira a poder emigrar algún día. Quieren tener hijos, pero solo lejos de allí, no quieren dejar un legado de refugio eterno, de tiempo suspendido y una identidad sin derechos a su descendencia.

Y esto es un quiebro generacional: jóvenes que desean volver a Palestina y no renunciar a su identidad, pero que no pueden más. Los 73 años como personas refugiadas han pervertido el significado de la palabra resiliencia.

Una conversación en casa de Samih, el novio de Rayan, con la madre de este lo dejó claro. La madre, entre lágrimas, recriminaba a la pareja que no quisieran resistir en los campos. Samih, le respondía: «¿Resistir para qué? ¿Para volver dónde? Yo también quiero ir a Palestina, pero no quiero pasarme toda la vida en un campo de refugiados».

Y en este contexto de ocupación, de bloqueo, de refugio y, en definitiva, de vulneración de derechos humanos, han vuelto a caer bombas en Gaza. Algunos apuntan a Hamas como culpable «por haber atacado antes». Y ese discurso calará en quien no quiera ver más allá de un titular. Sin embargo, la historia de Rayan, de Nisreen o de Tasneem, los desahucios en Jerusalén Este, las cinco décadas de ocupación o la discriminación sistemática de los palestinos que viven en Israel (un 20 % de la población) hablan de otra cosa.

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