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Cómo compartir piso y no agotarse en el intento

Elizabeth, Marina, Julio y Mauro han conseguido «un segundo hogar» con organización y «método»

María Guillén abre la nevera de su piso compartido, dividida en estantes para cada compañero

María Guillén abre la nevera de su piso compartido, dividida en estantes para cada compañero

Cuando Elizabeth Arana dirigió junto a sus compañeros Marina Guillén, Julio Ayala y Mauro Janeiro un proceso de selección para elegir al quinto inquilino para su piso compartido, llegó a hacer quince entrevistas para encontrar al candidato ideal. Elizabeth había tenido alguna mala experiencia en el pasado y sabía que lo más importante era encontrar a alguien que, mal que menos, tuviera el mismo enfoque que ella a la hora de llevar adelante una casa. Porque con Marina, Julio y Mauro habían conseguido formar lo que ella define como «un segundo hogar» y siempre está latente la amenaza de que ese equilibrio casi familiar se rompa. «Sabes que no es del todo una familia, pero es un alivio que haya una buena relación y un buen ambiente», dice Arana, quien nació en Perú pero con apenas tres años migró con sus padres a Castelló. En la capital de La Plana vivió con ellos y estudió hasta que, previa estancia temporal en Estocolmo, apostó por València. Haber vivido el proceso migratorio de sus padres desde Latinoamérica le hace «valorar mucho más» la vida que tiene con respecto a la de ellos.

Ahora, Elizabeth trabaja como autónoma en su pasión, el marketing, con una cartera de clientes con la que está cómoda, y aparte trabaja 16 horas a la semana como dependienta de una tienda de ropa. «Tal vez lo que hago en el futuro es pedir una excedencia en la tienda, porque ahora noto que me están llegando más proyectos», afirma.

Ella es la inquilina más veterana en una casa de la zona de Cánovas de València, a unos metros del antiguo cauce del Túria. Con ingenio ha conseguido amueblar y decorar el piso a base de materiales encontrados en la calle, a excepción de la cocina. La mesa, cuenta, la cazó cuando alguien la dejó en una esquina junto al contenedor de basura, a la intemperie. Cuando llega la noche, esa vetusta mesa de madera es el lugar en el que cena junto a sus compañeros. «Para mí, lo mejor de compartir piso es cuando encuentras a personas con la que congenias y además de compartir ese espacio también compartes experiencias», explica mientras recuerda a una excompañera mexicana que se convirtió en gran amiga tras pasar la peor parte de la pandemia juntas, pero que más tarde dejó la vivienda.

Siempre que sus horarios se lo permiten, los compañeros comen juntos y se sientan al sofá a ver algo en la tele. Al contrario que las situaciones raras que todos ellos han tenido compartiendo piso, esto les funciona, les va bien. Gran parte de la explicación responde a la división igualitaria de tareas sobre la que basan la convivencia. Una vez a la semana se turnan para hacer limpieza: tirar la basura, reciclar, que las zonas comunes queden como una patena, la cocina sin suciedad y el comedor presentable. En lo económico, cada uno se encarga de pagar un recibo. De ese engranaje participan todos, como un equipo, para que este período de sus vidas no derive en que su salud mental empeore —en un momento en el que se encuentran al borde de las nuevas y prolongadas definiciones de juventud que ya se han instalado en la sociedad española.

Diferentes perspectivas de futuro

Elizabeth, de 32 años, reconoce que para el futuro sí piensa en vivir en pareja o, en su defecto, sola. «Me gustaría tener mi piso sola, cuando no, poder compartirlo con una amiga o una pareja. Eso es a lo que aspiro», revela. En cambio, los otros tres que están en casa esta semana —Luis, el nuevo, anda de viaje—, sí quieren seguir compartiendo piso. Julio, que llegó hace trece años de Paraguay, y Mauro, que migró de Argentina hace año y medio después de vivir siempre con sus padres, coinciden en que se sentirían «solos» si vivieran sin compañeros o pareja. Además, aseguran que la dinámica de su piso actual es la mejor que han tenido. Como ellos piensa Marina, de Ibi, que prefirió Valencia para desarrollarse profesionalmente. «Yo elijo compartir, independizarse no es solo vivir solo», dice, pero puntualiza que «siempre hay que tener en cuenta que mucha gente no está eligiendo esto, no es algo que quieran». Cree que «con mucha dificultad» podría vivir sola en Valencia, «en un sitio más precario y más aislado», pero, con su voz enérgica, repite que ha elegido la vida que tiene.

Marina va los fines de semana a ver a sus padres a Ibi, tradicional pueblo juguetero que en los ochenta perdió sus mayores fábricas del sector. Ella creció allí, donde su padre era el que sustentaba con el sueldo principal a la familia y su madre trabajaba, aunque sin grandes retribuciones por ello como entrenadora de baloncesto. Marina, de 30 años, regresó hace poco a un trabajo en su campo, la comunicación, tras un breve período en la hostelería. «Pero aunque tengo menos estabilidad que mis padres, creo que vivo mejor. Mi madre tenía unas responsabilidades familiares que nosotros, hoy en día, no tenemos», opina, después de haber dejado Ibi cuando se marchó a la universidad. Para ella, criticar la precariedad actual es compatible con señalar las deficiencias de la vida que tuvieron sus padres cuando ella era una bebé. «Que tengamos un panorama laboral tan desolador es terrible para nuestra generación, pero a mí personalmente no me gustaría estar viviendo en el pueblo y tener tres hijos. Hemos tenido la oportunidad de estudiar, que otras generaciones no podían ni soñarlo», analiza. Y, con la esperanza de tener un futuro laboral menos inseguro, cree que las autoridades deben actuar con políticas que generen oportunidades para ella y para los que vienen: «Si me das alas pero no me dejas volar, no me sirve de nada».

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