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Julio Llamazares Escritor

'Más que una España vaciada, es una España desdeñada'

«El gran problema de España es la descompensación territorial a la que se ha llegado». Lo dice uno de los pioneros en poner el ojo (y la palabra) sobre el drama de la despoblación. Su mirada sobre el futuro no es optimista

Julio Llamazares.

Julio Llamazares.

La España rural se despuebla sin que hasta hace muy poco a nadie parezca haberle importado lo más mínimo». Julio Llamazares (Vegamián, 1955) ya advirtió hace más de tres décadas del drama del éxodo rural. Sin apartarse de ese camino, el autor de La lluvia amarilla vuelve a interpelar en el libro Alma Tierra donde pone texto a las fotografías de José Manuel Navia.

En su obra ha sido una constante el relato de lo cotidiano, historias sin aparente importancia pero muy fecundas. 

Cuando me preguntan qué autores me han influido más, hay muchos, todos los que he leído incluso los que no he leído y te llegan a través de los que lees. Pero siempre digo que los que más me influyeron como escritor eran los viejos de mi pueblo, que cuando empezaban a hablar paraban el tiempo, que es a los que aspiramos los escritores. Sobre todo aquella fascinación de la narración oral de las noches de invierno junto al fuego o en verano debajo de las estrellas y empezaban a contar historias de la guerra, de los huidos. Todo eso está en Luna de lobos y esas historias están en mis libros. Para mí es una constante porque vengo de ese mundo, de una cultura que está desapareciendo delante de nuestros ojos sin que a casi nadie le importe.

Siempre ha dicho que lo que le gusta es escribir, que no se ve ejerciendo otro oficio. 

Ocurre que la vida que he vivido, y ya va siendo larga, la he pasado escribiendo. El 99 por ciento de las personas no escriben nunca, pero como yo me he pasado la vida haciéndolo no se vivir de otra forma. Mi manera de entender la vida es contarla por escrito. Decía Fernando Pessoa que escribir era su forma de estar solo, seguramente también es mi manera de estar solo y de estar en el mundo también. 

No parece su caso, es un escritor respetado y admirado. 

Al final uno escribe, en principio, para todo el mundo, pero con el tiempo te vas dando cuenta de que los escritores somos como las emisoras de radio, que emites en una frecuencia y te corresponden lectores que emiten en la misma frecuencia que tú. 

No es ajeno en su trayectoria al drama de la despoblación, hoy de moda en distintos ámbitos incluido el cultural. ¿Cuál es la visión de alguien que lo advirtió hace tiempo? 

Yo soy escritor, no soy político ni economista, por lo tanto mi opinión tiene sus limitaciones. Creo que el mundo ha cambiado y lo ha hecho para bien y para mal. Hay un mundo que ha desaparecido o que ha cambiado y ya no es el mismo que conocimos. Es el signo de los tiempos y el paso de la historia. Ahora bien, dentro de que el éxodo del campo a la ciudad es algo universal, lo que ha ocurrido en España, a diferencia de otros países europeos, es que se ha producido sin medidas de control por parte de los distintos gobiernos, desde Franco hasta hoy. Así como en Alemania, por ejemplo, en ciudades repartidas por el país crearon un tejido industrial y tecnológico como una red a lo largo del territorio, aquí se hizo de manera un poco descabezada y se centralizó todo en Madrid, Barcelona o el País Vasco con la industrialización. Después el turismo arrastró al resto de la población hacia la costa, sobre todo la mediterránea y las islas. Eso se produjo sin ninguna especie de antídoto político y económico para evitar que se despoblara la mitad del territorio a favor de la otra mitad, con los problemas que comporta tanto para la España despoblada como para la sobrepoblada. 

¿Llegados hasta aquí, cree que puede haber un punto de retorno que ayude a corregir el desequilibrio territorial? 

Eso ahora es muy difícil. Se tenía que haber intentado paliar esa hemorragia demográfica hace ya muchos años, pero no se hizo caso. Lo advertimos los primeros que empezamos a escribir sobre la España vaciada, que yo prefiero llamarla la España desdeñada porque ha habido un desdén absoluto por parte de todo el mundo hacia ella, y sigue habiendo. Aunque los políticos ahora venden la marca de la ‘España vacía’ y se les llena la boca, en el día a día las medidas que toman suelen ser para agravar más la situación. 

¿Por ejemplo? 

Se ha producido la situación de una España menguante y empobrecida a todos los niveles y una España sobrepoblada, que es la creciente, la de la costa, Madrid y tres o cuatro ciudades más. Y esa descompensación produce muchos problemas para todos. Creo que junto con Cataluña y el País Vasco, los desafíos nacionalistas y ahora la pandemia, el gran problema de España es la descompensación territorial a la que se ha llegado. 

De eso va también la exposición «Alma Tierra», donde describe la despoblación como una elegía, en términos apocalípticos. 

Claro, porque se ha llegado a tal gravedad que muchos territorios, no solo rurales, sino capitales de provincia, como Zamora, León, Soria, Teruel, Cuenca, están sufriendo esa despoblación y ese envejecimiento y ya casi en estado terminal. Muchísimos territorios ya son irrecuperables. Encima, con el argumento de que hay poca población, se justifica cualquier barbaridad. Como quieren llenar de molinos de viento y de placas solares, pues media España va a quedar convertida en la colonia energética de la España rica. Y encima todavía tratan de convencer a los de la España pobre que van a salir ganando. ¡Qué van a salir ganando!, las migajas del reparto de la tarta energética que se la van a llevar los de siempre: eléctricas, constructoras y grandes empresas del país. 

No parece casual que el territorio vaciado sea tan codiciado para estos proyectos. 

Claro. Además intentan convencer a la gente porque, a parte de que se lo autorice el Gobierno, quieren conseguir la aprobación popular con el argumento de que va a producir muchos beneficios. Es absurdo, es al revés, habrá más despoblación porque van a acabar con lo único que queda en muchas zonas, el paisaje y el patrimonio, y no va a haber ni turismo. Yo creo que es la estocada final y parece que es imparable. El argumento de que ponen los molinos donde hay viento tampoco sirve. Podría ser en la Sierra de Guadarrama, pero ahí no porque molesta a los madrileños, o en Montjuic, pero no porque no les gusta a los de Barcelona. Al final, se repite esa vieja historia de la humanidad de que el rico se come al pobre. 

Hablando del paisaje, su último libro «Primavera extremeña» es una plegaria a la biodiversidad, esa naturaleza de la que pudo disfrutar durante el confinamiento. 

Es un libro primaveral porque tuve la suerte y el privilegio de poder irme a una casa de campo en Extremadura. Pensando que serían dos semanas, estuve tres meses que coincidieron con el paso terrible de esta plaga bíblica que ha sido la pandemia de la covid. Y a la vez el paso maravilloso de una primavera que en Extremadura es un espectáculo. El año 2020 fue muy lluvioso y, como encima no había gente, pues todo eran flores, pájaros, animales, estrellas. No había aviones, era un poco el paisaje del principio del mundo. A la vez estábamos viviendo la tragedia que se cernía sobre todos nosotros, porque hoy vayas donde vayas sigues en contacto con lo que ocurre. 

La pandemia nos ha sobrepasado, este siglo XXI de los grandes avances de la humanidad de pronto nos ha revelado sumamente vulnerables. 

Esto ha sido un tsunami que nos ha pasado por encima y continúa pasando. Va a cambiar muchas cosas, algunas para bien, otras para mal. A parte del drama que ha producido, los millones de muertos en el mundo, creo que debería servirnos para reflexionar sobre muchas cosas, la vida que llevábamos, el modelo de economía y de sociedad. Soy bastante escéptico sobre la capacidad de corrección del género humano porque en cuanto vuelven las aguas a su cauce volvemos otra vez por donde solíamos. 

¿Encuentra razones para la esperanza? 

Es una palabra muy grande. Yo creo tener siempre la esperanza de que poco a poco las cosas vayan a mejor; de hecho, han mejorado muchas cosas a nivel médico, tecnológico, material, ya no hay analfabetismo prácticamente, la edad media no son 40 años, la gente no se muere de una infección. Muchas cosas han mejorado, pero deberíamos mejorar todavía más a nivel humano, moral y espiritual. 

Creíamos que nos comíamos el mundo. 

Tenemos mala memoria, las pandemias ocurren cada cierto tiempo. Eso de que parecíamos invulnerables, bastaron dos aviones para destruir las torres gemelas y el mito de la seguridad en Occidente. Ahora ha bastado un bichito. Éramos vulnerables pero lo habíamos olvidado. 

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