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La dura vida de las ‘kellys’

Limpian 25 habitaciones de hotel en 8 horas. Hacen más de 50 camas al día. Se medican a diario para soportar los dolores crónicos y la ansiedad. La mayoría no llega a los mil euros. Dos ‘kellys’ de Benidorm relatan con detalle su día a día

Una «kelly» coge las sábanas para hacer las camas en un hotel de  Benidorm.

Una «kelly» coge las sábanas para hacer las camas en un hotel de Benidorm. david revenga

Mercedes Pérez (61 años) se desayuna cada día con 3 pastillas y medio vaso de leche. Dos son para sobrellevar el dolor y la tercera es una dosis de Escitalopram para mitigar la ansiedad. «Aparte del desgaste físico, sufro mucho estrés, porque casi todos los días siento que no me llega el tiempo para hacer todo el trabajo». Mercedes hace una media de 54 camas al día. Unas 26 habitaciones que arreglar, más las zonas comunes del hotel, en 8 largas horas. Es una kelly (acrónimo de «las que limpian» los hoteles), un colectivo netamente femenino, como tantas profesiones asociadas a la limpieza y tareas domésticas. Un trabajo vital para el funcionamiento del sector turístico que gana visibilidad gracias a las asociaciones que han nacido en España en los últimos cinco años.

Mercedes atiende al teléfono entre resuellos. Son las 17.40 horas de la tarde y la sorprendemos limpiando el portal y el rellano de la escalera de la finca de 4 pisos en la que vive, en la Vila Joiosa. Hace una hora que terminó su jornada de trabajo, pero los vecinos se reparten la limpieza del edificio y hoy le toca a ella. Una vez a la semana. «No me importa. Si me siento, estoy perdida, porque ya no me levanto. El domingo tuve diez salidas (de clientes) sin esperármelas. Cuando llegué a casa a las 4 de la tarde me dormí y no me desperté hasta las 10 de la noche. No me di cuenta. Me levanté, me duché otra vez y a dormir».

"Tengo mal la espalda, los brazos, dos tendones rotos y estoy operada de las dos muñecas. Tengo 61 años y no sé si llegaré a la jubilación"

Mercedes Pérez - Camarera de piso

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A las 5.30 de la mañana suena casi cada día el despertador en casa de Mercedes. Da igual que sea martes que domingo, porque los días libres no entienden de festivos en esta profesión. Igual cae un martes que un jueves. Con el ring-ring empieza una jornada maratoniana. Si Mercedes fuese atleta, o futbolista, estaría sancionada de forma permanente. Pero, en el mundo de las kellys, sin doping no hay gloria. A las 7 de la mañana ya está pasando la escoba y el mocho por las zonas del hotel de Benidorm en el que trabaja, un establecimiento de 2 estrellas a dos calles de la playa de Levante. Lleva 31 años en la profesión, la mayoría en el mismo hotel. No está segura de si aguantará hasta la jubilación. Tantos años de movimientos repetitivos y sobrecarga física le han dejado el cuerpo molido.

«Tengo mal la espalda, los brazos, las muñecas… Me operaron de los dos túneles carpianos hace unos añitos. Me dijeron que era de los movimientos de la fregona, de limpiar cristales, de estirar las camas», explica. «Luego están los golpes que te das en las rodillas y las espinillas con los somieres, que se podrían evitar poniéndoles ruedas. Habría que denunciarlo a Inspección de Trabajo. Pero nadie dice nada. Yo he protestado y soy la conflictiva. Hay algunos colchones que pesan una barbaridad. Hay hombres que no pueden con eso, te lo digo yo que lo he visto», se desahoga Mercedes con los pulmones ya llenos de aire.

«También estoy esperando a que me llame el traumatólogo, porque llevo mucho tiempo con dolor de hombro. La mutua me dicho que no tengo nada, pero en una resonancia salen dos tendones rotos. Es un dolor horrible», añade. Cuatro días después de la entrevista, Mercedes pasará por el quirófano.

María José (nombre simulado para mantener el anonimato) sufre también de los túneles carpianos; de ciática, que se refleja con dolor y calambres en las piernas, y de inflamación crónica en las almohadillas repartidas por el esqueleto, desgastadas e incapaces ya de amortiguar los movimientos repetitivos. Tiene 43 años y también necesita recurrir al dopaje. «Desayuno un cafelito y un espidifén (antiinflamatorio). Sin el sobrecito no podría trabajar». Maria José lleva años sintiendo hormigueo y molestias en su mano derecha. El síndrome del túnel carpiano, la epicondilitis o codo del tenista y la bursitis (inflamación de las bolsas que amortiguan el roce entre los huesos y las articulaciones) en los hombros son las 3 dolencias que las kellys reivindican que sean reconocidas como enfermedades profesionales. «Prácticamente el 90% de las kellys tiene al menos dos de estas lesiones», asegura Yolanda García, presidenta de la Asociación las Kellys de Benidorm, la única de la Comunitat Valenciana.

Volvemos a la jornada de Mercedes. A las 9 aterriza en las habitaciones armada con la pistola limpiacristales en una mano y todo lo que le cabe en la otra. En cuestión de minutos, el dormitorio está ordenado y limpio, y las sábanas de la cama sin una arruga, como cualquier mortal sólo lo conseguiría utilizando una plancha y unos tensores. «Voy al galope. Hay veces que no puedes parar ni ir al baño ni a beber agua. Cuando hay que poner supletorias, las subimos y la bajamos nosotras», afirma. Hay veces que hay que recurrir a alguna estrategia cuando los clientes no abandonan la habitación. El turismo ha cambiado en los últimos 20 años por el menor poder adquisitivo. Son pocos los que pasan quince días seguidos en el hotel y mayoría los que no pernoctan más de cinco. Eso ha provocado más entradas y salidas y, por consiguiente, más estrés laboral entre las empleadas.

«A las 14.45 vamos bajando piso por piso recogiendo la basura y repasamos las zonas comunes. Vamos con las bolsas a rastras hasta la puerta del almacén. Nos subimos a cambiarnos y a las 15 horas a casa. Salgo como una escopeta», explica Mercedes, con un contrato de fija discontinua. Significa que en período de vacaciones -entre noviembre y enero, en plena temporada baja-, es enviada al paro. Cobra 1.000 euros «pelados» al mes. Trabaja en Navidad, Semana Santa y todo el verano. «Si hay 6 festivos al año me dan 30 euros por todos. Yo prefiero descansarlos. A mí no me interesa por ese dinero».

"No llego a los 700 euros, pero es lo que hay. Me monté una cafetería y no fue bien, así que no tengo otra. Lo peor no es el sueldo, sino los dolores. Me he de medicar todos los días"

María José - Camarera de piso

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La «gobernanta» es la persona que supervisa el trabajo diario de las kellys. Algunas han sido camareras de piso; otras, no. «Quiénes lo han sido son más comprensivas. Normalmente te dan una planta y tú te organizas. Muchas entienden lo duro qué es esto, pero a otras parece que se les ha olvidado», explica Maria José.

Ella trabaja en jornada reducida, de 4 horas, en un hotel de 3 estrellas del centro de Benidorm. «No llego a los 700 euros, pero es lo que hay. Me monté una cafetería y no fue bien, así que no tengo otra. Lo peor no es el sueldo, sino los dolores. Las mutuas no nos hacen caso. ¿El Gobierno? Mucha palabra pero luego no reconoce enfermedades propias de la profesión. Nos sentimos abandonadas», apostilla.

Hartas de jornadas interminables, de estrés, de vidas medicalizadas por los dolores, de ser un pilar en el que se apoya la actividad hotelera y turística, pero al que nadie parece apoyar, las kellys han decidido salir del office en los últimos años. Con un discurso común, surgieron diferentes asociaciones en España. Una de ellas, la que agrupa a las camareras de piso valencianas, se asienta en Benidorm por razones lógicas. Sólo en la población de la Costa Blanca trabajan 3.000 camareras de piso.

«Nacimos en 2016 al ver cómo se agrupaban en Barcelona con las mismas quejas que teníamos nosotras. A la primera reunión vinieron 25 y ahora, en las manifestaciones, vamos varias cientos», explica Yolanda García.

Las kellys lograron un acuerdo en 2018 suscrito por el Gobierno, empresarios y sindicatos para mejorar sus condiciones laborales. Pero la pandemia ha dejado los avances, de momento, en el tintero. Son tres las reivindicaciones principales: el reconocimiento de las enfermedades profesionales citadas, el fin de la externalización en los contratos y la jubilación anticipada. Las kellys piden, también, que se regulen los ritmos de trabajo y se respete la prevención de riesgos laborales.

«De momento, hemos conseguido que haya más inspecciones de trabajo. Es un progreso», subraya Yolanda García. Con el fin de la externalización, las kellys buscan sueldos más dignos, que por convenio de hostelería oscilan entre los 1.206 euros brutos en hoteles de 4 y 5 estrellas y los 1.050 en los de 3 y 2 estrellas. 

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