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El rastro de muchas vidas

El Rastro de València resiste a modas y cambios de ubicación. Vicente, Angie y Antonio son algunos de los vendedores habituales de restos del naufragio y otras huellas del pasado

Vicente espera cada domingo a las 6.00  horas de la mañana para entrar el primero  al Rastro de València.

Vicente espera cada domingo a las 6.00 horas de la mañana para entrar el primero al Rastro de València.

No es un museo al aire libre, es más bien, como decía Ramón Gómez de la Serna, «la playa donde van a parar los restos de todos los naufragios». El expresidente de la Asociación de Vendedores del Rastro de Valencia, Nogal y Palisandro, Alberto Maeso, definía así el mercadillo dominical. Cuatro ubicaciones enmarcan su historia, sin embargo, sólo lleva dos años en el parque entre las avenidas de Tarongers y Serrería, un lugar creado específicamente para acogerlo.

El Rastro desde su nacimiento ha recorrido los rincones más representativos de Valencia: rozó el tesoro de la historia medieval de la ciudad en las Alameditas de Serranos; animó durante años el entorno de la plaza de Nápoles y Sicilia, y permaneció hasta hace unos meses en un lugar al que ya se habían habituado muchos valencianos, entre las avenidas de Aragón y Suecia, junto al estadio de Mestalla.

Envuelto en una leyenda picaresca de madera resiste el ‘Doctor Carcoma’, apodo con el que bautizaron a Vicente Quintana porque lleva más de 40 años vendiendo muebles antiguos que él mismo restaura, lo que para el náufrago es la esencia del lugar.

El domingo es «el día del Señor» pero en el lugar de culto de Vicente no hay espacio para impacientes. Pronuncia con desgana que no le da valor a las horas, pero sólo han pasado 15 minutos y ha mirado tres veces el reloj. Doctor Carcoma permanece frente a su coche azul esperando, en soledad, la apertura de un portal, para él celestial, que no abre para el resto de mortales hasta las 9:00 horas. A Vicente no le gustan las obligaciones, sí las costumbres. Sobre las 7:30 se desplaza hacia el único bar cercano y se toma un café cortado. Una rutina continua. No es un día extraordinario para el mercadillo dominical ni para Vicente: aparcar su coche en la puerta repleto de los objetos que decorarán su manta es la hoja de ruta del vendedor cada domingo, aunque tengan un número establecido de autorización que determine su lugar en el mercado para siempre.

"No sé si hay vida después de la muerte, pero si me muero y tiran mis trastos al contenedor volveré para darles un bofetón"

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Vicente nació con vocación de náufrago porque las obligaciones nunca le han gustado. «Desde pequeño me gustaba este mundo, mi padre me decía que para los trastos viejos ni un duro, y aquí estoy», pronuncia con la clase de orgullo que ilumina los ojos. Son las 7:34 y la policía ha llegado para comprobar las autorizaciones de los vendedores en la puerta. Doctor Carcoma guarda la entrada.

«Quien te diga que aquí se gana dinero te miente». Se llama Angie y en su barrio le avisan de cada mudanza, limpieza de armario o recogida después de comer, porque a Angie le vale todo. En su puesto los adeptos al naufragio encuentran desde pañales hasta estampas utilizadas en la primera comunión. Pero Angie no es la única. Antonio también es conocido por sus vecinos «por recoger las chorradas que ya no utilizan».

Envuelto en una leyenda marginal, resiste el Rastro. Son las 8:07 y Antonio, Angie, Doctor Carcoma y el resto están sentados en sus sillas viendo cómo fuera no dejan de llegar compradores potenciales. A través de los barrotes, aprecian qué tesoro pueden adquirir hoy a partir de las 9:00, porque «las cosas buenas no suelen estar mucho tiempo expuestas».

Vicente entra al Rastro Eduardo Ripoll

En el Rastro, como en todos los lugares del planeta, hay dos tipos de personas: las que madrugan y las que simplemente se pasean. «Si sólo estás paseando y no vas a comprar, vete al puerto.» Para Angie, los que esperan para entrar tras los barrotes son los que compran. El resto solo curiosea. Es una de las máximas de sus mandamientos.

Hoy ha habido suerte, porque parecía que iba a llover. Algunos cubren con toldos, sombrillas o lonas sus restos del naufragio porque los pocos árboles del parque no dan ni un milímetro de sombra, pero a Vicente Quintana le basta con una gorra.

«Cuando no vengo a vender, vengo a comprar, este lugar es adictivo». Vicente asegura que el 70 % de las personas que cinco minutos después de las 9:00 están cruzando la puerta lo hacen todos los domingos religiosamente. Una llave inglesa, un cable nuevo para el móvil, unos discos de vinilo o una cámara rota, no importa demasiado su utilidad ni su valor porque «quien viene al Rastro tres veces seguidas no podrá dejar de venir nunca». No son adeptos por lo que compran, sino por lo que sienten cuando adquieren ese trasto que nunca sabrán si lo encontraron ellos o fue él el que los encontró.

Entran los madrugadores, corriendo, mientras disimulan, con algo de apuro, que sólo andan rápido. Empiezan a desfilar y Doctor Carcoma deja de mirar el reloj porque le bastan 10 minutos para cerrar su primera venta.

Se desprende de uno de los platos, y al poco, una mujer le pregunta por la silla. Él le contesta que por menos de 20 euros no la vende. Ella no le mira, opta por decirle a su acompañante, con voz elevada, una, dos, tres y hasta cuatro veces seguidas (no vaya a ser que a Vicente le falle el oído) que por 20 euros va a una cestería y se compra una silla nueva.

El regateo del Rastro para el vendedor es un baile donde a veces te pisan, otras pisas, y sólo alguna vez consigues seguir el compás. El expresidente de la asociación y exhabitante del Rastro, Alberto Maeso, a pesar de asegurar que nunca se tiene clientes sino mejor o peor relación con los compradores, suplica a los seguidores que eviten «el buitreo»: «Cuando pidas precio de un objeto y no se acomode a tus expectativas, no regatees sin piedad, porque dejarás en el vendedor una huella muy difícil de borrar».

Éste es un lugar lleno de improntas imborrables, algunas ya eternas, que todos sin consenso ni previa conversación comparten. Todo el que vivió el Rastro en la plaza de Nápoles y Sicilia lo recuerda varias veces al día. Las mudanzas del Rastro «siempre han sido traumáticas», pero parece que algo de muchos se quedó en aquella plaza. Alberto sentencia que «para el Rastro de València, cualquier tiempo pasado fue peor», porque la huella que les dejó ese lugar es «barullo, caos, y brutalidad».

Sin embargo, la mayoría parece estar más de acuerdo en que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Algunos añoran la plaza y otros el campo que tantos domingos les hacía recoger sus bártulos. Tras pasar tantos años en el mismo escenario, Angie terminó mimetizada con él. Le gustaba el ambiente de Mestalla: «De entonces a ahora hay una diferencia muy grande, esto parece un campo de concentración, está bien que haya normas, pero tantas no». De entonces a ahora han aparecido varios actores secundarios. Ahora el parque se decora con vallas amarillas para dirigir el paso de los vendedores, la policía en la entrada da la bienvenida a los vendedores revisando toda bolsa o bulto y a las 14:00 el parque pasa de escenario a desierto. Todo está guiado, lejos del pequeño caos que fue Mestalla.

El Rastro nunca fue una fiesta, pero Angie describe el de Mestalla como si lo fuera: «Entrabas y salías cuando te daba la gana y podíamos estar todos juntos». La pandemia dividió a los más de 400 vendedores del mercado. Desde entonces se alternan: un domingo acude a vender una mitad y el domingo siguiente, otra. Para Angie significa que «lo poco que sacas encima es para dos semanas».

Vicente departe con sus clientes Eduardo Ripoll

Para el Doctor Carcoma nada es tan terrible, porque son las 11:00 horas y ya ha vendido más de lo que se proponía en la puerta de entrada. Bebe el agua que se ha comprado después de tomar el café en el bar, pero está caliente y el sol ya quema.

Todos comparten el primer mandamiento: el puesto de 9:00 a 14:00 horas es su isla del tesoro, no pueden ni deben abandonarlo para salir del recinto a un bar. Por ello, piden al ayuntamiento que haga del parque sin sombra un lugar más habitable con un puesto de bebidas para refrescarse, náufragos y vendedores.

No ha sido un buen día para Angie. E l mes de julio se nota en el Rastro, dice que acuden menos compradores porque se van de vacaciones a las casas de la playa, y así hasta septiembre. Desde fuera, parece un día concurrido.

Para la vida que transmite, las vistas del Rastro son un tanto extrañas, una franquicia de comida rápida y un tanatorio rodean el parque. «No sé si hay vida después de la muerte, pero si me muero y tiran mis trastos al contenedor, volveré para darles un bofetón», dice Angie. ¿Si cree en la reencarnación.? No tiene ninguna duda de que ahí arriba nadie espera a nadie, «¿esperar? ¿para qué? Como si no tuvieran otra cosa mejor que hacer».

Jon, durante más de 40 años vendedor de instrumentos, cree en Dios y le pide, con clemencia, que si tiene que morir en el Rastro, al menos le dé tiempo de llegar antes a casa. Al Doctor Carcoma le gusta cantar pero le avergüenza que le escuchen, le gusta Antonio Machín y «Háblame del mar marinero» es una de sus canciones favoritas. Cualquiera de Machín podría convertirse en banda sonora de un lugar que, a partir de las 12:30, sobrevive.

El Rastro no es espacio apto para cínicos, porque es donde Angie está deseando que le pregunten por su infancia, mientras el Doctor Carcoma recomienda el talento de su hijo, el Mago Raúl, y Alberto observa desde la ausencia. Fundamentalmente el Rastro es lugar sagrado de observadores que sienten atracción hacia la huella de otras vidas.

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