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Agua para los invisibles

Una fundación abastece a 25 asentamientos de València desde hace tres años, allí donde viven los pobres más pobres. La entidad rellena de forma periódica 110 bidones de mil litros que utilizan para cocinar, asearse, limpiar... Para beber usan fuentes y garrafas donadas por empresas

Reparto de agua embotellada donada por una empresa en el asentamiento denominado Oceanogràfic 50

Sin luz eléctrica la vida se complica, pero sin agua no hay vida. Imposible. Por eso, cada día, una familia de diez personas recorría 40 minutos a pie hasta llegar a la fuente más próxima para rellenar garrafas que traer de vuelta al asentamiento donde vivían. No hablamos de un país lejano, en vías de desarrollo. Hablamos de una familia que ocupaba unas chabolas junto al polígono Vara de Quart, en València, en la capital. Eso sí, ocultos e invisibles.

Cuando Conor Hannah vio esta situación no lo dudó. Al día siguiente compró dos bidones, los llevó hasta allí y los llenó de agua. Eso fue hace tres años y supuso el inicio de un proyecto que consiste en llevar agua hasta 25 asentamientos de la ciudad de València y sus alrededores. Las últimas actuaciones llegan hasta infraviviendas ubicadas en Picassent ySagunt, aunque la infraestructura actual dista mucho de aquellos bidones en Vara de Quart que fueron el embrión de lo que hoy es un proyecto en mayúsculas con 110 depósitos de mil litros que se rellenan cada diez o quince días en invierno y cada semana, en verano.

De entrada hay que recalcar que el agua que llega hasta los asentamientos no está prevista para beber ya que se acumulan en los bidones al sol que, aunque se limpian y se cambian, no ofrecen la condiciones de salubridad óptimas para el consumo. Ahora bien, esos litros son recibidos como maná caído el cielo ya que permiten algo tan simple como lavarse las manos, un lujo hace años que ahora obtienen gratis al abrir el grifo que tienen instalado en el bidón. Cocinar, lavar la ropa, el aseo personal. En eso se emplea el agua que se rellena de forma periódica. Para rellenar esos mil litros había que estar 5 horas en la fuente. La misma operación cuesta ahora 2 minutos y evita largos paseos cargados con garrafas y botellas.

El agua embotellada llega aparte (gracias a donaciones de empresas) y siempre les quedarán las fuentes ubicadas por la ciudad para paliar las necesidades que no queden cubiertas por esta iniciativa que no tiene un lema concreto pero sí a una fundación detrás con nombres, apellidos y sin afán de protagonismo: la Fundación Ayuda a una Familia.

Un día de reparto

Cada semana, la entidad reparte 70.000 litros de agua. Empezó pagando el suministro como si el consumo fuera propio: unos 5 euros por cada bidón. Sin embargo, al poco tiempo la fundación llegó a un acuerdo con la Cooperativa Valenciana El Plantío y La Cañada (Covaguas), que es quien dona el agua desde hace años. Ahora, el servicio se traspasa a Aigües de Paterna, pero, de momento, la situación no ha cambiado más allá de un cambio en la gestión de los servicios de abastecimiento hidráulico que mejoran la vida de los pobres entre los pobres.

La entidad visita cada semana los asentamientos, comprueba el estado de los bidones, los limpia o los cambia si es necesario y los rellenan nuevamente de agua. En el mismo viaje también les suministran alimentos. Levante-EMV acompaña a esta entidad social en un día de reparto. Visitamos dos asentamientos: Oceanogràfic 50 y San Marcelino. Lo hacemos en una de las cinco furgonetas de reparto que tiene Ayuda a una Familia, de la mano del fundador de la entidad, un empresario irlandés que decidió dar un giro a su vida y centrarla en los más necesitados, en los invisibles, en los marginados de la exclusión social.

«No necesito registro alguno, ni informe de vulnerabilidad, ni documentación para saber que estas personas necesitan ayuda. Así que les visitamos y les ayudamos. Sin preguntas. Sin juzgar a nadie. Es pura asistencia porque tienen verdadera necesidad. Soy un empresario de Paterna y trabajo con más de 600 empresas de antigüedades. Empecé en 2001 y el negocio va muy bien. En 2015 hubo una crisis muy importante con mi familia de Inglaterra y aunque siempre he sido una persona religiosa mi percepción de la vida cambió y decidí a ayudar a los demás, a cambiar mi vida y mis prioridades. Decidí invertir mi dinero en quienes más lo necesitan», explica Conor con ese acento irlandés que le caracteriza, mientras conduce la furgoneta de reparto.

Él es el jefe, el fundador y el inversor de la entidad, pero también es uno más, un trabajador que carga y descarga, reparte, conduce, asesora, negocia y organiza. Explica sus motivaciones y cómo decidió crear un fundación para unificar y organizar la ayuda, mientras conduce hacia Oceanogràfic 50, un poblado de infravivienda en la pedanía de La Punta al que se accede por un camino estrecho donde solo cabe un vehículo. Y o se entra, o se sale. El número 50 hace referencia a los niños que había cuando iniciaron allí la ayuda humanitaria. Ahora hay 30 pero nuestra visita es en horario escolar y las criaturas están en el colegio.

Nos reciben como si Conor fuera un líder religioso al que le piden lo que necesitan. La furgoneta va cargada con agua embotellada y mil litros para rellenar el bidón de allí, pero quienes viven allí le piden desde una ventana para ventilar el habitáculo en el que duermen, medicamentos o la limpieza de la acequia ya que no hay alcantarillado alguno en la zona y los 500 metros de acequia que rodean las viviendas acumulan las heces y residuos de las 30 familias que allí habitan. Que la Fundación Ayuda a una Familia les lleve agua implica dignificar y mejorar la vida de quienes rebuscan en los contenedores en busca de chatarra y viven junto a un río de porquería acumulada, con la Ciudad de las Artes y las Ciencias como paisaje de fondo y como ejemplo de la València que se ve y de la que permanece oculta.

De allí, el viaje continúa hacia San Marcelino y un asentamiento sin luz ni agua, con unos váteres químicos que la Fundación instaló hace unos días, a escasos metros de las chabolas, para dignificar la vida de las 15 familias que allí residen. Por allí no pasa ninguna otra entidad social. Ni rastro de los servicios sociales. Son los pobres de entre los pobres, ignorados, a los que nadie mira a los ojos. Aquellos que si cocinan y se lavan la cara a diario es porque allí el bidón siempre está lleno. 

Conor Hannah observa el bidón instalado en el asentamiento de San Marcelino y cómo las mujeres se van las manos. Germán Caballero

Cuatro millones de litros en 3 años y reparto de alimentos

Desde que iniciaron esta aventura hace tres años, la Fundación Ayuda a una Familia ha repartido 4 millones de litros de agua entre los 25 asentamientos que atiende. Además, cada día cocina y reparte 200 raciones de comida entre las personas sin hogar, lo que supone entre 1.000 y 2.000 raciones de comida a la semana que incluyen a quienes tiene alergias o son musulmanes.

«No podemos ofrecer un menú semanal porque dependemos de las donaciones pero congelamos el producto y cuando tenemos suficiente pues elaboramos los platos. La patata es nuestro producto estrella y la imaginación, nuestra gran aliada», explica la cocinera de la entidad, Isabel Gabarre.

Su labor tiene tres partes: el reparto de agua, la cocina central y la donación de alimentos a otras entidades. «Tenemos colaboradores increíbles que nos ayudan, y mucho. Si tenemos excedente de productos los repartimos entre otras entidades sociales sin dudarlo. Hay quien ejerce un férreo control sobre las donaciones pero nosotros confiamos en el trabajo de otras ONG y en las personas que ayudamos. En un poblado, dejamos la ayuda y les damos autonomía para que ellos la gestionen y la repartan sin tutores. La dignidad es clave», explica Conor Hannah.

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