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"Sí, estamos locos, ¿y qué pasa?"

El estigma empieza por la manera en que los hemos dejado de lado en el respeto a la diversidad. Nadie dice que un enfermo de cáncer es un canceroso, pero a quienes tienen una dolencia mental los tratamos como criaturas extrañas que producen miedo. Tres esquizofrénicos nos relatan cómo son sus vidas y en qué consiste el Día del Orgullo Loco que celebran hoy en València

Raúl, Óscar y Susana, la semana pasada en la explanada del Pont de Serranos.

Raúl, Óscar y Susana, la semana pasada en la explanada del Pont de Serranos.

Óscar y Susana aparecen juntos en la explanada frente a las Torres de Serranos hablando de los días que llevan sin fumar y de otras cosas cotidianas de la vida. Lo de la nicotina lo llevan bien, dicen. Raúl, un tipo con cuerpo de pívot de balonmano, gafas y extrovertido se une al grupo con disculpas por el leve retraso. Los tres son esquizofrénicos, con un diagnóstico claro y conciso, y han venido hasta aquí con absoluta autonomía, como cualquier persona que camina por la calle, circula por el carril bici o coge un autobús a media tarde por cualquier calle de València. Libres, autónomos y, a ratos, felices, como casi todo el mundo.

¡Loco! La palabra retumba en nuestros oídos cuando suena en su contexto real. A pesar del estruendo de esas cuatro letras, que en muchos casos sobre todo es eso, ruido, un colectivo hace bandera del insulto. Docenas de personas con algún tipo de enfermedad mental se han unido en el Día del Orgullo Loco de València, que se celebra hoy 10 de octubre (a las 12 horas) frente al Hospital General a modo reivindicativo con motivo del Día Mundial de la Salud Mental. Piden visibilidad y normalidad con pancartas como estas: «Contra el sistema psiquiatrizante, dignidad y derechos humanos ya».

La historia de Óscar, Raúl y Susana, por separado, es la historia de un jarrón reconstruido encajando mil pedazos rotos. Jarrones que un día se precipitaron desde bien alto, hicieron catacrac y tuvieron que rehacerse. Hoy el jarrón está completo gracias a las terapias (en los GAM: grupos de ayuda mutua) y a la medicación, que han formado un pegamento sólido. Uno de cada cuatro españoles (un 19,5 %) ha sufrido o sufrirá un trastorno psíquico en algún momento de su vida, y un millón de conciudadanos conviven con una dolencia mental grave, como depresión, trastorno bipolar, esquizofrenia o algún tipo de psicosis. «Pero todavía hoy no se habla abiertamente sobre salud mental por los estereotipos tan negativos que genera», apunta Óscar bajo su gorra negra y su cara de John Wayne. Sí que hablamos con respeto de diversidad sexual (a los gais, por cierto, se les consideró enfermos mentales hasta hace muy poco), de igualdad de género, igual que medimos mucho nuestras palabras cuando nos referimos a personas con cualquier tara física. Pero seguimos siendo irrespetuosos con los locos. Un enfermo de cáncer no es un canceroso, pero un enfermo mental es un loco, con esas cuatro letras tan gruesas. Las expresiones peyorativas y las bromas macabras sobre los enfermos mentales están a la orden del día, síntoma de que los pacientes aquejados por estas dolencias sufren un rechazo social feroz, inhumano. La gente del Orgullo Loco está aquí para amortiguarlo.

Raúl, Óscar y Susana F. Calabuig

«El estigma es un problema para nosotros, pero porque no hay información. Cualquiera puede ser un enfermo mental a lo largo de su vida. Mira a Ángel Martín, el que presentaba Sé lo que hicisteis con Patricia Conde. Le dio un brote psicótico y estuvo dos semanas ingresado. ¿Y qué pasa?», apunta Raúl, que solo tiene 28 años. «Es una lotería, le puede tocar a cualquiera. Si cuentas que te ha dado un cólico de riñón, nadie te mira raro. Si dices que ha sido un brote...», apunta Susana, entrada en la treintena, una mujer risueña que irradia inteligencia. «¿Sabes cuál es el problema? Que vivimos en una sociedad en la que tenemos que estar bien por cojones. No hay acogida al que se siente mal, sino que directamente es discriminado», subraya Raúl.

La medicación antipsicótica permite a los esquizofrénicos (más de 300.000 en España) tener controlados sus síntomas, que suelen tener que ver con la ruptura de la realidad: voces que no existen, alucinaciones, pensamientos de que les persiguen o les vigilan. Todo depende de qué tipo de esquizofrenia sea.

El diagnóstico de Raúl es «esquizofrenia indefinida». El estrés laboral le produjo el clic que despertó su esquizofrenia en 2016. Si John Nash, el Nobel de Matemáticas, cuya vida fue recreada en la película Una mente maravillosa, veía y hablaba a agentes secretos, Raúl creía ver a su antiguo jefe. «Estaba en el trabajo y me dio un ataque de ansiedad bestial, llorando a moco tendido sin parar. A los dos días estaba en un hospital. Decía cosas sin sentido, no se me seguía la conversación y mi pareja decía: ¡pero a este qué le está pasando! Me llevaron al hospital y en la sala de espera tuve una alucinación. Creí que veía a mi jefe firmando la renuncia del contrato. Mira si me sedaron que estuve tres días durmiendo. Luego empecé a responder con la medicación. Cuando me dieron el alta, al principio me era imposible coger un autobús. Pensaba que la gente me perseguía o se iba a reír de mí. Otra vez vi a mi jefe en un autobús, y a los dos años ya reviscolé», recuerda Raúl, al que le falta una asignatura para terminar el grado superior de Automoción. Tras 5 años sin conducir, por cierto, espera un informe psicotécnico para renovar el carné . Raúl ya no ve a su jefe. Y si lo ve, ya sabe distinguir si es verdad o no. «Hay dos fases en esto. Una es saber que ves alucinaciones y otra es saber que son alucinaciones. Eso te da control», interviene Óscar.

Como muchos enfermos mentales, Susana se enteró de su trastorno con más de 40 años. «Yo iba apurada económicamente, mi padre había muerto, había perdido su herencia, y un tío se había suicidado. Todo de mogollón. De repente vi la vida muy efímera y me dio el brote», recuerda Susana, estable gracias al pinchazo de Trevicta, un antipsicótico, que recibe cada mes. Como a Óscar, le diagnosticaron esquizofrenia simple, sin apellidos. La mayoría toman entre una y tres pastillas al día y, aparte, reciben la inyección cada tres meses, que tiene una sintetización lenta y garantiza el efecto de la medicación para aquellos que se olvidan, o no quieren, tomarla por vía oral.

Los tres entrevistados se abren. Sabemos que Óscar combina muy bien la ropa, que tiene mucha memoria, que unos días es creyente y otros agnóstico y que de pequeño quería aprender a tocar la batería; que Raúl es un tipo muy leído, sensible, que no practica ninguna religión, que recurre mucho a la palabra «básicamente» y que, aunque a veces se agobie, lo importante siempre es tirar para adelante; o que Susana es transparente, también sensible, que tiene muchas ganas de vivir y que le encanta la canción Locura como virtud, del grupo DK13. Que estuvo un año sin poder andar por culpa de la medicación, pero que ahora vuelve a ser independiente. Sabemos que al menos a dos de ellos el sexo no les funciona «adecuadamente» por culpa de la medicación, que inhibe la líbido. Saben lo que son y también lo que no son. No son tontos. Ni asesinos peligrosos. «La enfermedad mental es como cualquier otra, como el que tiene enfermo el corazón o el pulmón. Uno que tenga esquizofrenia no va a suicidarse ni va a matar a nadie. Eso no somos. Eso no», coinciden. Les respaldan las estadísticas: bajo medicación, los esquizofrénicos tienen la misma tasa de criminalidad que el resto de la población. Es el estigma el que mata. Como el diabético que toma insulina o el hipertenso elanapril, ellos han de tomar sus pastillas y compartir sus experiencias.

Puede resultar paradójico, pero los «locos» denuncian que el sistema tiene muchas lagunas. «Reivindicamos visibilidad y respeto. No somos ciudadanos de segunda por estar locos. Hay multitud de casos donde no se respetan y se vulneran los derechos fundamentales de las personas con enfermedad mental», subraya Óscar. Se refiere a las contenciones (ser atados a la cama o sobremedicación), que hoy la OMS califica como torturas. «Lo que nosotros denunciamos desde nuestra propia experiencia es que a veces el sistema coarta nuestro derecho a la libertad, a decidir, a la salud, a nuestra libertad de expresión... El loco es uno más y estamos aquí. Yo soy de los que cuento mi diagnóstico porque creo que la mejor forma de luchar contra el estigma es hablando libremente de la enfermedad mental, sin tapujos. Por eso tengo permiso para salir de clase cuando me agobio. Tenemos derecho al trabajo, a la educación, a una vivienda, a todos los derechos que cualquier persona reivindica», añade Raúl. «En definitiva, pedimos visibilidad, normalidad y justicia. Queremos una sociedad empática con los locos. Hay muchos que ni siquiera lo saben. Dejo una pregunta que refleja que el sistema de salud mental no funciona en España: ¿Cómo puede ser que el suicidio sea la primera causa de muerte no natural en España?», sentencia Óscar. 

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