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"Me encanta vivir, pero no en este cuerpo"

Doerte Lebender, de 59 años y afectada de esclerosis múltiple progresiva desde que tenía 24, se sometió el miércoles pasado en Ibiza a la eutanasia en su propio domicilio

La alemana Doerte Lebender disfruta del sol otoñal en Ibiza poco antes de morir tras serle practicada la eutanasia. ARTUR RETTENBERGER

Doerte Lebender, alemana de 59 años y enferma de esclerosis múltiple, falleció este miércoles a las 12.45 horas tras serle practicada la eutanasia en su domicilio, en el centro de Ibiza. A Lebender le fue diagnosticada esa enfermedad neurológica degenerativa y progresiva, que afecta al sistema nervioso central, cuando tenía 24 años, si bien no empezó a manifestarse gravemente hasta hace una década.

Tras entrar en vigor el pasado 25 de junio la ley orgánica 3/2021, aprobada el 24 de marzo, de regulación de la eutanasia, presentó el 18 de julio la solicitud oficial para que le fuera concedido el «servicio de ayuda para morir», al entender que se hallaba entre los supuestos prescritos en la legislación: «Padecimiento grave, crónico e imposibilitante o enfermedad grave e incurable causantes de un sufrimiento físico o psíquico intolerables». La comisión de garantía y evaluación le comunicó el 21 de septiembre que aceptaba su petición.

«Ya he sufrido mucho, quiero irme. No es que no quiera vivir, me gusta vivir, es que no aguanto más este cuerpo», explicó semanas antes. Lebender quiso que se contara su historia, los motivos que la impulsaban a acabar así con su vida y, sobre todo, aclarar que lo que iba a hacer no era, insistía, un suicidio, sino un derecho básico del ser humano: morir dignamente y sin sufrimiento.

Número y día favoritos

Este redactor la acompañó desde mediados de septiembre y hasta el último día y momento: «Debe publicarse mi historia porque muchas personas no entienden la eutanasia, no la aceptan. Quiero dar testimonio. Ayudar a quienes tienen dudas sobre si es bueno o no optar por morir de esta manera. Ante todo es una decisión difícil. Una cosa es hablar de esto, otra es vivirlo». Para ella, la entrada en vigor de la ley fue «como un regalo de cumpleaños». Al fin podría «irse» y «abandonar» su «pesado cuerpo», que ya no la obedecía.

Lebender escogió el día para morir, aunque prefería usar otras palabras, como marcharse o viajar: el «gran viaje», como lo llamaba, tenía que ser el 27 de octubre. Por tener un siete y por ser miércoles. Su número y su día favoritos. Recibió la «buena muerte» (significado etimológico de eutanasia) en la salita de su diminuto apartamento, sentada en el sillón del que apenas se movía la mayor parte del día desde hacía cuatro años, cuando la enfermedad debilitó tanto sus articulaciones inferiores que le era imposible ponerse en pie: entonces pasó de arrastrarse por la casa apoyada en las paredes a necesitar la ayuda de un cuidador para ser aseada, levantarse de la cama o ser trasladada al sillón o a la silla de ruedas. Su amigo Artur Rettenberger fue su leal y abnegado cuidador desde entonces: en cuatro años solo disfrutó de seis días libres y de cuatro semanas de vacaciones. Aliviada desde que supo que se aceptaba su solicitud de eutanasia, Lebender dormía apaciblemente. Incluso dejó de imaginar recurrentemente en sus sueños que jugaba al tenis, posiblemente una válvula de escape de su mente ante sus problemas de movilidad. Este miércoles volvió a soñar: con la casa de su infancia. Mientras esperaba la llegada del equipo médico, Lebender se mantuvo serena, dulce y sonriente, como siempre, aunque derramó alguna lágrima al ver a Jacky, su perra: «No lo va a entender. A los demás se lo puedo explicar, pero a ella no».

Rettenberger la aseó, la vistió con la ropa que ella había elegido para «estar guapa», la que hace dos semanas compró con una amiga (que viajó expresamente desde Alemania para verla) sin que esta supiera cuándo se la iba a poner. También la maquilló, le pintó las uñas de color esmeralda, la perfumó, le colocó un fular de seda en el cuello y la calzó con unas botas de tacón alto con tachuelas plateadas. Quería estar «maqueada» para el gran día.

«Recuerda en el reportaje que esto no es un suicidio, insiste en la regulación tan estricta que hay en España...», reclamaba a este periodista una hora antes de que llegaran las enfermeras y la médica. Hace años descartó acudir a Suiza para recibir la eutanasia: «Aquello es una máquina de matar. Pagando». Quería hacerlo «legalmente» y sin que pareciera un suicidio.

Alud de wasaps

La mesa de la sala donde se practicó la eutanasia se había transformado desde hacía semanas en una especie de altar, que ayer se llenó con flores, como el ramo que le envió su psicóloga. Allí prendía una vela (adquirida en Notre Dame hace 30 años y sujeta al candelabro de su bautizo) que le envió su madre para que luciera durante su tránsito a la muerte.

Durante la espera se sucedían los mensajes de WhatsApp de amigos, como el de Pilar, que con la voz prácticamente rota le mandó todo su apoyo: «Eres una valiente al tomar esta decisión. Que descanses, te lo mereces». Para Doerte, que se emocionó, fue muy importante ese reconocimiento, pues hasta entonces creía que su amiga no entendía por qué hacía lo que hacía.

Sonó Feuerlicht, de Herbert Grönemeyer, su cantante favorito, al que escuchaba a cada noche antes de dormir, el de las letras que rasgan corazones y que ayer hizo llorar a Lebender y a su cuidador minutos antes de que llegara el equipo médico y Rettenberger la tapara con dos mantas: «Es una friolera», bromeó. «¿No tienes frío?», preguntó entonces Lebender a Rafa, otro amigo cercano que quiso estar a su lado, cuando vio que iba en chanclas. A menos de dos horas de su fallecimiento se preocupaba por su salud.

El equipo médico, que llegó exactamente a las 11.49 horas para controlar la administración de los medicamentos, estaba formado por dos enfermeras y una médica. También estuvieron presentes su médica y su enfermera de cabecera, que querían acompañarla en ese momento trascendental.

Desde su llegada, las enfermeras y la médica atendieron con una dulzura y un cariño extremos: ¿cómo estás?, ¿cómo has pasado la noche?, ¿quieres hacer alguna pregunta?, ¿lo tienes claro?, te vamos a preparar, si te duele algo nos lo dices... El deseo inicial de Lebender era dosificarse ella misma la sustancia que causa la parada cardiorrespiratoria, una de las opciones que recoge la ley. Pero la descartó: «Quería autoadministrársela para no cargar a la médica y a las enfermeras con esa responsabilidad. Pero nos contaron que la bebible, la de la autodosificación, es un líquido espeso y muy amargo. No lo pueden endulzar ni rebajar. Y no se puede tomar con pajita. Puede provocar rechazo, incluso convulsiones. Y ella no deseaba tomar algo amargo, no quería atragantarse, ni toser. Tiene problemas a la hora de deglutir, se atraganta mucho», según Rettenberger. Tampoco tenía suficiente fuerza en la mano para abrir ayer la vía, pero colocaron los dedos de su mano izquierda sobre la llave reguladora en el momento en que fue conectada por una enfermera.

Las sustancias fueron administradas por una vía colocada en el dorso de la mano derecha (había otra vía en la izquierda, por si era necesaria). Primero, el sedante (para disminuir el nivel de consciencia previamente a la inducción del coma); luego, un adyuvante (un anestésico local) y el medicamento inductor del coma, para finalmente (tras comprobar que estaba ya en coma profundo) proceder con el medicamento bloqueante neuromuscular. La operación duró nueve minutos.

Como volar por la ventana

Con un mando, Rettenberger bajó el respaldo del sillón, elevó las piernas, cubrió su cuerpo con «su manta favorita», azul y con estrellas, y pidió que alguien abriera la ventana de la sala: estaba convencida de que ayer no moriría, sino que iniciaba «un gran viaje». «Me voy, no me muero», repetía una y otra vez. Su alma, afirmaba, saldría volando por ese pequeño ventanal que da a una populosa calle de Ibiza en cuanto los fármacos recorrieran sus venas: «Podré ir a todos los sitios a los que no puedo acudir ahora, y visitar a todas las personas que ahora no puedo ver. Pensar en eso me hace sentirme bien».

Lo contaba lentamente, abriendo mucho la boca, con dificultades para hallar las palabras, porque cada vez le costaba más esfuerzo todo, desde mover el brazo derecho, ya casi inútil, hasta tragar o abrir el ojo derecho: «Esta enfermedad es horrible. Al principio, cada cuatro meses sentía algo menos de movilidad, perdía facultades motoras. Ahora, cada dos semanas. Con la esclerosis múltiple pierdes cada vez más movilidad, pero no mueres. Podría vivir 20 años más así. Sería horrible. No quiero vivir así. Mi cabeza funciona, mi cuerpo no, aunque mi doctora dice que, con el tiempo, es posible que mi mente tampoco. No quiero llegar a ese extremo». El miércoles pasado Lebender puso punto final a su sufrimiento.

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