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"España, como México, camina sobre fosas comunes"

El escritor Enrique Díaz Álvarez da voz a las víctimas de los grandes conflictos de la historia en su ensayo ‘La palabra que aparece’

El escritor Enrique Díaz Álvarez antes de la entrevista. JORDI OTIX

El autor de La palabra que aparece (Premio Anagrama de Ensayo 2021) revisa conflictos como la guerra de Troya, la conquista de México y la Guerra Civil española desde la perspectiva silenciada de los vencidos, dando voz a las víctimas y abriendo el debate sobre las formas actuales de violencia. Díaz Álvarez (Ciudad de México, 1976) hace una reflexión reivindicativa sobre el valor del testimonio.

¿Por qué es importante tener un relato colectivo sobre la violencia?

Un relato coral permite confrontar la historia oficial de una guerra o conflicto, esa que suele caer en la épica y reducir todo a héroes y villanos. Nos han educado para celebrar al poderoso, como los generales o conquistadores que luego terminan dando nombre a las calles y plazas de nuestras ciudades. Por eso en el libro apuesto por transitar del héroe al testigo superviviente y entrecruzo diversos testimonios de violencia frente a la historia que escriben los vencedores.

Hablar del legado español en América Latina siempre es polémico. Usted ha dicho que unos no entienden que las disculpas no se exigen y otros insisten en celebrar el Día de la Hispanidad con aviones y desfiles militares. ¿Dónde está el equilibrio entre las demandas de unos y las respuestas de otros?

El equilibro estaría en la autocrítica. El problema es que el nacionalismo, por naturaleza, lo es muy poco. Su discurso nace para inflamar el orgullo propio y movilizar afectos frente a otros. Basta que se conmemore un acontecimiento tan vivo y complejo como la conquista para que salgan las banderas y se trate de sacar rédito político a ambos lados del Atlántico. Lo deseable sería situarnos en la vocación humanista de Bartolomé de las Casas, capaz de revelar el exceso y la mentira del propio bando.

¿Comparte la visión del historiador británico Matthew Restall, que usa el término genocidio para describir la conquista o es ir muy lejos?

Es un término que suele politizarse, hay que ser muy cuidadoso al emplearlo. El propio Restall hace un matiz importante cuando señala que no fue un genocidio en intención, sino en su efecto. Lo que no se puede negar es que la conquista -y el colonialismo posterior- supuso una empresa violentísima que se tradujo en pueblos arrasados, una drástica disminución de la población indígena, la extinción de lenguas y un brutal esclavismo.

¿Cree que se está politizando el pasado? Si es así, ¿qué consecuencias puede tener?

Sí, claramente. Espero que el debate deje de estar protagonizado por políticos y recaiga en historiadores, antropólogos, arqueólogos y miembros de las comunidades indígenas. Más que centrarnos en las declaraciones y exabruptos de ciertos personajes, habría que visibilizar las secuelas presentes de la violencia colonial y poscolonial.

Una de las formas de violencia más recurrente es la sexual. Usted sostiene que mientras se sigan despolitizando los crímenes sexuales hay casos que no entenderemos, como las violaciones grupales.

Aquí retomo a autoras como Rita Segato o Ariella Azoulay, que nos urgen a dejar de enmarcar la violación como mero producto de la libido para entender que muchos casos -como las violaciones grupales- representan un acto de poder que suele estar amparado e invisibilizado por un orden o estructura.

Para intentar responder a la pregunta cómo evitar la guerra, Virginia Woolf partió de una premisa interesante: no se puede obviar la desigualdad entre hombres y mujeres. ¿Está este enfoque más vigente que nunca?

Sí, totalmente. Freud y Einstein también intentaron responder esa pregunta, pero la respuesta de Woolf es mucho más lúcida y original: la educación de élite masculina -esa que siempre excluye a las mujeres- predispone a una competencia y ansias de dominio que deriva en el deseo de combatir y pasar por encima del otro.

De México dice usted algo durísimo: a raíz de la guerra contra el narcotráfico, camina sobre fosas comunes. Y algo preocupante: la investigación forense, antes exclusiva del Estado, se ha convertido en una forma de activismo legal. ¿Qué revela de un país el hecho de que sean los familiares y no las instituciones quienes busquen a los desaparecidos?

Habla de la profunda crisis de violencia. También del desamparo de una sociedad que, ante la impunidad reinante, asume que las autoridades son ineficaces o están coludidas con grupos criminales. Y decide actuar. Cientos de familiares -como las mujeres de Sinaloa que aparecen en la cubierta de mi libro- se han visto obligados a convertirse en forenses autodidactas y salen cada día con pico y pala para buscar a sus hijos o hermanas. En este sentido, también es un acto de resistencia.

Aquí tampoco estamos para dar lecciones de memoria histórica. ¿A qué puede atribuirse lo que usted llama, en general, la política del olvido?

España también camina sobre las fosas del franquismo, como la que apareció hace pocos días en Belchite. Crecí con los hijos y nietos de los exiliados republicanos en México y soy sensible a sus demandas de verdad, justicia y reparación. La lentitud de las exhumaciones o lo poco que se estudia el caso en las escuelas españolas habla de una política de olvido hacia los vencidos. Más allá de las diferencias, la deuda que tenemos ambos países con los familiares de los desaparecidos es escandalosa.

España lleva 10 años viviendo sin la violencia de la banda terrorista ETA, pero aún es difícil tener un relato sobre la memoria y el perdón. ¿Por dónde se empieza?

Es un tema delicado, muy reciente. Quizá empezaría por la lección de Homero: para encarar y comprender la violencia -por más que nos duela o indigne-, hay que escuchar los dos lados de la historia. En la Ilíada, Príamo entra en la tienda del asesino de su hijo para recuperar su cuerpo, dialogan y eso encamina el duelo público. Encuentro cierta resonancia y me conmueve la fortaleza de Maixabel Lasa y otras víctimas de ETA que han accedido a encontrarse con los asesinos arrepentidos de sus familiares para favorecer la reparación del daño, que no es lo mismo que perdonar.

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