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Sin una gran renuncia, pero con varias pequeñas dimisiones

Los síntomas de hartazgo y precariedad que han llevado a millones de trabajadores de EE UU a dejar sus puestos de trabajo son compartidos en la C. Valenciana y, aunque las acciones están lejos de coincidir, hay gestos que se podrían interpretar como pequeñas renuncias.

Trabajadores de Pilkington en Sagunt, durante una sus protestas el pasado mes de noviembre

Santa Claus, Halloween, el Happy Meal, la Coca-cola o el Black Friday son fenómenos estadounidenses que en un momento determinado saltaron el Atlántico. Hoy, cualquier vecino de Algemesí, Xirivella o San Antonio de Benagéber podría abrir los regalos de un señor con barba vestido de rojo el 24 de diciembre, pedir una hamburguesa de un euro, disfrazarse de algún personaje terrorífico el 31 de octubre o cargar bolsas por la calle Colón de València el último viernes de noviembre entre grandes carteles promocionales. Por eso, cuando cada mes desde abril más de cuatro millones de estadounidenses dejan sus puestos de trabajo —y ya van 30—, la duda es si en unos meses los departamentos de recursos humanos de las empresas valencianas recibirán un aluvión de bajas voluntarias.

De momento, la primera frase con la que responden los expertos cuando se pregunta por una posible extrapolación es que en la Comunitat Valenciana «no hay una gran dimisión». «Las factores son distintos, aquí no se da», señala la socióloga Anna Giulia Ingellis. Los datos lo avalan. Según cifras de la Seguridad Social, en 2021 (en España) se han presentado algo más de 70.000 bajas voluntarias, por las 95.451 del prepandémico 2019. Falta de ahorro, imposibilidad de cobrar paro si la baja es voluntaria, dificultad para encontrar un nuevo empleo y, por ello, una mentalidad más conservadora para dejarlo son algunas de las diferencias señaladas respecto a EE UU que podrían frenar estas decisiones entre la ciudadanía valenciana.

Sin embargo, algunas de las teclas que suenan en el país norteamericano interpretan notas conocidas al otro lado del charco y palabras como precariedad, cansancio o cambio de mentalidad pueden tener el acento de trabajadores de una fábrica en Sagunt, de un bar en Gandia o una academia de oposiciones en València. «La sensación de hartazgo creo que es generalizada, el síntoma es el mismo, pero las reacciones son distintas», considera Azahara Palomeque, periodista y escritora afincada en Philadelphia y doctora en la Universidad de Princeton.

Los expertos consultados no hablan ni se le acercan para el caso valenciano de una ‘Gran Dimisión’ como la de EE UU (país acostumbrado a que todo conlleve la magnitud de gigante) sino que señalan varias vías de escape distintas, manifestaciones diversas, como pequeñas dimisiones, que no coinciden con el «estoy harto, lo dejo» del fenómeno estadounidense, sino que cuenta con una variedad de aristas. Una de las más similares al caso nortamericano es la falta de mano de obra en algunos de sectores. El ‘Se necesita personal’ se está convirtiendo en un dolor de cabeza para la hostelería como admite la secretaria general de Hosbec, la patronal hotelera y de alojamientos turísticos, Nuria Montes, quien cifra este decalaje en cerca de un 30 % de las plantillas.

«Es muy complejo, pero es uno de los retos de la industria turística», señala Montes, quien cree que entre los motivos están los cierres durante la pandemia que han hecho que varios de estos empleados buscasen trabajo en otros sectores «y ahora se han quedado», mientras que rechaza que sea un asunto de salarios. «El convenio colectivo es adecuado, con salario base de 1.078 euros en 14 pagas, otra cosa son los casos particulares», defiende. Gonzalo Aranda, responsable de Hostelería en UGT PV, coincide con el motivo expuesto por Montes, pero añade que también es un sector con «un alto grado de incumplimiento de las normas laborales» y que para muchos trabajadores presenta inconvenientes en disponibilidad horaria y conciliación con jornadas los fines de semana y festivos.

El abandono de uno de los sectores que habitualmente más ha ayudado a reducir las colas del paro es uno de los reflejos más similares al fenómeno estadounidense que afecta especialmente a la «parte de abajo de la pirámide», señala Palomeque, que siente que el trabajo «ya no es una protección social suficiente». A ello, la investigadora de la Universitat de València, Giulia Ingellis, añade los «cambios de valores» respecto al trabajo, algo que afecta no solo a los trabajos más precarizados, que han dejado de ser «creadores de identidad» — «¿qué identidad se puede crear si cada tres meses cambias no solo de empresa sino de tipo de trabajo?», se pregunta— y afectan también a aquellos de más cualificación profesional, con lo que llama «contrato psicológico» y «explotación cognitiva». «El cansancio ya no es solamente un asunto físico, sino que también es mental», destaca la socióloga, para la que el debate de la salud mental en el ámbito laboral es una forma de pequeña dimisión. «Quizás no haya bajas voluntarias, pero sí una concepción mayor de la importancia de la salud personal y de la necesidad de tomarse un respiro y si hace falta, pedir la baja o decir que no se llega a todo», incide.

Los trabajadores de Pilkington protestan durante una de sus jornadas de huelga para frenar los despidos en la fábrica de Sagunt. DANIEL TORTAJADA

En el «cambio de valores» hacia el personal formado, y especialmente a los jóvenes, que no consideran su desarrollo laboral como el centro de su vida «sino que apuestan más por el bienestar y su desarrollo personal fuera del trabajo», aparece la vía de la Administración pública. La posibilidad de hacer una oposición y dimitir de una carrera en el ámbito privado (con quizás, más sueldo y reconocimiento) ha ganado fuerza tras la pandemia. «Se podría considerar como una alternativa a los contratos basura», corrobora Palomeque. Las academias preparatorias confirman el incremento de interés «durante y después de la pandemia», aunque no saben si achacarlo únicamente a la covid, la inseguridad laboral y el hartazgo hacia el sector privado, sino también al aumento de oferta pública. Por ejemplo, para 2021, la Administración General del Estado convocó 30.000 plazas, «una oportunidad brutal para la gente que está percibiendo el empleo público como la salida perfecta», señalan en la academia SKR.

En esta, señalan que hay «mucha variedad» de perfiles y que depende sobre todo del nivel de la oposición que se elija. Por ejemplo, indican que para los cuerpos superiores el alumnado va de los 25 a los 35 años, «muchos de los cuales se dedican solo a estudiar»; mientras que si se va bajando el nivel aumenta la edad y las personas que lo compatibilizan. No obstante, para el profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universitat de València Adrián Todolí, esta no supone tanto «dimisiones» de gente que se encuentra en un empleo que lo deja —aunque haya casos—, ya que «hay todavía mucha inseguridad con respecto a cómo quedará la resolución de los interinos», sino que el perfil corresponde más a «personas que no han entrado todavía y que al intentarlo se encuentran todas las puertas cerradas».

Todolí, por su parte, sí que apunta a un «aumento en los cambios de trabajo» para buscar más comodidades, aunque para esto, a diferencia de EE UU, «lo habitual es asegurarse uno para dejar el que se está». Entre las condiciones más demandadas y que motivan esta traslación de empleados está el teletrabajo. «Sí que se está viendo que la posibilidad de seguir trabajando desde casa es una forma de atraer empleados y hay muchos que cuando se les dice que tienen que volver a la oficina presencial, buscan otros trabajos», explica Todolí .

La última pequeña dimisión que señala, y que coincide tanto en Estados Unidos como en la Comunitat Valenciana, como recuerda Azahara Palomeque, es el aumento de las protestas y huelgas. «Hay cierto hartazgo que se manifiesta en las calles y en reclamar mejores condiciones», explica la periodista. Para Todolí, por su parte, es «lógico» ese aumento de la conflictividad social y recuerda que es un aspecto del que ya advertía el FMI en uno de sus últimos informes sobre el crecimiento de la desigualdad. «Los salarios llevan 12 años prácticamente congelados, desde la crisis de 2008, con lo que ha supuesto una pérdida del poder adquisitivo», explica el investigador de la Universitat de València.

En este sentido, desgrana que después de toda crisis «siempre hay un aumento de las negociaciones laborales y la conflictividad», ya que es durante el periodo de recuperación, cuando la compañía vuelve a vender más y contar con más clientes, cuando los empleados «reclaman su parte». La huelga indefinida del personal de limpieza en Castelló, la recientemente desconvocada de Pilkington en Sagunt o la futura que se espera de los transportistas son tres ejemplos de la Comunitat Valenciana. Una huelga, al fin y al cabo, es una dimisión temporal de empleo y sueldo por mejorar las condiciones. A veces los grandes cambios llegan de repente tras muchos pequeños pasos.

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