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Cuando Franco llegó a València

Tres historiadores publican una guía de València en los primeros años del franquismo con ánimo divulgador y didáctico para entender una época de posguerra «incómoda» y oscura que sentó las bases de lo que sería la dictadura de Francisco Franco con un borrado de todo lo relacionado con la República y el sustento del sistema en la religión

Falleras y autoridades esperan a Franco el 2 de mayode 1939 en las Torres de Serranos. AHMV | BN

F ue el 30 de marzo de 1939. En los días anteriores llegaban a València camiones con soldados republicanos derrotados, devastados, mostraban carteles blancos en señal de paz. Habían perdido. Arribaban a una ciudad asediada por las bombas y que cambiaría radical y absolutamente toda su idiosincrasia y su manera de hacer. Ese 30 de marzo empezaron a llegar columnas franquistas, falangistas y cientos de soldados y generales del bando sublevado, proclamado ganador de una guerra que destrozó el país. La plaza de Emilio Castelar (durante más de cuarenta años denominada la Plaza del Caudillo, después del País Valenciano y hoy la del Ayuntamiento) acogía a cientos de personas que vitoreaban mientras una marcha de soldados vestidos de color caqui atravesaban el céntrico ágora de València. La población estaba polarizada.

Un partido de hockey femenino en el año 1947. archivo del reino | SEMANARIO GRÁFICO

Desesperación por huir, por ocultar quienes habían sido o terror por lo que estaba por venir se fundía en un mismo enclave con actitudes de resignación, aceptación y también celebración por parte de algunos, que depositaban la esperanza en el régimen que prometía dotar a la ciudad de la tan ansiada prosperidad y paz. Pero lejos de ser próspera, esa primera década fue la más oscura y de mayor carestía y miseria de la dictadura de Francisco Franco que ahí empezaba. Porque no hubo trampa ni cartón. Ni caretas ni disfraces. Comenzaban a sentarse las bases de lo que a partir de entonces sería la España franquista. Este primer periodo, invisible y poco abordado por varias razones, es en el que se centra la recién publicada Guía de la Valencia del primer franquismo (1939 - 1948) (PUV y Editorial de la Universitat Politècnica de València), coordinada por los investigadores José María Azkárraga, Lucila Aragó y Juan Salazar y en la que participan una veintena de especialistas. Eligen esta etapa que empieza en 1939 porque se pasa de una ciudad republicana que fue capital de la II República «a la absoluta anticapitalidad» y es «didáctico» para comprobar «cómo se asienta el fascismo y quién fue en la historia de este país».

CUANDO FRANCO LLEGÓ A VALÈNCIA | ÉPOCA

Acaba en 1948 porque obedece a la propia legislación franquista, al ser este año el del fin del estado de guerra. «No las tenían todas consigo y continuar en estado de guerra les permitía mantener una sociedad militarizada, anormal dentro de la nueva normalidad», explican los coordinadores de la guía. Pero todo empieza a partir de ese día 30 de marzo de 1939, hace 82 años.

CUANDO FRANCO LLEGÓ A VALÈNCIA | L-EMV

De esa fecha en adelante se vive una transformación radical y «esa ocupación del espacio permanece hasta el día de hoy», cuentan los autores. «La València de hoy tiene una mejor explicación en el franquismo que en el periodo republicano», detallan. Además, «el auge de una extrema derecha en el País Valenciano que reivindica esa época es razón para explicar qué pasó y qué se está blanqueando». Se habla poco de esta primera década porque es «incómoda» para algunos en la actualidad. «Las familias que alcanzaron el poder y la importancia que cobró la Iglesia son triunfos que aún hoy se mantienen y eso es incómodo», añaden los historiadores. El libro, que se vertebra en capítulos que van desde el año de la victoria, a la vida cotidiana, laboral, la Iglesia, la educación, sanidad, el poder y la represión y resistencia, muestra cómo cambió cada sector de la vida de los valencianos. Aparecieron nuevos agentes. El ejército, la Iglesia católica, la Falange como partido único, y los poderosos volvieron a ocupar altas posiciones. Todos los avances de la clase trabajadora quedaron anulados. Los sindicatos de clase desaparecieron, los sindicalistas fueron liquidados y se instauró un extraño sindicato compartido por patronos y «productores», la Central Nacional Sindicalista. «¡Atención, prisioneros!, [...] se concentrarán en la plaza de toros todos los que deban ser evacuados y se facilitará la tarjeta con el itinerario», anunciaba la columna de orden y policía de ocupación de València el 9 de abril del 1939. La plaza de toros fue un campo de concentración y retención de miles de republicanos que aguardaban para ser trasladados a la fuerza a prisiones o a pelotones de fusilamiento. También fueron liberados muchos prisioneros que emprendieron el retorno a sus casas. La Diputación de Valencia aprobó el año pasado inscribir esta plaza como punto señalado de memoria democrática. Aprobaron instalar una placa explicativa, algo que por el momento no se ha materializado.

CUANDO FRANCO LLEGÓ A VALÈNCIA | MA

La sociedad se basa en la moral religiosa

Lo primero que hizo Franco al entrar a València fue eliminar cualquier símbolo relacionado con la II República y obligar a la población a deshacerse de cualesquiera que tuvieran a su abasto. En los balcones, en las calles. Y si no, habría multas. Los uniformes se tiñeron de azul y la Falange, el caudillo y Dios se convirtieron en los grandes (y únicos) protagonistas. Todo el progreso y la modernización republicana quedó sepultada en cunetas y fosas comunes.

Y el esfuerzo que hicieron por imponerse todavía se palpa en las calles y edificios. La València de hoy se explica mejor a partir del modelo instaurado en 1939. La religión se convirtió en la base moral de una sociedad triste y atemorizada en algunos casos y envalentonada y ganadora en otros. Que intentaba levantarse después de perder a familiares sin saber dónde estaban sus restos. La iglesia fue uno de los pilares del nuevo régimen y el nacionalcatolicismo cogió fuerza. «Las misas multitudinarias eran continuas y obligatorias indirectamente (mucha gente se sentía obligada a ir para no ser identificada como simpatizante de los perdedores). Es un ejemplo perfecto de la implicación de la Iglesia en la implantación de la dictadura», explican los autores. El 31 de marzo «ya se programa una misa de campaña, frente al ayuntamiento, que será la primera de las muchas que se celebrarán en altares en diversos lugares de la ciudad», cuentan en el volumen.

Estos actos seguirán con la instalación de crucifijos en las escuelas, la conversión de centros públicos en religiosos y privados y la moral cristiana como base social. Unas reglas que reordenarán el papel de la mujer en la vida pública y privada y en definitva, el nuevo sistema que se impondrá «a sangre y fuego». Las fiestas populares también cambiaron.

Las Fallas incorporaron un componente religioso inexistente anteriormente y su máxima expresión se materializó en la creación del acto de la Ofrenda en 1945. Un ritual que hoy permanece y es, de hecho, uno de los centrales de las fiestas josefinas. Con la religión, también vino la «castellanización cultural». El valenciano comenzó a maltratarse y se eliminó toda expresión extranjerizante. València fue también, durante esos años, un lugar de recepción de jerarcas y militares nazis y sede de jornadas de las juventudes hitlerianas. Las cárceles se llenaron. La represión fue cruel y cruda. Hombres y mujeres atestaban las celdas o los espacios de confinamiento en San Miguel de los Reyes, Santa Clara, la Modelo, la cárcel de mujeres, las Torres de Quart o el cuartel de Monteolivete. En Paterna comenzaron los fusilamientos y ese primer año serían asesinadas 778 personas del total de 2.238 ejecuciones que hubo entre 1939 y 1956. En los últimos días, además, se ha confirmado que en el cementerio de Llíria están sepultadas unas 113 personas represaliadas por el bando nacional tras la toma de la ciudad en 1939.

CUANDO FRANCO LLEGÓ A VALÈNCIA | JM AZKÁRRAGA

Mientras, la miseria y la carestía azotaba a parte de la población valenciana. Las chabolas se acumulaban a la orilla del río Turia. «Las familias con el cabeza de familia encarcelado o fusilado sufrieron la represión y la miseria. Además de la violencia, la Ley de Responsabilidades Políticas posibilitó la incautación de las propiedades de represaliados», cuentan. «Miles de personas se quedaron en ruina, muchos de ellos llegaron refugiados de otras partes de España y se quedaron atrapados. No tenían escapatoria». Vinieron con esperanza a una València que también cayó. Y que continúa con algunas prácticas que nacieron con la llegada de la dictadura franquista. Hoy, 82 años después.

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