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Anticuarios: radiografía de una agonía anunciada

Los cambios de tendencias y el descenso del turismo europeo a causa de la pandemia están borrando de las calles de València uno de los gremios más ligados a la cultura local y que le imprime más carácter.

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Una radiografía de los anticuarios de València

En el escaparate de uno de los comercios de la calle Avellanas de València, dedicado a la venta de antigüedades, luce un autómata fabricado en Nueva York a finales del siglo XIX. El artilugio, que si lo pusiéramos en marcha iluminaría a la Luna enamorada enseñando la lengua a una bailarina despampanante, atrapa la mirada de los curiosos pese a estar apagado «desde que Franco era cabo», asegura el dueño del comercio, Manuel Ricart. Pero nadie se interesa por su precio, salvo algún curioso despistado de uvas a peras. El autómata es una anécdota entre los cientos de objetos que descansan en los anticuarios que se concentran en torno a la plaza de la Reina de València, entre Tapinería, por un lado, y la calle del Mar, por el otro, como unos jarrones monumentales fabricados en Manises a modo de réplica exacta de los de la Alhambra y que no valen menos de 12.000 euros cada uno. Aquel laberinto de calles estrechas con aires medievales, muchas con nombres de oficios ya extinguidos, acogió durante años más de una veintena de tiendas de antigüedades. Hoy, los comercios de arqueología en Ciutat Vella no llegan a una docena. «Vamos desapareciendo por varios motivos: los dueños del negocio se van jubilando o falleciendo, los altos gastos del local, internet y, en el caso de los muebles, Ikea», explica Fernando, el dueño del comercio que lleva su nombre y sus apellidos compuestos (Fernando Alberto de Arteaga Núñez de Haro), en Tapinería.

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Como con otros sectores, la pandemia de la covid-19 ha acelerado la crisis de las tiendas de antigüedades. El bajón del turismo está resultando especialmente angustioso, aseguran sus propietarios. «Tenemos tres tipos de clientes: la típica pareja joven que entra por curiosidad y ve algo que le gusta y empieza a aficionarse; el coleccionista que busca cosas concretas, y el tercero es el turista europeo, que representa el 50 % de la clientela. Con la pandemia, apenas hay», explica Fernando, que regenta su tienda junto a su mujer, Helga, una austriaca a la que no se le ha borrado el acento prosódico de su boca. Las «cosas concretas» a las que se refiere Fernando son radios antiguas, azulejos valencianos de los siglos XVIII y XIX (como los preciados socarrats por rusos y alemanes), figuritas de Peiró o de Lladró, abanicos de Aldaia, máquinas de escribir, cuadros de paisajes valencianos, sillas, discos, libros, escritorios, o figuras de la imaginería religiosa, «la parte del negocio que mantiene vivos a los anticuarios», según Manuel Ricart. «Nosotros estamos ya prácticamente especializados en imagen y pintura religiosa. La gente los compra para sus casas o para regalar», asegura junto a una forma angelical del Jesús de Praga. «Esta puede valer 800 euros, porque es del siglo XIX, mide casi un metro y está impecable», añade antes de enseñar a los dos visitantes «la virgen más bonita que hay a la venta en toda València».

¿Crisis? Ángel Gento, propietario de uno de los anticuarios (Gento y Álvarez S.L.) de Tapinería de toda la vida, niega con la cabeza antes de pronunciar un «no» impreciso. «El sector no está para tirar cohetes, es cierto, pero tampoco es la ruina como otros dicen. Ahora se compra más barato y se vende más barato y al final nosotros somos intermediarios. La pandemia nos ha afectado porque los turistas entraban y se llevaban figuritas de Lladró, azulejos o alguna cosita de recuerdo. En vez de comprar un recuerdo en una tienda de souvenirs, que están fabricados en China, se llevan un objeto valenciano de verdad. Y eso solo lo tenemos aquí. Lo bueno es que (los turistas) ya empiezan a verse otra vez. Ellos valoran nuestra cerámicas y nuestras pinturas, no como los valencianos», afirma Gento, cuya trayectoria profesional en el mundo de los anticuarios da para un reportaje entero. Natural de Villarrobledo (Albacete), con 11 años se vino con su hermano mayor un domingo al rastro de Valencia a vender los objetos que su madre quería tirar de casa. «Nos sacamos 3.000 calas. Al segundo domingo que vinimos, mi hermano me dijo: Chato, tú y yo nos ganamos la vida con esto». Su hermano, fallecido hace 8 años, terminó montándose la tienda Marco Polo, una referencia de los anticuarios de la ciudad durante tres décadas. Ángel sigue con su negocio y dice que le queda cuerda mientras atiende a dos compradoras de postín que buscan broches para las clientas de sus tiendas de ropa de moda. «Igual buscamos pendientes que mantones de Manila, y lo hacemos tanto en la Toscana como aquí. Para vender hay que moverse muchísimo», explica la mujer, que se hace llamar Pochola.

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En la otra orilla de la plaza de la Reina, en Avellanas, Lola López Barrantes apura la jornada en la puerta de su anticuario hablando con una vecina de la calle. Le sorprende la visita repentina antes de ofrecer una visión fatalista de la situación del sector. «Está fatal. Mi criterio puede estar equivocado, pero esto tuvo un momento de auge hasta que aparecieron las ‘generaciones de Ikea’. Seamos sinceros: los coleccionistas están desapareciendo. ¿Cómo sobrevivo? Mira, el dinero que me tendría que gastar en el psiquiatra, me lo gasto en la tienda», asegura medio en broma, medio en serio. La imaginería religiosa, coincide Lola, sigue dando medianamente de comer a los anticuarios por aquello de estar al lado de la Catedral. «Esto es como los periódicos de papel. Es para la gente que le gusta sentirlo, tocarlo y olerlo, y de esos cada vez quedamos menos», apostilla.

Enfrente, Manuel Ricart, el del autómata de Nueva York en el escaparate, gira un poco más la tuerca. «Los que entran ahora a preguntar son gente muy rara de València en general, gente muy problemática casi siempre. Esporádicamente entra algún cliente bueno, pero son una minoría. La mayoría busca chollos, duros a 4 pesetas, y uno ya no está para tonterías. El sector está hundido. Yo debería estar jubilado, pero tengo género para vender durante cuatro vidas más. ¿Qué hago con todo esto?», asevera entre resignado y abatido.

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