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Despoblación atomizada

La despoblación valenciana no tendrá, como en Castilla y León o Aragón, representación directa en las Corts. El éxodo rural no ha sido tan acuciante, pero sí ha dejado partidos locales para defender los intereses propios. El movimiento rural es inmaduro todavía y, si tuviera pretensiones electorales, tendría que enfrentarse a un gran reto: la barrera del 5 %.

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La Valencia vaciada ve de lejos Las Corts Fernando Bustamante

La irrupción de Teruel Existe y Soria Ya, en el Congreso de los Diputados y en el parlamento de Castilla y León, ha sido un golpe sobre la mesa. Si en 2011 fue el movimiento ciudadano que terminaría por resolverse en Podemos y sus marcas blancas, la década de 2020 ha abierto una ventana de posibilidades para la España rural. ¿Se sienten representados en ese escenario los pueblos valencianos? ¿Hay una oportunidad política para ellos? La radiografía es clara: la despoblación no es todavía tan acuciante como en Castilla y León o Aragón. Tampoco existe en la Comunitat Valenciana ninguna plataforma con el recorrido de fondo suficiente como para materializarse en una opción política, sumado a que el reparto geográfico y demográfico de la población en las tres provincias valencianas anula cualquier esperanza de que un partido no mayoritario obtenga representación parlamentaria en las Corts. La barrera del 5 % es infranqueable, pero el hartazgo de la España rural ha empezado a ser evidente y ha cristalizado ya en algunos espacios políticos. El fenómeno no es distinto en las provincias valencianas, si bien el desequilibrio territorial que existe en la autonomía determina que a nivel político y social, las aspiraciones políticas valencianas aún no estén maduras.

Aunque todavía son pocos los pueblos y aldeas que se han despoblado de forma oficial, el camino se ha iniciado. En Castilla y León o Aragón van 15 años adelantados, por lo que varios expertos coinciden en que pueden ser un buen espejo donde mirar el futuro. Sin embargo, en la Comunitat Valenciana hay un factor que diferencia desde el principio el fenómeno: la distancia entre capitales y pueblos, que no supera la hora y media en coche. Por eso, paradójicamente, es más grave aún la falta de servicios en zonas rurales separadas por un centenar de kilómetros de la tercera ciudad más poblada del país, con carencias no solo en materia de Sanidad y Educación, sino en transporte público o conexión a internet.

«La heterogeneidad del territorio es increíble. Hay municipios en riesgo de despoblación en el Rincón de Ademuz, donde viven no más de 3.000 personas, pero también hay pueblos en riesgo en comarcas muy potentes económicamente como el Camp de Morvedre o el Camp de Túria, donde a pesar de tener conexiones insuperables, hay pueblos donde vive un centenar de personas». Lo explica Aitana Camps, gerente del grupo de Acción Local Túria Calderona. En las dos comarcas más cercanas a València hay localidades que son motores económicos, como Sagunt o Riba-roja, que tiran del carro de los pueblos más alejados y envejecidos. En una sola comarca conviven municipios con cero oportunidades laborales, ni vitales o servicios, con grandes urbes que lo centrifugan todo. En el Camp de Túria existe Gàtova, con 400 habitantes, y l’Eliana, con más de 18.000 personas.

Conjugar esa circunstancia no es fácil. No puede haber un sentimiento de unión común a todos, como sí sucedió en Teruel, donde algunos expertos consideran que la propia capital de provincia está despoblada y solo Alcañiz compite en demografía. En total, la provincia tiene alrededor de 36.000 habitantes, según datos del INE. Aquí, la diferencia territorial es demasiado grande: ¿en qué intereses políticos podrían encontrarse València ciudad y Alpuente? En prácticamente ninguno.

Tanto es así que, aunque el bipartidismo aún tiene arraigo en las zonas rurales valencianas, en 2015 comenzaron a aparecer partidos locales que se han afianzado en el territorio. En Villores, la Mata, Cinctorres, Navajas o Tuéjar gobiernan organizaciones que nacieron del municipio, creadas adhoc para defender sus intereses. Tal vez sean estas sean las semillas que puedan desencadenar una plataforma superior, pero por ahora, con apenas siete años de vida, solo se han consolidado en sus áreas de gestión.

Carlos Tarazón es concejal por Entre Todos Tuéjar, partido nacido en este municipio de la Serranía donde obtuvieron en 2019 el 70 % de los votos. Con seis de nueve concejales, este partido está formado por personas que rondan la treintena a excepción de la alcaldesa, Josefina Herrero. Tarazón explica que la iniciativa surgió «por el desencanto que generaba el mismo partido gobernando desde hacía 16 años», en este caso el PP. «Se había generado una gran desafección, pero quedábamos muchos que queríamos seguir viviendo aquí. Si queríamos tener futuro en el pueblo, teníamos que asumir una parte de la responsabilidad, con la obligación moral de invertir nuestro tiempo en que el pueblo vaya mejor», explica Tarazón.

Eso implicaba dar un salto más y formalizar esas intenciones. De ahí nació el partido que asegura no deberse a ninguna ideología. De hecho, hay miembros que están afiliados a partidos nacionales, pero la única premisa en esta organización política es que «sea bueno para el pueblo, esa es la ideología», sentencia Tarazón.

En este sentido, el joven político, que compagina su cargo con el de profesor en Villar del Arzobispo, capital de facto de la Serranía, considera que este movimiento es difícil de extrapolar a algo más grande como Teruel Existe. «Llevan 20 años trabajando, pero aquí ni siquiera serviría para sacar un escaño. Entre todos los municipios rurales no llegamos ni al 10 % de la población», lamenta. Además, estas plataformas funcionan en muchas ocasiones por el tirón de la gente joven, pero esa circunstancia apenas se da en el interior valenciano. Insiste: «Tenemos reivindicaciones más comunes a las de un pueblo de Soria que a las de València ciudad».

Precisamente, en Villar del Arzobispo gobierna un tripartito formado por PSPV, IU y Serranía es Futuro. Este último, formado primero como asociación que concurrió a las elecciones bajo el paraguas de Compromís, se independizó de la marca para reivindicar, precisamente, la idiosincrasia de la Serranía y defender problemas concretos del municipio que en una capital como València ni siquiera se conciben, como el correcto sellado de minas que han destrozado el paisaje serrano. «Queríamos poner por delante la protección de la naturaleza y además reivindicar nuestra cultura serrana, que es la churra», afirma Luis Súller, concejal e impulsor de este partido que obtuvo un 10 % de los votos en Villar.

El partido se centra en asuntos locales, todos ellos, según Súller, enfocados a crear actividad económica que pueda fijar la población. Además, añaden otra variable, a veces olvidada. La de cuidar a los mayores, una pieza fundamental de este puzle: que la despoblación no se produzca también porque los más ancianos tengan que irse a una residencia. «No hay una apuesta decidida de las instituciones, ni siquiera en el cuidado de los mayores que ya viven aquí», lamenta Súller, y expone iniciativas que han surgido en otros municipios para paliar el éxodo de residentes de la tercera edad porque no podían quedarse solos ya en sus pueblos. Entre ellas destaca la Cooperativa de Mujeres de Gestalgar, que emplea a mujeres cuidadoras de personas mayores en el municipio. Por un lado se da trabajo y por otro se evita la fuga de vecinos. En este contexto, por ahora la unión de partidos locales está por madurar. Todos reivindican aún causas locales, pero sí existe en Castelló una plataforma que vela, debate y reflexiona sobre los problemas comunes a todos estos municipios. Es el Foro de la Nueva Ruralidad. Pero este no tiene, por ahora, intención de dar salto a la política. Congrega a un buen número de intelectuales y académicos de la provincia de Castelló, entre ellos Jordi Marín, que tratan de dar la vuelta a la situación actual que viven los pueblos de las comarcas de interior. Desde allí aporta una visión distinta y mucho menos pesimista que la tendencia general: «Con todos estos escenarios de crisis que vivimos, contra todo pronóstico podrían terminar por generar una redistribución de la población hacia lo rural», afirma Marín.

El representante de la Nueva Ruralidad discrepa de que haya pueblos que puedan desaparecer, pero sí reconoce que «estamos condenados en todos los sentidos, también en lo político». La traba electoral vuelve a salir a la palestra: «Si todos los municipios de menos de 5.000 habitantes de la C. Valenciana votáramos al mismo partido, el porcentaje por cada circunscripción sería mínimo», lamenta.

En este punto, la jurista y politóloga Victoria Rodríguez Blanco solo ve una oportunidad de que una plataforma así llegara a la cámara autonómica con una tormenta perfecta de factores. Tendría que conjugarse, por un lado, «el desgaste de los partidos mayoritarios y que hubiera una baja participación electoral para poder necesitar menos votos para optar a un escaño».

A todo eso, habría que sumarle una labor pedagógica que calara «y se transformara en votos». Rodríguez Blanco incide en el dato objetivo: «Tanto en Castilla y León como en Aragón, las provincias son más pequeñas y un movimiento político importante puede obtener representación, pero en la Comunitat Valenciana, con la barrera del 5 %, un escaño cuesta muchísimos votos», lamenta. Ese hecho, para la experta en Ciencia Política, aleja cualquier escenario de que la València rural pueda llegar a estar representada en las Corts en un futuro a corto plazo.

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